El cartero, el mejor testigo de la despoblación rural

Los carteros rurales pueden certificar mejor que nadie cómo los pueblos se han quedado casi desnudos. Lo malo es que el acuse de recibo nunca lo recogieron los políticos ni parece que estén por la labor.
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El Cartero, Capileira. Comarca de la Alpujarra (Andalucía). Foto: CC Landahlauts

Creo que no hay mejor observador de la despoblación en España que los carteros rurales. En los últimos 30, 40 o 50 años, ante su desolación, ha ido viendo como se le cerraban poco a poco las puertas de madera de las casas. “El vecino se ha ido a Zaragoza; el otro, ese que era alto, el de la Calle Real que tenía mal genio, marchó a Barcelona, así que vamos quedando pocos”, algo así le comenta a nuestro cartero ese agricultor que se aferra a sus raíces como la siembra a las tierras.

Una vez más, estoy situado en el noreste de Guadalajara, donde de 12 meses al año, siete hace un frío que pela y cinco, siendo optimista y si el cambio climático no te juega una mala pasada, da gusto estar por el fresquito y la tranquilidad.

Nuestro cartero, que prefiere guardar su anonimato, ya no reparte la correspondencia como antaño, en el coche de San Fernando: un ratito a pie y otro andando. Lo hace en su propio automóvil, pero recorre todos los días 100 kilómetros y lleva ni más ni menos que diez pueblos. Todos habitados, la mayoría con dos tres cuatro o cinco vecinos, excepto dos que pueden llegar a los 30. Todos los conoce como la palma de la mano, calle a calle, esquina a esquina, puerta a puerta.

Menudo plan, pues hay jornadas que se encuentra con un pueblo fantasma sin un alma por las calles. Y esta estampa tan habitual ahora en muchas zonas de España le produce desasosiego, porque, al menos, le gustaría encontrarse con alguien para cambiar impresiones aunque sea del tiempo, del campo , de algún programa de la tele…

Años atrás, algunos vecinos recibían al cartero con ilusión y alborozo cuando les llegaba una carta, bien de un hijo o de algún familiar cercano. Además, tenían por costumbre agasajar al mensajero con algún bollo casero o una pieza de la fruta típica de la zona, que no es muy variada precisamente.

Este hombre tranquilo, que no para de trabajar a buen ritmo, me dice que hace 30 años el pueblo más cercano al suyo tenía 75 vecinos y ahora solo quedan tres. Y lo mismo ha pasado con otros pueblos colindantes. Los primeros emigrantes que se asentaron en el extrarradio de las grandes ciudades fueron tirando poco a poco de familiares y convecinos de los pueblos serranos hasta dejar las callejuelas solitarias al albor y a los ruidos de la noche.

Que nadie piense que a pesar de tan escasos vecinos en esos pueblos dejados de la mano de Dios no tiene trabajo, pues Internet, que tantas veces viene sustituyendo a los carteros con los mensajes rápidos no llega a muchas de esas poblaciones. Así que de vez en cuando una postal o una carta escrita a mano se agradece porque es algo mucho más personal, cálido, cercano y bonito que cuatro líneas de ordenador.

No llega Internet y en ocasiones ni la señal al móvil. Nada de especial importancia en verano, pero si es invierno y ha nevado y helado cambia todo a peor. Nuestro cartero es muy testarudo y algunas mañanas cuando vivía en el pueblo y caían copos de nieve mansos y grandes como puños o ventiscas endemoniadas, siempre le aconsejaba no salir a repartir. Pero él, cabezota hasta la médula nunca se pierde ni un día sin hacer su recorrido habitual, a pesar de las inclemencias invernales, por unas carreteras estrechas, perdidas y mal asfaltadas.

Su estrategia ante la nieve al volante es ir más despacio sujetando el volante con fuerza y suavidad a la vez y cuando llega a un pueblo en el que hay hielo en las calles se calza bajo los zapatos una especie de crampones pequeños para andar con cierta seguridad. El uso de tal artilugio viene dado por la experiencia de antaño ante alguna caída en la que estuvo a punto de romperse la crisma. No me quiero imaginar el día que o bien pinche el neumático del coche a 12 grados bajo cero o se caiga en alguna cuesta y no tenga cobertura telefónica.

Al menos, todavía podemos hablar hoy de nuestro repartidor de ilusiones. No me imagino el día que alguien pronuncie o escriba eso de: el último cartero. Y seguro que llegará.

Foto destacada: El Cartero, Capileira. Comarca de la Alpujarra (Andalucía). CC Landahlauts

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