Comercios en el pueblo de El Barraco (Ávila). Foto: Joaquín Terán.

Los que dan el callo en la España olvidada y despoblada

Panaderos, carniceros, butaneros, carteros… sirven todo el año a pueblos que en algunos casos no llegan ni a los quince habitantes.
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Me entero por un amigo que Carnicerías Ortega ha cerrado el negocio. Nada de particular y una pequeña empresa más que no sigue al pie del cañón, si no fuera porque estos carniceros cubrían cerca de 50 pueblos de la comarca de Molina de Aragón y a alguno de Teruel.

Una vez a la semana llevaban mercancía a las localidades más lejanas como Peñalén, lindando con Cuenca; a otras aldeas se pasaban dos o tres veces por semana. El caso es que estos charcuteros originarios de Alcoroches donde tenían tienda, así como en Alustante (Guadalajara) y Orihuela del Tremedal (Teruel) daban trabajo a once personas y lo que es más importante: surtían a los pequeños pueblos de una zona más despoblada incluso que Siberia, con una media de 1,63 habitantes por kilómetro cuadrado. Unos poblados que van desde los 6 a los 70 u 80 habitantes en el mejor de los casos, sin contar a Orihuela. Y que en los años 50 y principios de los sesenta del siglo pasado contaban como mínimo con 400 o 500 personas.

Hasta la fecha, no han dejado de repartir carne porque llevaban muchos, muchos años en el negocio de la carne y de los embutidos. Dicen los carniceros que mientras que el mes de agosto no daban casi abasto, el resto del año sus ventas eran muy pobres y que no les compensaba. Cuentan también que no tienen herederos para seguir cortando el rico cordero de oveja churra de estas zonas de montaña. Lo de la oveja churra es cosa mía.

Lo cierto es también que durante mucho tiempo se han jugado la vida por esas carreteras de montaña a más de 1.300 metros de altitud, que pueden sorprender con una curva helada en una umbría y provocar un accidente. Desde luego, han tenido mucha suerte y pericia al volante.

De manera que no es nada exagerado calificarlos como los últimos héroes al servicio de los pobladores de estas villas serranas.

Algunos de los vecinos afectados ya me han comentado que tendrán que coger el coche y comprar en Molina de Aragón. Eso el que tenga auto o no sea muy viejo para manejarlo, tanto el automóvil como el conductor. En fin, un ejemplo más de los desastres que vienen cayendo sobre la España despoblada.

El pito del panadero

Mientras escribo estas líneas oigo al panadero que toca el claxon de su furgoneta. Sé que es él porque su sonido es inconfundible. Un día como hoy no venderá en el pueblo más de cinco o seis barras de horno de leña y así durante todo el invierno, primavera y otoño, lunes, miércoles y viernes. Una tarea compartida con una joven encantadora y simpática a rabiar.

Tienen que recorrer 36 kilómetros entre ida y vuelta y siguen sin fallar ni un solo día. Menos mal que como sucede con los carniceros, el mes de agosto es mucho más productivo. Además del pan despachan bollería artesanal en dos o tres puntos fijos. Y menos mal también que gestionan su negocio en Molina de Aragón -4.000 habitantes, más o menos, con dos panaderías más haciéndose competencia- porque si no seguro que les costaría más encender el horno que los beneficios. Eso sí, son los únicos que manejan la leña como combustible ¡Vamos! como antaño.

Pues a estos servidores sería injusto no ponerlos también en la lista de los valientes de la España despoblada.

Sería injustificado dejar en el olvido a la enfermera que para tomar la tensión a una sola mujer tiene que realizar los mismos kilómetros que los panaderos con su coche, pues el centro de salud se encuentra en la localidad antes citada. En verano, como acude gente de todas las edades, sus visitas son más frecuentes a consecuencia del dichoso Sintrom.

Y como todo parece centralizado en Molina de Aragón, qué decir del camión del butano, pues nada más entrar a Aragoncillo se oye a kilómetros. La musiquilla que ha colocado en el altavoz es a prueba de sordos y debe de hacer daño a los oídos de los perros y los pájaros porque mientras unos ladran, los segundos salen disparados hacia el campo hasta que se pierde en la carretera tras haber dejado dos o tres bombonas.

Congelados

Y no de frío, que no sería extraño en esta zona. Confieso que nunca le he comprado nada ni tampoco sé con qué periodicidad se pasa por el pueblo, pero el pequeño camión de los congelados para en dos o tres calles para despachar unos lomos de merluza o lo que se tercie. Creo que también vende dulces. Y para terminar con estos servidores que no entiendo cómo les es rentable ir de pueblo en pueblo con tan pocos vecinos. No me olvido del frutero al que tengo menos “controlado”, pero que también nos visita esporádicamente.

Y es que todos los citados tienen mucho mérito, porque están todo el año de aquí para allá. Nada que ver con la estampa veraniega de los venderos ambulantes que ofrecen ajos de Pedroñeras y melones de piel de sapo de Villaconejos. Reconozco que del único que me da rabia haberlo perdido casi todas las veces que viene es ese hombre que trae unas riquísimas cerezas de Aragón que vende como churros. Antes completaba su mercancía con un vino tinto peleón de los que se nota al pasar por la garganta a modo de lija y que sabía a pie dormido. Algo así como que no tiene un sabor definido.

No se me pasa el abnegado de cartero, que aunque ahora reparte mucha menos correspondencia que antaño, está al pie de calle día a día y cuando te lo encuentras siempre te puede contar alguna novedad, pues antes ha recorrido varios pueblos de la zona.

Agricultores

Aunque no nos llega de una manera tan directa, ni tampoco lo percibimos así, la labor de los agricultores es fundamental. Su actividad es lo que se llama sector primario, y no hay que decir mucho de que de ellos depende parte de nuestra felicidad cuando llenamos el estómago de los productos que cultivan. Así es que los que andan con los tractores para arriba y para abajo en Aragoncillo, también merecen estar en el cuadro de honor.

Tan importantes son que desde hace algún tiempo los mayores buitres del planeta, los fondos de inversión, ya han puesto su mirada en las tierras y están comprando millones hectáreas para hacerse los dueños. No se conforman con manejar a su antojo casi todo el grano mundial, haciendo bailar a los gobiernos a su ritmo, que quieren acapararlo todo.

De verdad, miedo me dan. Ya saben cómo las gastan con los inquilinos de las casas cuando compran un bloque, pues casi todos los días salen ejemplos en la prensa de su falta de humanidad. Pues como dicen por aquí ¡Que los parta un rayo!

Foto destacada: Comercios en el pueblo de El Barraco (Ávila). Foto: Joaquín Terán.

1 comment

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  2. eduardo moyano estrada 30 abril, 2023 at 22:56

    Un artículo muy necesario para reconocer la labor de toda esa gente sin las cual no habría servicios en los pueblos.

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