
El final de la inocencia
En octubre cumplirás diez años, pero desde muy niño te ha gustado el momento de penumbra y silencio que invade a esas horas el caserío familiar donde pasáis las vacaciones. Tu madre, que sabe de tu gusto por la soledad, te oye desde su habitación y se limita a seguir el sonido sigiloso de tus pasos por el largo corredor.
Duermen tus hermanos más pequeños, y las mariposillas siguen encendidas en las pequeñas tazas de aceite que alumbran los dormitorios. Junto a las lámparas de carburo, son un buen remedio ante la ausencia de luz eléctrica que no ha llegado todavía a Los Arenales.
Un velo de sombras temblorosas le da a la casa un aire de mansión gótica propicio a la fantasía. Varias historias has fabulado allí inspirándote en alguna vieja leyenda que has oído contar a los mayores en las noches serenas al raso.
La vela de un barco
Con los primeros rayos de sol, subes al mirador y ves a tu padre intentando arrancar la moto Ossa con la que va todos los días a su trabajo en el pueblo. Lleva un casco de color rojo haciendo juego con la chupa de cuero negro que conservaba de cuando la guerra. La moto se le resiste, y tras varios intentos consigue arrancarla. Desde el mirador lo observas con una mezcla de inquietud y admiración.
Ves diluirse su silueta en la lejanía conforme enfila el carril que une el lagar con la carretera. Es como la vela de un barco que va surcando hasta desaparecer en el mar de viñedos que forman el paisaje de la campiña.
Pronto comienza en la casa el ajetreo habitual del día: el molino de viento sacando agua del pozo; los rebuznos de la burra Berenjena reclamando su ración de paja en el pesebre; los pavos y gallinas cacareando por la era en busca de algunos granos; la chiquillada asomando por las escaleras con los ojos aún pegados por el sueño; la abuela rezando en voz alta sus primeras oraciones y recogiendo flores para ponerlas a los pies de la imagen del Sagrado Corazón que preside el ancho salón comedor; Leonor, tu madre, esforzándose en los diarios ejercicios de rehabilitación del pequeño Gabriel, afectado de poliomielitis.
Es el comienzo de una nueva jornada en este mes de agosto que da sus últimas bocanadas y que tiene ya aromas de vendimia. La recogida de la resina que exudan los almendros y la visita al gallinero para coger los primeros huevos aún calientes dan paso al baño en la alberca donde el gnomon de un reloj de sol de planta horizontal marca el mediodía.
Llega la hora del almuerzo y tu padre no llega, cosa rara. Tu madre se inquieta por la tardanza, que no es habitual en él. No hay forma de saber nada, ya que se carece de teléfono en la casa. Frasquito, el casero, llega corriendo y dice que ha habido un accidente cerca de Repiso, pero no sabe exactamente qué ha pasado.
Nada será igual mañana
La angustia se adueña de la casa. Subes al mirador oteando el horizonte, pero ni rastro de la moto Ossa. Unas horas más tarde se divisa un coche negro por el carril de entrada. Es el tío Miguel, que viene con gesto serio y preocupado. Os dice que tu padre ha atropellado con la moto a un joven que iba en bicicleta por la carretera y que el chico ha muerto hace una hora en el hospital. Añade que está detenido en el cuartel de la guardia civil a la espera de las diligencias judiciales. Tu madre sube al coche llevando una bolsa con ropa y algo de comida.
Nadie se atreve a hablar, todo es silencio en el lagar. La muerte se ha impuesto sobre la vida en este día de finales de agosto. Sientes un chasquido en el corazón, como si algo frágil se te hubiera roto por dentro. Nada será igual mañana, piensas mientras subes a tu refugio en el candelecho.
Era el último verano de tu infancia, cuando perdiste la inocencia y fuiste expulsado del paraíso en aquellos días de cielo azul y frutos dorados en los sarmientos.
Foto destacada: https://pixnio.com/it/veicoli/moto-it/moto-su-strada-cielo-strada-moto#img_info
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