Tractorada en Madrid, el 26 de febrero de 2024. Por Joaquín Terán.

Ramiro y las tractoradas

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Regresa Ramiro a su pueblo después de haber estado varios días en las tractoradas. Él no ha llevado tractor, pues desde que llevó al desguace el último que tuvo, tiene externalizada a una empresa de servicios la mayor parte de las labores agrícolas, incluso el papeleo de la PAC. Es una empresa que ha montado un sobrino suyo y que presta servicios a muchos agricultores de la comarca, todos a las puertas de la jubilación.

Ha quedado en el bar La Esquina a tomar una cerveza con su amigo Carlos, profesor de biología en el instituto del pueblo y socio de Greenpeace. Llevan algunas semanas sin verse y quieren comentar las tractoradas.

“Esto está cambiando a ritmo de vértigo”, le dice Ramiro, con tono de preocupación, “es una reconversión brutal la que estamos sufriendo los agricultores”. “Te lo llevo anunciando desde hace tiempo, Ramiro”, asienta Carlos, “y lo peor es que muchos no os enteráis o no queréis enteraros”. “Protestáis para que otros os solucionen los problemas”, apostilla, “pero lo que de verdad estáis mostrando con vuestra protesta es resignación e incapacidad para resolverlos vosotros mismos”.

“Cada agricultor es un mundo”

Ramiro coincide con las observaciones de su amigo Carlos, aunque le matiza que no todos los agricultores están en las mismas condiciones para afrontar esa reconversión. “De hecho”, le dice Ramiro, “los participantes en las tractoradas han sido de lo más variopinto, así como el contenido de las pancartas”. Añade que él se ha sentido poco identificado con algunas proclamas al ver en ellas un victimismo excesivo. Piensa que eso de que el campo se muere, de que nos está matando la burocracia de la PAC, de que la competencia desleal de otros países nos ahoga, “suena bien para levantar pasiones, pero sirve de poco, ya que esto tiene difícil arreglo”.

Ramiro le confiesa a Carlos que, en la manifestación de Madrid ante la sede del ministerio, se ha sentido incluso extraño viéndose ahí en la plaza de Atocha junto a empresarios agrícolas con los que poco tiene que ver un pequeño agricultor como él que a duras penas viene sacando adelante su explotación. “A esos otros manifestantes se les notaba en sus manos, y en la forma de vestir, que no tenían mucho que ver conmigo, que no pertenecen a mi mundo”, le dice a su amigo Carlos. “No parecían gente del campo, sino de la ciudad, propietarios agrícolas que nunca se han subido a un tractor”, añade Ramiro. “Bueno, bueno”, le interrumpe Carlos, “no seas sectario Ramiro, pues, sabes que no hace falta subirse a un tractor para ser agricultor, ni siquiera es necesario vivir en el lugar donde está la explotación; tú mismo ya no te subes, sino que dejas que una empresa externa te haga las tareas y sigues considerándote agricultor”.

Ramiro encaja el golpe, y, cambiando de tema, le dice que tampoco él se ha visto reflejado en las diatribas contra la Unión Europea y el Gobierno. Carlos coincide con él y le dice que no le ha gustado nada eso de utilizar a niños conduciendo tractores de juguete y con carteles contra la Agenda 2030. “Una agenda que es tan poco conocida como vilipendiada por vosotros”, dice, “y que os referís a ella como si fuera el diablo sin ni siquiera haberla leído”.

Aunque tiene poca fe en la utilidad de las movilizaciones, Ramiro se reafirma en que son justas y en que hay razones sobradas para ellas. “Muchos agricultores estamos al límite, desesperados, y las ayudas que recibimos de la PAC no cubren el coste de lo que producimos, y menos en una coyuntura tan difícil como la de ahora”, afirma Ramiro. “Por ello”, añade, “hacemos bien en reivindicar que las aumenten, aunque a veces las veo como una especie de cuidados paliativos a un enfermo moribundo”.

“Bueno, no me seas trágico, Ramiro, que no todo el sector agrario está así”, le interrumpe Carlos, “ya que, como sabes, hay agricultores con explotaciones muy rentables a los que les va bien por haber sido capaces de invertir en tecnología e innovar en el modo de gestionarlas, además de apostar por producción ecológica o de calidad diferenciada. Si no, de dónde sale esa mitad de la producción agraria española que se destina a la exportación”. “Eso es verdad”, responde Ramiro, “pero esos agricultores son minoría y no están en las tractoradas, ya que sus preocupaciones e intereses son otros”, responde Ramiro.

“La ley de la cadena alimentaria está bien, pero no resolverá los problemas”

Señala Carlos que, si bien la protesta es justa, hay que reconocer que “muchas de vuestras demandas son como un brindis al sol”. Y cita, por ejemplo, la de endurecer la aplicación de la ley de la cadena alimentaria, una ley que, en su opinión, está bien, pero que no va a resolver el problema de los precios justos, ya que eso depende del mercado. “Lo que de verdad necesitáis”, añade Carlos, “es organizaros mejor para negociar con fuerza los precios ante las industrias y las empresas de la distribución, pero no parece que estéis muy dispuestos a eso”.

Ramiro le da la razón y reconoce que, si bien existen muchas cooperativas agrarias, son por lo general de pequeña dimensión, salvo excepciones en algunos subsectores. “Además”, señala, “no es extraño que agricultores socios de cooperativas las puenteen y vendan sus producciones a intermediarios privados porque les pagan en el acto, aunque sea inferior el precio que reciben”. “Tampoco es raro”, añade, “que haya socios que utilicen sólo su cooperativa como maquila para transformar el producto, para ser ellos quienes lo vendan por su cuenta”. Carlos comenta que eso que establece la ley de la cadena de obligar a las industrias y las distribuidoras a la firma de contratos para evitar que los agricultores vendan a pérdidas, “está bien, pero veremos en qué queda, ya que, como sabes, Ramiro, no pocos agricultores prefieren seguir vendiendo sin contrato y cobrando en negro”. “Bueno, no te pases”, le interrumpe Ramiro, “son excepción los que así se comportan”.

Respecto a la proclama de culpabilizar de todo al Gobierno y a la Unión Europea, a Carlos le parece una muestra de cinismo e ingratitud, “ya que no hay sector más protegido que el agrario”, dice, “y sin las ayudas directas de la PAC las pequeñas explotaciones habrían desaparecido”. Admite Ramiro que no es justo concentrar las críticas en la Unión Europea ni hacerla responsable de abandonar al sector agrario. “Pero hay cosas mejorables”, añade, “como una distribución más justa de las ayudas directas, que deberían concentrarse en los agricultores que más las necesitan. Algo se ha hecho en la última reforma de la PAC, como el pago redistributivo, pero es insuficiente”. Apostilla Carlos que, además, el Gobierno ha librado ayudas para hacer frente a la sequía y bonificar los seguros agrarios, además de ayudas para modernizar los regadíos y avales para los créditos que necesitan los agricultores.

“Hay que regular el libre comercio, no eliminarlo”

Pasan al tema de las críticas contra el libre comercio y la entrada de productos de terceros países, que están marcando las protestas. “Me parece la crítica habitual contra la globalización en la que coinciden tanto los populistas de derecha, como de izquierda”, comenta Carlos. “La realidad”, añade, “es que la apertura comercial beneficia a todos. Si no, cómo vais a vender los productos agrarios en el exterior”. “Bueno, eso quien los venda”, le interrumpe Ramiro, “porque yo me limito a los mercados locales”, añadiendo que el tema de las exportaciones sólo le interesa a los que pueden concentrar grandes volúmenes de producción. Le replica Carlos “que no son sólo los grandes agricultores los que exportan, sino también medianos y muchas cooperativas, ¿no?”.

“Además, hablar de competencia desleal es poco serio, Ramiro”, continúa Carlos, “ya que también podría verse desde los terceros países como desleal que los agricultores europeos reciban ayudas y subvenciones que les suponen más de un tercio de la renta”. Ramiro justifica las ayudas por el valor esencial de la agricultura, señalando que todos los países la protegen de algún modo. Le aclara a su amigo Carlos que el tema de la competencia desleal se refiere a la falta de reciprocidad en los controles fitosanitarios que exige la UE a los agricultores europeos, pero no a los productos que vienen de fuera, y que por eso piden que se apliquen las llamada cláusulas espejo.

“Vamos, no me digas que los productos entran en la UE como Pedro por su casa”, le replica Carlos, “pues sé que se controlan en las aduanas; otra cosa es que tengan que reforzarse las inspecciones para que sean más eficaces”. “Además, como bien sabes, Ramiro”, añade, “cualquier intervención en los mercados está supervisada por la Organización Mundial del Comercio”. Le recuerda que el ministerio no tiene ninguna competencia sobre este asunto, y que sólo puede plantearlo en Bruselas para que la Comisión Europea lo haga llegar a las instancias que regulan el comercio internacional, cosa que ha hecho en el último Consejo de Agricultura de la UE. Le recuerda también Carlos que los tratados internacionales no afectan sólo a los productos agrarios, sino a toda la economía, y que son un complejo sistema de acuerdos entre países, que, una vez firmados, resultan muy difíciles de modificar.

“Comprendo que deba regularse el comercio para no poner en peligro la soberanía en algunos productos estratégicos, pero con cuidado para no causar males mayores a la economía general”, añade Carlos. “No me negarás, Carlos, que la UE se ha pasado varios pueblos en los controles fitosanitarios, yendo más allá de los que establece la dichosa OMC”, le dice Ramiro. “Vale, lo reconozco, pero, gracias a esos controles”, le contesta Carlos, “los productos europeos son los más seguros del mundo y eso les abre las puertas de mercados tan exigentes como el chino o el norteamericano”.

“Vaya clase de economía me estás dando, profesor”, le dice Ramiro con sorna, “pero el problema de fondo son los bajos costes salariales que hay en otros países y que abaratan los precios de los productos que entran aquí”. “Sí, pero eso no cabe en las cláusulas espejo”, le responde Carlos, “y además es algo que también sucede en el mercado interno europeo, como ha ocurrido con los ataques inadmisibles a camiones españoles en Francia; esa competencia sólo puede afrontarse por la vía de la calidad”.

Coinciden los dos amigos en que el problema de las importaciones está relacionado con las actitudes de los consumidores. “El consumidor lo que quiere”, señala Ramiro, “es tener productos disponibles todo el año, aunque sea fuera de temporada, y eso sólo es posible importándolos”.

“Flexibilizar las exigencias climáticas y aligerar la carga burocrática”

Respecto al tema de las exigencias climáticas de la UE, es un tema que Carlos y Ramiro lo suelen discutir entre ellos a menudo, y que no siempre están de acuerdo. “Como te he dicho en otras ocasiones, Carlos, nosotros los agricultores no somos negacionistas del cambio climático, pues somos los primeros en padecerlo en forma de sequías, lluvias torrenciales con granizo, altas temperaturas a destiempo que alteran las fases de floración, en fin, cambios en el clima que nos trae locos”, señala Ramiro. “Por eso no es justo el modo tan despreciativo como nos tratan los ecologistas como si fuéramos los depredadores de la naturaleza. Es el agrobashing del que me hablaste en una de nuestras últimas conversaciones”, añade.

“Lo que no queremos los agricultores”, continúa Ramiro, “es que los objetivos del Pacto Verde de reducir fertilizantes y pesticidas se pretendan alcanzar sin ofrecernos alternativas, pues si no, sería nuestra ruina. También queremos que se flexibilice la condicionalidad ambiental para el cobro de las ayudas directas, como el barbecho obligatorio o la rotación de cultivos”. Carlos se muestra de acuerdo, pero es contrario a que, debido a las protestas agrícolas, la UE se eche atrás en sus objetivos climáticos, como parece que va a ocurrir a tenor de las últimas decisiones tomadas por la Comisión Europea. “Sería un error”, añade Carlos, “un error que pagaríamos todos, vosotros los primeros”. Dice que le ha sorprendido para bien que se haya aprobado hace unos días en el Parlamento Europeo el texto final de la ley de restauración de la naturaleza, que es el pilar de la biodiversidad del Pacto Verde. “Pensaba que, con la protesta agrícola, se iban a echar para atrás los eurodiputados, pero veo que no”, apostilla Carlos. “Vale, pues estupendo, más munición para culpabilizar al ecologismo”, le replica Ramiro con sorna.

Por último, tratan el tema de la carga burocrática que los agricultores consideran excesiva, pidiendo que se simplifique. “La verdad, Ramiro, que no entiendo esa protesta. El papeleo nos afecta a todos, y más a los que reciben ayudas públicas y tienen que ser fiscalizadas”, dice Carlos. “Eso es verdad”, le interrumpe Ramiro, “pero también lo es que muchos agricultores están muy poco acostumbrados a eso y se ven obligados a contratar a alguna gestoría, con lo que eso supone de gasto”. Comenta Carlos que se podrían utilizar como entidades colaboradoras los servicios técnicos de los sindicatos agrarios o de las cooperativas. “Sí, se podría, pero muy pocos agricultores estamos afiliados”, puntualiza Ramiro, “y las cooperativas demasiado tienen ya con dedicarse a lo que deben, la comercialización, como para encargarse de otras tareas”. “Lo cierto”, corrobora Carlos, “es que la falta de apoyo y asesoramiento técnico es un problema para incorporar lo digital y lo ecológico a la gestión de vuestras explotaciones, y ahí las organizaciones agrarias tienen una buena oportunidad”.

Pone como ejemplo el problema del cuaderno digital de explotación, que, para Ramiro es una buena idea, pero que muchos agricultores no están preparados para ello. “Me parece bien que se aplace su entrada en vigor”, puntualiza Carlos, “pero creo que es un error hacerlo voluntario, ya que entonces no se aplicará. “Además, no entiendo el problema, Ramiro, cuando la mayor parte de los agricultores utilizáis el whatsapp y hasta veis los partidos de la Champions por la Tablet”, añade Carlos. “Y eso de que no hay cobertura de internet en las zonas rurales del interior no justifica vuestra actitud, ya que muchos vivís ya en las cabeceras de comarca o incluso en la ciudad, donde sí hay conectividad. Además, habéis utilizado con habilidad las redes sociales para movilizaros en estas tractoradas”, apostilla.

El final de una época

En su fuero interno, Ramiro sabe que, para muchos agricultores, se asiste al final de un modo de entender la agricultura, el que se hacía con la ayuda de la familia, “y eso no hay quien lo pare”. Ahora, “las familias agrícolas han cambiado mucho”, dice, “y en una inmensa mayoría, nuestros hijos ya no trabajan en la explotación, sino en otros oficios y profesiones”, añade Ramiro. Comenta que, en muchas explotaciones, sólo queda el titular y en ciertos casos algún hijo que no ha querido estudiar o que se ha quedado en la agricultura mientras encuentra otra salida laboral. “Mi caso, como sabes bien, es un buen ejemplo de esto: mi mujer es enfermera en el centro médico de la comarca, mi hija, que, estudió empresariales, trabaja en una consultora en Madrid, y mi hijo, que se quedó en la explotación, acaba de sacar plaza en Correos”. Así que el futuro de su explotación, y el de muchas otras como la suya, lo ve Ramiro bastante negro. “Pronto tendremos esto lleno de sociedades jurídicas y de fondos de inversión”, sentencia.

Su sindicato no tenía muy claro si unirse o no a la protesta, ya que muchas de las reivindicaciones estaban siendo negociadas con el ministerio desde hace tiempo y no quería romper el diálogo. Pero al final la ejecutiva federal decidió movilizarse, arrastrada por el empuje de las plataformas surgidas a través de grupos de whatsapp (como el movimiento 6-F) y ante el riesgo de quedarse fuera de juego. “La unidad sindical se está resquebrajando, Carlos, y eso es una pena con lo que ha costado”, dice Ramiro. “Todo empezó con la escisión de Unión de Uniones”, añade, “y ahora se ha agravado con las redes sociales, pues cualquiera puede convocar una manifestación al margen de los sindicatos más representativos, y eso desestabiliza al sindicalismo agrario”.

Carlos tiene la impresión de que estas tractoradas están durando tanto por la división sindical y por la pugna que hay por el liderazgo en el sector. “La respuesta que os ha dado el ministro Planas me ha parecido razonable, con un paquete bien elaborado y concreto”, señala Carlos. “Tendría que haber sido suficiente para parar la movilización y abrir la negociación, pero creo que hay otros motivos que se me escapan y que no me extrañaría tuvieran que ver con cálculos políticos”, apostilla Carlos.

Insiste Ramiro en que se apuntó a la protesta, más por solidaridad con los compañeros, y por no parecer un esquirol, que por estar convencido de que fuese a servir para algo. Comenta que tampoco le han gustado algunas cosas que ha visto, como algunas proclamas de tipo partidista o buscar en el ecologismo el chivo expiatorio. “A eso se le llama ahora greenblaming”, le interrumpe Carlos, “así que vete familiarizándote con esa palabreja”. “Sabes, Carlos, que no soy de los que buscan culpables fuera del sector, ya que las soluciones tienen que empezar por nosotros mismos. Pero es que no le veo salida a los problemas de los pequeños y medianos agricultores”, le responde Ramiro taciturno.

“Estás más pesimista que nunca”, le dice Carlos. “Es que lo nuestro no lo arregla ni Dios por mucho que llenemos de tractores las carreteras o las plazas de las ciudades”, añade Ramiro. “Te tengo que dar la razón en eso, ya que el panorama es muy difícil y complejo, Ramiro. No pidáis lo imposible y aceptar lo que os están proponiendo la UE y el Gobierno. Pero poned fin a las protestas”, sentencia Carlos, “la simpatía que habéis despertado entre la gente podría derivar en hartazgo”.

1 comments

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  2. Cristóbal Gómez Benito 7 marzo, 2024 at 18:04

    Magnífico, Eduardo. Muy bien expuestas las dos visiones y los elementos del problema. Esta forma de exponer los problemas de la agricultura y del medio rural es muy eficaz y clara.
    Yo mismo, como estudioso de lo agrario y rural y muy vinculado profesional y afectivamente al sector, desde los años setenta, llevo en mi cabeza y corazón a los dos personajes, y no sé cómo integrarlos. Por un lado, me identifico con aspectos y motivos de la protesta, por otro, rechazo o me distancio de otros. Y no me gusta, no me ha gustado nunca, la movilización del sector como si fuera un todo homogéneo, cuando así se hace, ganan los grandes y las opciones más reaccionarias. Y mucho menos cuando se añaden a las protestas, y se las utilizan, motivaciones y críticas políticas que no están justificadas. Habría muchas cosas para comentar, pero sería demasiado largo…. Enhorabuena una vez más por estas perlas literarias, pedagógicas y con tanto conocimiento implícito.
    Cristóbal

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