El fuego

Pocas cosas hay más devastadoras y destructivas que un incendio. Pero no solo por lo que quema, si no por los efectos que produce en las personas perjudicadas, más grave aún si lo están viviendo de cerca, con el temor de que tu pueblo y tus pertenencias van a quedar arrasadas.
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Coincidiendo con el fuego de La Mierla (Guadalajara) y un poco antes de los terribles incendios de Ávila y Madrid, varias localidades de la zona de Molina de Aragón se vieron sorprendidas por un incendio en el límite de Selas con Aragoncillo, causado al reventar la rueda de un camión en la nacional 211, que une Alcolea del Pinar con Monreal del Campo.

Como el incendio, a poco de comenzar, se dirigía hacia Aragoncillo, pueblo donde vive uno, qué decir de la angustia vivida en ese momento y más todavía cuando la Guardia Civil ordenó el desalojo antes de las dos horas del comienzo, pues si triste es ver las llamaradas, el hecho de no observarlo todavía te produce más desasosiego e inquietud.

No obstante, me siento obligado a contar la extraordinaria y rápida reacción de los agricultores realizando cortafuegos prácticamente en la boca del fuego para que no llegara al pueblo.

Más tarde se unirían los helicópteros y otros servicios contraincendios, hasta que llegó la UME (Unidad Militar de Emergencia), que se puso de inmediato manos a la obra.

Y si recalco lo de los agricultores es porque llegaron a echar una mano algunos de otros pueblos cercanos en un gesto de valentía y solidaridad. Sirva comentar que las siembras las tienen aseguradas, por lo que les movía no era tanto el interés personal como el colectivo.

Caras de incredulidad de los vecinos ante la orden de desalojo de la Guardia Civil, casa por casa, y de asombro y pánico de algunas personas reunidas en la plaza ante el avance rapidísimo del fuego. Y como sucede en estas circunstancias, cierta resistencia a abandonar el hogar.

La llegada a Molina de Aragón

Una vez en Molina, a 18 kilómetros de Aragoncillo, centro de estancia de la evacuación, lo primero a destacar es la extraordinaria labor de un ejército de voluntarios que no cesó en ayudar a las personas, mayoritariamente de edad avanzada. Bebidas, comida, medicinas y lo que hiciera falta.

El que escribe no pudo resistirse y acudió a la plaza del pueblo y al frontón donde se estaba preparando el centro de mando y coordinación. Y tras hablar con algunos de estos responsables, decidí observar el fuego desde un cerro al otro lado de la carretera donde la visión del incendio no corría ningún peligro. De hecho, allí también estuvo colocado el coordinador de los forestales, me dijo días después, aunque no coincidimos.

Tres cosas me sorprendieron desde mi privilegiada atalaya: el trabajo incansable de los agricultores; lo rápido que cargaban y vaciaban los helicópteros la cuba, no más de cinco minutos, gracias a una laguna que se encuentra a unos 300 metros del pueblo, y la velocidad que cogió el fuego cuando llegó a una zona de pinos repoblados hace más de 40 años en una especie de varias terrazas.

Nada más entrar las llamas a la zona de pinos, la virulencia del incendio no se podía entender. En no más de 10 minutos se quemó por lo menos un kilómetro en línea recta sin poder evaluar por la distancia la anchura del frente

El corto espacio de tiempo entre el llenado y vaciado de las cubas en los laterales del incendio fue una de las claves para que éste no llegara al pueblo. No obstante, se quedó a unos 250 metros del casco urbano.

Caras y actitudes diferentes

En el amplio centro de evacuación de Molina las caras y los comportamientos de las personas eran un libro abierto. Algunos andaban meditabundos en sus pensares y solo hablaban para adentro; ni saludaban ni compartían ningún tipo de conversación. Andaban sin rumbo fijo.

Otros en cambio, reflejaban una angustia propia de que no sabe si va a perder su casa y sus enseres, y se mostraban bastante dicharacheros, aunque muy repetitivos en sus argumentos.

También los había con cara de alivio al haber salvado la vida ante tan pavoroso incendio. Y la mayoría tenía dificultad para descansar ante la incertidumbre y la sensación de miedo.

Y claro, con tantos evacuados de varios pueblos no faltaron las anécdotas. Uno se pidió un menú especial; otro que entró a la cocina del centro y cogió un limón, algunos ya se habían adjudicado mesa propia y también quejas del vecino (a) por los ronquidos y el olor a pies. En fin, se decía que una mujer le dijo a la Guardia Civil que se llevaba a casa unas mantas porque eran muy bonitas.

Eso sí, todos coincidían en lo bien que los habían atendido los trabajadores de Protección Civil y los voluntarios.

El mayor incendio de la historia

Todavía impresionado por el fuego a las puertas de mi pueblo, las terribles noticias de los últimos días sobre el mayor incendio de la historia de España en el suroeste de Ávila y el de la Sierra Oeste de Madrid amplifican la sensación de riesgo y vulnerabilidad de las personas, las viviendas, las naves y los espacios de trabajo, los animales y las masas forestales, los vehículos… frente a incendios que lo destruyen todo en horas, en minutos…

Las impresiones personales en la evacuación de Aragoncillo, un pueblo pequeño, y la acogida en Molina, se ha multiplicado exponencialmente hasta afectar a pueblos más grandes y sumar más de 100.000 personas entre evacuadas y confinadas.

El desconcierto, el horror, la indignación ante el origen de fuegos por malas prácticas, el miedo, el enfado, la tristeza… se acumulan en las personas más directamente afectadas y también en las que viven los incendios desde las imágenes y las noticias que nos llegan por todos los medios.

Un consejo en este ámbito. La información veraz ayuda a comprender y analizar la realidad; la desinformación y los bulos malintencionados solo nos aportan más dolor sin sentido ni razón alguna.

La prevención es el mejor remedio

Como conclusión final, valga un recuerdo personal, que viene a cuento cuando, afortunadamente, el debate social y político se centra cada vez más en hablar de prevención, porque, por obvio que resulte, la mejor manera de luchar contra el fuego es trabajar para evitar que se produzca.

Ya en los años 60 del pasado siglo, incluso antes de que se creara el ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza) se limpiaba todos los inviernos el monte de Peñalén, localidad preciosa del Alto Tajo.

Trabajadores del pueblo desbrozaban en otoño e invierno el monte con herramientas más pesadas y rústicas que las actuales.

Lo viví de cerca porque mi padre era guarda forestal de este pueblo, con un extraordinario y extenso monte de pinos silvestres, rectos como velas en la meseta, y negrales en las cuestas que escoltan el río Tajo.

Apenas se produjeron incendios, pues el monte, además de limpiarlo, lo pastaban durante todo el año catorce rebaños de ovejas y uno de cabras.

Lo cierto es que, siendo mucho más pobres, cuidábamos mejor el monte. Por ello, ahora, impresionados todos, en pueblos y ciudades, por los tremendos efectos del fuego, es el mejor momento para asumir que es necesaria más inversión, mas voluntad y más acción pública para prevenir los incendios forestales.

El cambio climático y las cada vez más habituales e intensas olas de calor son factores agravantes para la multiplicación de los incendios. Pero no pueden ser excusas para la resignación.

De lo que se trata, en definitiva, es de invertir de verdad en la prevención, por todos los motivos: ecológicos, territoriales, sociales, culturales y también económicos, y no solo por los perjuicios incalculables que provoca el fuego, sino porque siempre es costoso apagar un incendio y recuperar el daño que la inversión necesaria para prevenirlo.

Foto destacada: Casa afectada por el incendio forestal en el Valle de Iruelas (Ávila) el 24 de julio de 2026.

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