Volver a Riofrío

Apenas habían comenzado los años setenta y aún no había cumplido la veintena. En la biblioteca familiar encontré el libro “Un pueblecito: Riofrío de Ávila” publicado en 1916 por José Martínez Ruiz, más conocido por el seudónimo Azorín, miembro destacado de la generación del 98. Era un libro breve, de poco más de cien páginas, que leí con fruición en una tarde de invierno, deslumbrado por lo que allí se contaba de un pequeño pueblo del interior de Castilla.
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Hallé, no sin dificultad, su localización en la voluminosa enciclopedia Espasa de mi abuelo, de pastas duras, negras y doradas, ya que había varias entradas más con ese mismo nombre. Una de ellas se refería al Palacio Real de las Navas de Riofrío, en la provincia de Segovia; otra, a una pedanía de Loja en Granada (muy conocida como criadero de truchas), y algunas entradas más que no vienen al caso.

Según la enciclopedia, el municipio de Riofrío de Ávila estaba situado en el Valle de Amblés, a unos pocos kilómetros de la capital abulense, y contaba a finales de los años 1950 con algo más de 500 almas, que serían menos, pensé, por la emigración que asolaba entonces a aquellos territorios. Me lo imaginé muy pequeño comparado con los treinta mil habitantes del mío, una agrociudad del sur, y entendí que Azorín lo calificara de pueblecito.

Con ese impulso entre la osadía y la temeridad de que sólo son capaces los jóvenes, convencí a otros amigos para visitar el pueblo a que se había referido el célebre escritor alicantino en su libro y que supuse había visitado alguna vez desde que lo publicara en 1916. Antes de salir para Riofrío, tuve la precaución de enviar una carta al alcalde del pueblo, cuyo nombre desconocía, explicándole el sentido de mi visita y elogiando la figura de Azorín.

Una vez allí, don Emilio, que así se llamaba el edil, nos recibió cortésmente en el ayuntamiento, si bien con cierta frialdad y sin disimular su decepción por la inesperada juventud de los viajeros. Nada más llegar, observamos que el libro era muy conocido en el pueblo de Riofrío, pero nos sorprendió la fuerte animadversión que todos sentían por el célebre escritor.

La imagen del pueblo

Los lugareños acusaban a Azorín de haber dado una imagen negativa del pueblo al difundir en su libro el amargo testimonio del clérigo Jacinto Bejarano Galavis y Nidos, libre pensador confinado en Riofrío por el obispado como cura de aldea a finales del siglo XVIII.

Y es que, según cuenta el propio Azorín, una mañana soleada de 1912 paseando por la cuesta Moyano de Madrid, había encontrado en un tenderete de libros viejos la obra Sentimientos patrióticos del citado Bejarano Galavis y Nidos. Y fascinado por lo que leyó en ese texto sobre los pequeños pueblos castellanos, Azorín publicó cuatro años más tarde su libro “Un pueblecito…” sin antes preocuparse de visitar Riofrío ni corroborar nunca lo publicado por el resentido clérigo, según decía todo indignado don Emilio, el alcalde.

 “La culpa no es del pobre Bejarano, que demasiado tuvo con verse recluido contra su voluntad en este pueblo, sino del ínclito Azorín, que, como tanta gente altanera de la ciudad, no se dignó venir aquí a comprobar con sus propios ojos lo que había leído sobre Riofrío”, exclamaba iracundo don Emilio. “Así que ya saben, caballeretes, cómo fue la historia del tal Azorín y su nula relación con este pueblo”, concluyó rotundo mirándonos furioso. “Han venido ustedes aquí persiguiendo una sombra, o, dicho de otra forma, a cazar moscas. Pero al menos ustedes han tenido la gentileza de visitar este pueblo, y eso se lo tengo que agradecer”.

Abrumados, pensamos que habíamos hecho el viaje para nada y decidimos salir cuanto antes de Riofrío. No obstante, el alcalde nos ofreció quedarnos unos días, permitiéndonos acampar en el patio de la escuela que había justo al lado de la vieja iglesia de piedra. Aceptamos el ofrecimiento del alcalde y nos quedamos allí varias semanas disfrutando de la hospitalidad de la gente de Riofrío y anotando en mi diario todo lo que nos contaban y veíamos.

Hablamos con Tomás, el aguacil y cartero del pueblo; también con el que cocía el pan en su horno de leña, y con algunos de los ancianos que se sentaban por las mañanas en la plaza a disfrutar de los primeros rayos de sol. Acompañamos a varios campesinos a las eras, donde, además de cultivar cereales, pastoreaban algún rebaño de ovejas en las tierras del común. Contemplamos el amanecer en aquellos parajes tan distintos de las tierras del sur de donde veníamos, y nos quedamos absortos con el color del cielo de Riofrío en las horas del lubricán vespertino, justo antes del anochecer. Hasta nos bañamos en las pozas de agua cristalina de los alrededores ante la mirada vigilante de varias cabras montesas.

Don Emilio nos invitaba a su casa a la caída de la tarde y nos interrogaba sobre lo que habíamos visto y oído, corrigiendo o completando algunas de nuestras observaciones. Algún día incluso se quedaba con mi diario con la excusa de leerlo y me lo devolvía a la mañana siguiente, lleno de tachaduras y con no pocas anotaciones.

A mí me parecía que era una forma de ayudarnos a entender mejor la vida de las gentes de Riofrío y se lo agradecía por ello, aunque en realidad la verdadera intención del alcalde era compensar en lo posible la mala imagen que del pueblo había dado Azorín. “No vaya a ser que los escritos de este joven acaben siendo publicados, nunca se sabe”, pensaba don Emilio para sus adentros.

El castillo de Manqueospese

Lo mejor de aquellos ratos con el alcalde eran las historias que contaba, la pasión que ponía en ellas y el modo tan peculiar como las narraba. Una de esas historias se refería al antiguo castillo de origen árabe Manqueospese, que desde Riofrío se divisaba a lo lejos en la sierra de la Paramera y desde el cual en días soleados podían verse las murallas de Ávila. Allí, se erigía majestuosa la vieja fortaleza cual vigía sobre el valle por donde serpenteaba el río Mayor. Sus aguas regaban generosas las tierras de la comarca, pero en el estío del verano apenas era un escuálido arroyo.

De las muchas leyendas que había sobre el castillo, don Emilio mezclaba escenas y personajes hasta crear la suya propia, narrada con su peculiar estilo, gesticulando y declamando como si estuviera en el escenario de un teatro.

Recuerdo bien aquella que decía que allí, en el castillo de Manqueospese, estuvo encerrada la joven doña Guiomar por orden de su padre, don Pedro Dávila, conde del Risco, para que no se viera con Alvar, un soldado de los tercios de Flandes del que estaba enamorada. Mas el joven Alvar se subía a uno de los montes cercanos a Riofrío, y desde allí, mientras contemplaba el castillo, le gritaba al conde: “la sigo viendo, señor conde, la sigo viendo manqueospese”. Y las almas de los dos enamorados, decía con emoción don Emilio, se veían por las noches en las aguas del arroyo como si fueran dos palomas blancas buscando amor y consuelo a su desdicha.

La leyenda me sirvió de inspiración para escribir en aquellos días uno de los poemas que más tarde sería mi favorito: “En el arroyo de abajo/ beben dos palomas blancas./ ¡Ay, amor!, que una pluma les falta./ Saltando van como lirios/ que el viento soplando mueve/ ¡Ay, amor! que volar no pueden…”

Lo importante es el viaje, no la meta

Según iban pasando los días en el pueblo, percibíamos que el sentido del viaje estaba siendo muy diferente del que nos había llevado hasta allí. Poco nos importaba ya el libro de Azorín ni el hecho de que el escritor nunca visitara el pueblo de Riofrío. Lo importante estaba siendo el viaje no la meta, como recordábamos del poema de Kavafis sobre Itaca.

Había merecido la pena, concluí una vez de regreso a tierras andaluzas. Tras varios intentos frustrados por publicar algo de lo contenido en aquel diario de viaje, desistí del empeño, convencido de la escasa calidad de mis escritos y resignándome a abandonar toda pretensión literaria.

Cincuenta años más tarde, y en pleno debate sobre la España vacía, me dirigía a El Barco de Ávila en mi automóvil para asistir a una reunión familiar. En un cruce de carreteras vi un letrero que decía “Riofrío 3 kms”, y sentí que se me removían los pliegues del alma.

Mi primera reacción fue cambiar de rumbo para dirigirme a ese pueblecito del interior de Castilla, que se había despoblado como tantos otros y que apenas contaba ya con un centenar de habitantes. Sentí el vivo deseo de visitarlo, pues aún seguía en mi recuerdo a pesar de no haber vuelto a ir desde entonces.

Di varias vueltas a la rotonda, dudando si emprender de nuevo el viaje a Riofrío, tan cerca ahora y tan lejos en mi memoria. Decidí, sin embargo, continuar mi viaje a El Barco. No quería romper aquel hechizo de juventud. Era mejor no regresar al país de los sueños.

Foto destacada: Vista general de Riofrío (Ávila).

Xemenendura, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0

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