¿Quién le pone el cascabel al gato?

Mientras los animalistas apuestan por esterilizar los gatos, los científicos alertan del daño que ocasionan a la biodiversidad, al ser animales muy letales cazando.
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Corría septiembre mediado del año pasado y una preciosa gata atigrada se presentó en la cancela del patio de casa con cinco pequeños de un mes, más o menos. Flacuchos y ariscos, al abrir la puerta de casa corrían como el demonio a esconderse en los huecos menos pensados.

Un día más tarde se había sumado otro miembro a la familia. Por tamaño era lo menos que se despacha en gato: cuatro chichas, encanijado y feo, aunque gracioso.

A la madre la conocíamos, pues venía a comer de vez en cuando por casa. Sabemos que es de una persona del pueblo que sí le echa de comer, pero como no está aquí a diario, quizás por necesidad de compañía, quizás porque otros felinos se zampaban su alimento, se ha convertido en una asidua.

Lo curioso es que nunca ha dejado de ser esquiva y arisca. De hecho, afortunadamente no se deja acariciar por nadie y así han salido sus pequeños.

Esta Semana Santa pasada se han acercado varios niños a verlos y ninguno de los hermanos, uno urraco, otro negro como el tizón, otra blanca gris y naranja, dos hembras más pequeñas entre marrones, negras y fuego, y el último macho blanco y gris no se han dejado tocar ni un pelo. Ninguno ha heredado la capa tan bonita de la madre, muy cuca ella supo como acercarlos a casa cuando ya no podía tirar de ellos.

Qué hacer anta tanta mirada avispada, cara de hambre y graciosos movimientos, pues comenzar a darles de comer alimento de cachorros. Y ¡madre mía! cómo se aplicaban con el pienso.

Mi mujer y yo sabemos perfectamente que a comienzos del otoño los pájaros, reptiles, ratones… con los que la madre alimenta a su prole comienzan a escasear y casi seguro que alguno habría muerto. Ya es más que un logro que la gata madre haya sido capaz de sacar seis cachorros adelante.

Conocemos también que en otros pueblos de la zona han sucedido y ocurren historias gatunas parecidas. Bien porque llegan a pedir comida a las casas privadas o a la colonia gatuna que existe en la localidad.

La pregunta es ¿Hemos hecho bien o no al acoger esta camada?

Seguro que los animalistas estarían de acuerdo, mientras que los científicos que estudian el daño que causan los gatos a la biodiversidad, no tanto.

Según estudios bastante contrastados, lo gatos son responsables del 14% de las extinciones registradas a nivel mundial de pequeños mamíferos, pájaros y reptiles; y frecuentemente se les considera una severa amenaza para la conservación de la fauna salvaje.

Otro trabajo de un grupo científico liderado por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y la estación Biológica de Doñana-CSIC, afirma que las colonias de gatos callejeros comprometen la conservación de la biodiversidad.

Si, por otro lado, la protección de la fauna silvestre es uno de los principales objetivos de la Unión Europea, nos encontramos con meridiana claridad con que el gato es algo más que un animal de compañía, al ser un cazador nato y poner en peligro especies protegidas.

Conocido es que los gatos son unos predadores extraordinarios. Pocos animales poseen su agilidad, precisión sensorial y sigilo cuando deciden atrapar una presa.

Pero vayamos al meollo del problema. En España hay cerca de 6 millones de gatos y un 17% de las familias poseen uno o varios.

Tal cantidad de felinos no solo está repartida en los hogares, habitan parques en las ciudades, terrenos y solares en las afueras y el interior de los pueblos…, formando en ocasiones colonias de más de 100 individuos. Se encuentran también en el campo, pues se han asilvestrado y hasta se han cruzado con sus primos los monteses.

La nueva ley de protección animal obliga a los propietarios de los gatos a esterilizarlos a partir de los seis meses y si alguien acoge uno más joven se ha de comprometer a hacerlo cuando llegue a la edad citada.

La gestión de los gatos de las colonias supuestamente corresponde a los ayuntamientos, según la Ley de Bienestar Animal, pero salvo pequeñas excepciones suelen ser voluntarios los que se “comprometen” a llevarlos a castrar y a mantenerlos.

Sin embargo, los científicos insisten una vez más que la captación, esterilización y suelta de los ejemplares no parece la mejor solución.

Nuestra pequeña colonia

Desde el mes de septiembre hasta la fecha, nosotros ya hemos esterilizado dos machos y tres hembras, incluida la madre de la camada en cumplimiento de la Ley de Bienestar.

Todavía nos faltan dos cachorros de distinto sexo que cuesta atraparlos por lo espabilados que son. Los trabajos veterinarios los han pagado en su mayoría personas voluntarias y donantes relacionadas con la colonia de Corduente, municipio del que es pedanía Aragoncillo.

Mientras mantengamos la camada seguro que saldrán menos veces a cazar al campo, pero nadie garantiza que no capturen sus presas. Incluso esos gatos domésticos hartos de comer, que los dueños están convencidos de que no cazan, nunca son de fiar en este sentido, pues les puede su instinto.

Aun así, podemos estar contentos. En otras localidades la población gatuna es mucho mayor y al no estar controlados (en Aragoncillo no todos) se han convertido en un problema para la biodiversidad, aunque, según me comentan, lo que les molesta a los vecinos que vienen a veranear no es este capítulo si no el creciente número de excrementos por las calles.

Incluso algunas personas chapadas quizás a la antigua ni ven bien que se esterilicen porque así no habrá gatos ¿Se imaginan la cantidad de felinos que camparían en dos años en Aragoncillo –como en tantos otros sitios- si no se hubiera esterilizado esta camada?

Calculen dos partos al año por cuatro cachorros y cuatro hembras, la cuenta es fácil y repetitiva.

Gato por casa

Antaño, antes de la masiva emigración de los habitantes de los pueblos pequeños a las grandes ciudades, prácticamente cada casa tenía su gato y muchas, perro y gato. El felino casi siempre merodeaba por casa y cuando era la hora de almorzar o de cenar se arrimaba por la cocina por si le caía algo.

Se tenía gato por utilidad, para que cazara ratones y mantuviese la casa y la cuadra limpia de roedores. Entonces no se hablaba de ecosistema ni biodiversidad ni de otras historias que no fueran el trabajo en el campo.

La mayoría eran gatas, al ser más fieles con los dueños y no largarse tanto tiempo como los machos. Y cuando eran viejas se criaba junto a una más joven para que le enseñara a capturar presas.

Una vez parida se preguntaba si alguien quería algún gatito, y los demás eran sacrificados siendo muy pequeños, mucho antes de abrir los ojos. Suena duro, pero era así.

No obstante, los dueños tenían un cariño especial por estos animales tan increíbles. Mi mujer sigue alimentando a una gata ya vieja que se ha criado salvaje en las afueras del pueblo. La bauticé de joven como Rasputín, pensando que era macho, pues no dejaba de enredar. Y cuando no podía la alimentaba Dionisa, una prima de 91 años recién cumplidos.

Estos pasados días festivos de Semana Santa ha subido con su familia unos pocos días por el pueblo. Cuando fui a darle de comer, un gato macho la espantó. Pregunté por Dionisia para que la llamará, así lo hizo y Rasputín acudió al instante.

No os podéis imaginar la cara de satisfacción y alegría de esta mujer al reencontrarse con “su” gata. Y lo contenta que estaba porque no se había olvidado de ella.

Fotos: Jenaro Iritia

Palabras claveanimalesbiodiversidad

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