Cometa. Por Eusebio Perdiguero (Creative commons)

Volando cometas

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1998


Hoy hace viento, pero no mucho, el suficiente para volar cometas. Sin viento no se pueden volar, pero con demasiado viento tampoco. Eso lo sabe bien Gerardo, ya que siempre le ha atraído el vuelo de las cometas. De niño aprendió a volarlas allá por los años 1960 en Navacerrada, donde sus tíos le invitaban a pasar el verano. “Horas non numero nisi serenas» era la leyenda del reloj de sol que había en uno de los muros laterales de la casa del señor Valiente y que marcaba las horas en los días serenos y sin nubes. Allí, contemplando el paso implacable de la sombra del gnomon, comenzó Gerardo a escrutar los misterios del universo, fascinado al saber que la varilla de los relojes de sol debía apuntar a la polar, siempre fija en el cielo “cual estrella enamorada”.

También conoció el mundo de las cometas y se adentró en los secretos de su vuelo. El de Navacerrada era un mundo mágico para Gerardo, nacido en un pueblo de las llanuras del sur, junto a las riberas del Genil, entre los densos cañaverales del río y sus meandros. Por eso, en el cielo de la sierra de Guadarrama rodeado de montañas, su imaginación se desplegaba al mismo tiempo que las cometas alzaban el vuelo por encima de las cumbres aquéllas. Sentía Gerardo una emoción especial cuando echaba a correr tirando del sedal y viendo cómo la cometa se elevaba sublime, lentamente, hasta alcanzar ese punto del cielo en que sabía que no caería. La verdad es que no resultaba fácil, y para lograrlo se tenía que conducir con destreza, unas veces tirando del sedal, y otras, soltándolo, para dejarla ir en su vuelo majestuoso.

Había momentos en que descendía tanto, que casi tocaba el suelo con el alegre serpenteo de la cola de guirnaldas, y entonces se tenía que tensar hábilmente el sedal para lograr que de nuevo la cometa se elevara. En esas situaciones de dificultad, Gerardo se imaginaba estar al timón de un velero a punto de zozobrar por la fuerza del oleaje o pilotando un avión que atravesara peligrosas zonas de turbulencia. Pero había ocasiones en que la cometa, sin saber por qué, caía con estrépito de forma irremediable quedando postrada en el suelo como un pájaro herido de muerte, con sus alas quebradas para siempre.

Cuando recuerda Gerardo ese momento de absoluta derrota, siempre le viene a la memoria el poema de Baudelaire sobre el albatros, esa poderosa ave marina que yace rendida, agonizando, en la cubierta del barco para burla de los jóvenes y arrogantes marineros. Ve en la cometa caída un reflejo de la fragilidad de nuestros sueños y quimeras, de lo cercanos que están a veces el triunfo y el fracaso. Con sus hijos, voló Gerardo vistosas cometas de colores muchos años después en los campos abiertos de la campiña, rodeados de membrillos y viñedos en las tardes calurosas del estío, justo cuando el sol comenzaba a descender por poniente.

En aquellos parajes del sur solía hacer poco viento, y era difícil volar cometas. Le decía entonces a sus hijos que, de la habilidad de sus manos y del buen manejo de los hilos, dependía que la cometa se mantuviera arriba levitando en el cielo azul del verano. Le decía también que era una buena metáfora de la vida.

Hoy, observa Gerardo a varios niños volando cometas en la playa. Se fija en una que tiene la forma de un ave exótica con las alas abiertas y coloreadas en tonos azules, rojos y amarillos. Las gaviotas pasan una y otra vez junto a ella mirándola con recelo. Despliegan imperiales sus alas y le chillan con su agudo graznido para mostrarle a la intrusa cometa su poder y dominio de los cielos.

El niño se esmera por mantenerla en lo más alto, sujetando el sedal con sus pequeñas manos infantiles y siguiendo vigilante su mágica estela ante la mirada atenta y orgullosa de su padre. En los ojos luminosos de ese niño, ve Gerardo reflejarse el mundo de una infancia que retorna insistente a su memoria. A lo lejos, un gran pájaro negro vuela amenazante por encima de los tejados de Torreblanca.

Foto destacada: Cometa. Por Eusebio Perdiguero (Creative commons)

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