El maletín

Hoy, 23 de abril, Día del Libro, recuerdo una historia que me ocurrió hace unos años en mi ciudad y que tiene que ver con el mundo de los libros y la literatura. También con la vida nómada de los temporeros agrícolas y la inmigración. La narro aquí tal como sucedió, sin añadir ni quitar nada de lo que aconteció aquella tarde.
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Era octubre y había anochecido. El cielo estaba ya iluminado con una espléndida Blue Moon. Como hago habitualmente, salí a caminar por uno de los bulevares de la ciudad y me crucé con un joven de rasgos magrebíes. Llevaba un hato de ropa y enseres varios a su espalda. Hasta ahí nada extraño que no se viera en esos días por las calles cercanas a la estación del ferrocarril.

Lo que me llamó la atención fue el maletín de piel que llevaba atado con una fina cadena dorada a una de sus manos y que contrastaba con su equipaje de harapos y con el desaliño de su vestimenta. Era un maletín de lujo, como ésos que portaban los ejecutivos antes de que se pusieran de moda las mochilas.

Me quedé un rato mirándolo y él, adivinando mi interés, se me acercó a pedirme algo de dinero para un bocadillo. Pensé darle un euro, lo habitual, y continuar mi camino, pero sentí curiosidad y le pregunté por su nombre y de donde venía. Me dijo en un español aceptable, mezclado con palabras en francés, que se llamaba Omar y que era sirio, de la ciudad de Homs.

En busca de cuadrillas

Acababa de llegar y buscaba alguna pensión u hostal para alojarse esa noche antes de ir a los pueblos olivareros donde le habían dicho que se estaban formando cuadrillas para la recogida de la aceituna. Le dije que se acercara primero a la sede de la asociación Acoge de ayuda al inmigrante, pues seguro que allí le informarían de todo lo relativo a los papeles y permiso de residencia.

Me cayó bien Omar y le invité a tomar un bocadillo en uno de los bares que hay bajo los soportales del bulevar. Mientras se lo tomaba, me contó que llevaba tres meses deambulando por varios países europeos desde que saliera de territorio turco a finales de julio, aprovechando la apertura que hizo el presidente Erdogan con los refugiados para presionar a la Unión Europea.

Añadió que, hace un par de años, estuvo en el infierno de Idlib en la frontera entre Siria y Turquía, donde se agolpaban miles de refugiados que huían de la guerra. Allí, conoció a Brahim, un ingeniero de Alepo, la ciudad destruida por las bombas de Bashar al-Asad. “Era todo un señor”, me dijo, “una persona educada y culta, me enseñó algo de español, y sobre todo me contagió la pasión por los libros y la lectura”.

Libros que curan

Omar me comentó que Brahim había estudiado agrónomos justo aquí en Córdoba, y que había sido él quien le había sugerido que viniera a esta ciudad a buscar trabajo en el campo. “Era un sabio de la botánica y conocía todos los secretos de las plantas”, me contaba Omar sin disimular la admiración que sentía por él.

Me dijo que, cuando lo conoció, Brahim llevaba siempre un maletín con algunos libros en edición de bolsillo que había podido salvar del desastre. “Es mi alimento”, solía comentarle a Omar, “si me faltan, es como si me faltara el aire que respiro”. Era algo así como el maletín de un médico, decía Omar, pues tenía un remedio para cada enfermedad.

Abrió entonces el maletín de piel y comenzó a sacar algunos de los libros que contenía, añadiendo comentarios alusivos a cada uno de ellos tal como se los había escuchado al propio Brahim.

El primero que Omar me mostró fue “Las Cruzadas, vistas por los árabes” del libanés Maalouf para completar, decía, el relato cristiano de aquella accidentada conquista. También estaban “El Quijote” para perseguir los sueños sin nunca desfallecer; “Las mil y una noches” para combatir, ¡ay!, la desesperanza; “El extranjero” de Camus para no olvidar, decía, nuestra condición de apátridas y desarraigados; el “Hamlet” de Shakespeare para dudar siempre y huir de las certezas; “Nieve” de Pamuk para sentir en la propia piel las contradicciones entre oriente y occidente; y “La Odisea” porque estamos como Ulises perdidos en el mar de los deseos.

Había un ejemplar muy ajado de “Cien años de soledad” de García Márquez, cuyo comienzo Omar leía una y otra vez siempre que añoraba la presencia de su padre y recordaba los años de su niñez. Finalmente, me mostró un pequeño libro de haikus japoneses y dos pequeños tomos de poemas arábigo-andaluces, uno de ellos “El collar de la paloma” del cordobés Ibn Hazam. También algunas casidas de García Lorca, que Omar leía en voz alta en los momentos de desánimo.

Librería ambulante

Volvió a guardar los libros en el maletín y, tras un prolongado silencio, Omar, con lágrimas en los ojos, me dijo que se lo regaló Brahim antes de morir de una infección vírica en uno de los campos de refugiados de Turquía. “Es mi pequeña librería ambulante”, añadió. Desde entonces, lo cuida como una joya en recuerdo de la entrañable amistad que tuvieron en esos meses terribles de huida y desamparo.

Nos despedimos y no he vuelto a saber más de Omar. Supongo que se integraría en alguna cuadrilla de braceros o quizá diera el salto a Francia donde en Marsella me dijo que tenía algunos familiares.

O puede que sea uno de los varios miles de inmigrantes que guardan cola estos días ante alguna oficina pública para solicitar su regularización en España, tan deseada por ellos y tan esperada por las organizaciones patronales.

Foto destacada: Temporero trabajando en un olivar de Jaén. Autor: Joaquín Terán

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