Una cámara en el campo

Las cámaras escondidas que nos vigilan en el campo

Dentro de poco tiempo ni siquiera tendremos intimidad en los lugares más recónditos de la naturaleza.
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Un amigo agricultor camina por una pista forestal escoltada por sabinas de buen porte. Se dirige a comprobar los daños que están ocasionando ciervos y gamos a las pipas de girasol. Me comenta que son muchos y que un sembrado ya lo han dejado “pelao”.

Nada distinto a lo que sucede en los últimos años, hasta que se da cuenta de que está siendo grabado por una cámara fijada en un tronco de sabina ¿Con qué fin se ha colocado allí?, y ¿quién lo ha hecho?

Tras hablar con algún conocido llega a la conclusión de que la cámara la han colocado para que capte la presencia y el paso de algún lobo por este lugar. Desde que un cabrero del pueblo ha dicho que los lobos le han matado unas cuantas cabras, parece haber saltado la alarma y por eso han puesto la dichosa videocámara.

Perfecto si se quiere controlar los ejemplares de lobo que han abierto sus fauces por estas sierras, pero como yo también frecuento este lugar de vez en cuando me fastidia -y mucho- que alguien me vigile y menos aún en pleno monte. Creo que, al menos, deberían indicar que existen cámaras que te pueden espiar. Y así tengo la opción de continuar el camino o no.

Me sorprende, sobre todo, que muchos pueblos hayan pedido que se coloquen unas cámaras a la entrada y salidas de estos por eso de los que de vez en cuando saquean alguna casa y todavía no las han instalado, y sí han sembrado el campo de estos artilugios que hacen añicos el derecho a tu privacidad.

Ya sabemos que en las ciudades uno está espiado por todos los lados, pero en el campo, al menos, nos deberían dejar respirar tranquilos en comunión con la naturaleza. Desde organismos oficiales, cazadores y aficionados a ver animales, entre otros, las cámaras se han convertido en algo habitual en el monte y, desde luego, se requiere un control ya, porque son mucho más eficaces que los drones que al fin y al cabo los oyes llegar, aunque también te fastidia que se coloquen encima con ese sonido de moscardón grabando tus movimientos.

Es casi lo mismo que sucede en “1984”, novela de George Orwell publicada en 1949, en la que los cuerpos de seguridad del estado te vigilan en todo momento y lugar, sin que haya sitio para la intimidad. El Gran Hermano te controla desde que naces y no puedes hacer nada para evitarlo.

Vigilancia electrónica

Sinceramente, creo que deberíamos estar preocupados por la vigilancia digital a medida que las tecnologías se vuelven más sofisticadas y más intrusivas en la vida de la población de personas, pero también de los animales.

Resulta realmente curioso que, utilizando la inteligencia artificial, hay empresas que promocionan los reconocimientos biométricos como si fueran la panacea, tales como accesos a servicios online, a recintos musicales y deportivos, métodos de pago, check-in en servicios turísticos, etcétera. Y quién me dice a mí que no utilicen mi rostro por la cara con otros fines.

Es tal la carrera que se libra por tenernos vigilados que ya está extendida por todo el mundo. Y no hay vuelta atrás. Lo peor es que los gobiernos y grandes corporaciones no se muestran como un corredor de fondo, sino como el mejor velocista por acaparar la mayor cantidad de datos posibles sobre tu vida.

Lugar recóndito

Dentro de poco no habrá ni un rincón posible para que disfrutes en intimidad de la naturaleza. En principio, recomiendo que uno deje el móvil en casa. Y con respecto a los animales, me alarma la extraordinaria frivolidad que demostramos cada vez que interrumpimos su libertad y hábitat natural poniendo videocámaras donde nos apetece.

De hecho, algunas revistas de caza publican vídeos nocturnos del comportamiento de algunos animales, en especial cuando van a los comederos artificiales que sitúa el hombre; o bien en el momento del baño. Para que nos entendamos: el propósito es el de observar si un animal merece la pena ser abatido por sus grandes colmillos y formidable cuerna. Ni más ni menos es jugar con ventaja frente a los instintos del animal. O mejor dicho: utilizar los instintos del animal espiándolo hasta darle muerte.

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