Campo de amapolas

Varias manchas de color rojo brotaban de su camisa blanca inmaculada cual si fuera un campo de amapolas. Su cuerpo inerte yacía junto a la tapia del cementerio, con las manos atadas como un ecce homo y con el rostro inmóvil y desencajado. Lo habían fusilado junto a otros hombres jóvenes como él, apenas cumplidos la treintena.
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A Carlos le gustaba vestir de blanco en verano, con una camisa de lino y un sombrero de paja de ala ancha. Abría su caballete en medio de los trigales, y allí pintaba los paisajes alomados de los pagos de La Vaguada. A lo lejos podía divisar el mirador de la hacienda familiar San Mateo, y a ambos lados las casas de los braceros extendidas por la ancha campiña.

Nacido en los primeros años del siglo, Carlos solía pasar, desde muy joven, los meses de verano en el campo con sus abuelos y algunos de sus primos. Lo veían diferente a ellos, y le hacían chanzas por la delicadeza de sus gestos y por sus gustos tan refinados.

En diversos momentos del día, salía con los utensilios de pintura para captar con su paleta de colores las distintas impresiones de la luz, todas iguales, mas todas diferentes, solía decir.

Tanto se concentraba en su tarea, que, mientras pintaba, apenas se daba cuenta de lo que acontecía a su alrededor. Ni los segadores con sus hoces, ni los pastores con sus rebaños, ni los pájaros revoloteando por encima de las espigas ya granadas, ni los abejorros que zumbaban a su lado… nada alteraba el éxtasis que le producía la pintura. Era el paisaje en su plenitud, no quienes lo habitaban, lo que él plasmaba en sus cuadros.

El alma desgarrada

Sin embargo, eso no evitaba que, cuando plegaba el caballete, la vida de los que allí trabajaban de sol a sol, con los rostros cuarteados y ennegrecidos y las manos retorcidas como sarmientos, le desgarrara el alma con sólo mirarlos.

Se sentía impotente ante esa gente, además de invadirle un sentimiento de culpa que le venía acompañando desde que tuvo uso de razón. Por eso, cuando pintaba, prefería centrarse únicamente en el paisaje como una forma de evadirse.

Sólo Juan, el hijo mayor del porquero, se atrevía a acercársele en esos momentos, contemplando emocionado la mezcla de colores que, como el estallido de un arco iris, se derramaban por el lienzo. Vivía en una de las casillas de La Vaguada, y tenía la misma edad que Carlos.

Desde niños habían jugado en la era subidos a la trilla, un viejo tablón de madera con trozos incrustados de pedernal. Tirada por un par de mulas, servía para extraer el grano de la espiga, y ellos disfrutaban siguiendo el círculo polvoriento que hacía la cabalgadura en la parva.

Unidos por las estrellas

Juntos habían observado las estrellas en las noches de verano, tendidos boca arriba sobre un manto de paja dorada. En esos ratos no había diferencias entre ellos, sintiéndose igual de pequeños y diminutos ante la inconmensurable magnitud del universo.

Carlos le explicaba el significado de las constelaciones, así como la diferencia entre los planetas y las estrellas. Juan le recompensaba con alguna antigua leyenda que había oído contar a los campesinos más viejos en los fogones de las cocinas comunales de la hacienda San Mateo.

Fraguaron una buena amistad, que se hizo aún más intensa cuando Carlos le enseñó a leer y escribir, aprovechando las largas tardes de estío. Juan aprendió pronto, descubriendo en los libros una forma de construir sus propios sueños. Las leyendas de Bécquer le dejaron una huella indeleble, conservando el resto de su vida el ejemplar que le regaló Carlos con el dibujo de una espiga de trigo pintada por él en la primera página.

La forja de un líder

Aun joven, Juan se interesó por las revueltas que comenzaron a producirse allá por 1920 en aquellas tierras de la campiña como eco de revoluciones lejanas. Un activista venido de fuera le dejaba panfletos y diverso material de agitación social y política, que Juan leía con fruición en los ratos que salía con la piara de puercos a primeras horas del día. Se fue convirtiendo en un líder con gran ascendencia entre los campesinos que trabajaban aquellas tierras.

Carlos conocía bien el activismo de Juan, pero nunca lo delató. Sentía que era de algún modo el fruto de su propia enseñanza, además de ver en ello una forma de expiar su culpa ancestral. Continuaron cultivando su amistad sin preocuparse de los efectos que pudiera tener.

Cuando se desató por primera vez la furia campesina en los pagos de La Vaguada, una ola de incendios se extendió como una plaga por las grandes haciendas de la comarca, ardiendo cosechas y almiares. Hasta la vieja capilla fue pasto de las llamas en la revuelta del 1 de mayo de 1921 en la hacienda San Mateo.

Atemorizados, los señores se marcharon a sus pueblos y a la capital, dejando esa y otras haciendas de La Vaguada en manos de los aperaores, sus representantes y encargados de tratar con los braceros. Confiaban en que la Guardia Civil hiciera volver el orden eterno de los campos, como así fue.

Los tiempos están cambiando

Carlos sabía que ese orden era sólo aparente, que todo estaba cambiando y que ya nada volvería a ser como antes. Aun así, no dejó de ir a La Vaguada para continuar con su pintura al aire libre, ya sin la presencia de Juan, que se había marchado fuera después de pasar algunas semanas en la cárcel acusado de haber participado en los altercados de mayo.

Supo Carlos que su amigo se estaba convirtiendo en una joven promesa del socialismo, y que escribía tribunas en los diarios de la provincia propugnando el reparto de tierras. Se alegraba de esas noticias, aunque sabía que ello generaba mucha inquietud entre su familia de grandes hacendados.

Continuaron viéndose durante las contadas ocasiones en que Juan venía a visitar a sus padres a las modestas casas que tenían los braceros en La Vaguada. Carlos aprovechaba entonces para mostrarle en su estudio alguno de los últimos cuadros, y Juan le daba cuenta de los últimos acontecimientos políticos.

La venganza de los poderosos

Cuando, quince años más tarde, allá por la primavera de 1936, se desató de nuevo la furia campesina en forma de huelgas y ocupaciones de fincas, e incluso con el apaleamiento hasta la muerte de algunos aperaores, la respuesta de los hacendados se fue radicalizando.

No confiando ya en la capacidad de la Guardia Civil para mantener el orden en los campos, formaron sus propias cuadrillas para imponerse con las armas sobre un poder civil cada vez más desbordado.

A mediados de julio, y a pesar de las noticias de un levantamiento militar, Juan se arriesgó a ir a La Vaguada para visitar a su padre, enfermo de gravedad. Carlos, que lo sabía, le avisó de que partidas de hacendados en armas lo estaban buscando. Lo escondió unos días en su estudio de pintura y le ayudó a escapar, dándole la dirección de algunos amigos que podían esconderlo en la capital hasta que pasaran los momentos más duros y sangrientos de aquellas semanas.

En los pueblos de la comarca se instaló un ambiente de venganza contra los dirigentes campesinos, a los que se les acusaba de haber promovido las revueltas y ocupaciones de fincas de los meses anteriores y de haber llevado la violencia a La Vaguada.

Grupos armados se paseaban impunes por las calles en nombre de los grandes hacendados, desplazando a los que, como el padre de Carlos, predicaban, sin éxito, el sosiego y la calma. No había lugar para los tibios en aquel ambiente cada vez más violento y radicalizado.

Carlos fue pronto objeto de sospecha. Su elevada sensibilidad y el sentido estético de su vida, mal se ajustaba a la virilidad de su propia gente. Además, su actitud siempre distante y algo displicente respecto de los valores compartidos por las familias de los grandes propietarios, que eran la suya, así como su conocida amistad con Juan, el antiguo porquero y ahora activista, lo ponían en el ojo del huracán. Eres un renegado, le decían.

Carlos nunca se tomó en serio esas amenazas sintiéndose seguro por sus sólidas raíces familiares. “A mí no me puede pasar nada”, pensaba, “ni mi padre ni mi abuelo lo consentirían”, se decía como para tranquilizarse.

Nadie está a salvo

Un buen amigo le dijo que no se confiara, que la situación estaba fuera de control y que ya nadie podía sentirse a salvo, ni siquiera los de su propia familia. “¿Sabes que han detenido a tu primo por masón, mientras jugaba a las cartas en el casino central?”, le comentó una tarde. “Debes salir del pueblo, Carlos, irte a la ciudad, aquí no estás bien visto”.

Pero no se fue, ya que pudo más la confianza en su inocencia, la convicción de que no había hecho nada malo y de que siempre se había portado bien con todo el mundo.

Una tarde calurosa de los primeros días de agosto, mientras estaba dando los últimos toques a uno de sus cuadros en el estudio que tenía en la planta baja de la casa solariega, irrumpió un grupo armado con orden de detenerlo por haber escondido y ayudado a escapar a un importante dirigente campesino. Reconoció a algunos de los asaltantes, hijos de uno de sus tíos, pero de nada le sirvieron sus lazos de parentesco.

Lo llevaron a la cárcel improvisada que se había instalado en un viejo caserón del pueblo, y allí estuvo varios días esperando a que llegara la sentencia. Hubo peticiones de clemencia por parte de su padre y de algunos familiares ante las nuevas autoridades haciendo valer su condición de hacendados. Pero el aire de venganza de aquellos días atravesaba los vínculos de sangre y las viejas lealtades.

Cuando se confirmó la pena de muerte, recibió la visita de su madre y de una de sus hermanas, que le llevaron ropa limpia y el traje blanco con el sombrero de paja que tanto le gustaba. Fue así, vestido de blanco, como se colocó ante la tapia del cementerio poco antes de que amaneciera el 30 de agosto junto a otros prisioneros. Un grupo armado descargó sobre ellos varias descargas de fusil rompiendo con su estallido el silencio del alba.

Un racimo de fuego se desparramó sobre su traje inmaculado, dejando un reguero de amapolas. Mientras se desplomaba su cuerpo ya sin vida, el sombrero de paja se elevó en el aire volando como una cometa en el cielo azul de aquel verano sangriento.

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