Los urletos

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Las ciudades eran zoológicos humanos; esos lugares donde sólo vivían quienes no tenían acceso a un lugar más salubre: los pueblos.

En el campo tenían el saber ancestral de convivir con el espacio y eran muy respetados por ello. Generaban lo esencial para la vida y eso les otorgaba poder: agua, recursos que no dañaban al medio, comida, energía…pero energía limpia. Además, se imponía un precio justo por todo aquello que se producía.

Eso sí, todo lo que causara impacto negativo se hacía en las ciudades, las cuales eran dependientes del campo; por eso quienes las habitaban eran considerados mantenidos, poco hábiles y débiles, pues se les hacía sentir ridículos cuando llegaban a un espacio sin asfalto, ya que se perdían y no entendían lo que veían, a pesar de formar parte de su propia esencia.

Los niños urbanos que tenían algo de suerte pasaban temporadas en el campo, interiorizando los ciclos de la naturaleza, los vínculos que existían entre pobladores y bosques, aprendían su historia y los más afortunados vivían permanentemente en él.

La mucha o poca riqueza que se generaba en las ciudades terminaba en el campo, donde cuajaban los ahorros urbanos, tras grandes esfuerzos, en forma de viviendas sostenibles y estudios para los hijos en las mejores universidades, integradas en los grandes bosques. Recibir atención médica especializada era un gran esfuerzo para la gente urbana, pues los centros sanitarios mejor dotados estaban muy alejados de las zonas hiperpobladas, integrados en bosques y montañas, ya que estaba sobradamente demostrada la eficacia de estos entornos en la sanación de cuerpo y mente.

En las ocasiones en que se desplazaban los urbanos a las zonas rurales se aseguraban de llevar el atuendo adecuado y hablar poco para no ser descubiertos, pues eran motivo de chistes que los ridiculizaban. Eran llamados URLETOS, haciendo referencia a esas personas de ciudad, que no sabían entender el lenguaje del campo.

En cada excursión el bolsillo tenía que ir bien lleno; cada camino que se transitaba tenía un peaje; sentarte bajo un árbol y disfrutar una puesta de sol, un coste; recoger una piña, un palo o llenar la cantimplora en una fuente de agua mineral costaba ¡una fortuna! Había reglas que se respetaban sin cuestionarse y peajes para los caminos rodeados de árboles, en los que sólo se podían transitar con coches silenciosos y no contaminantes, alimentados por el agua más pura, lo cual aún dificultaba más el acceso de los urletos al campo.

En las ciudades sin embargo, los de campo hacían honor a su nombre y campaban a sus anchas. Con sus coches de última generación, se paseaban por las calles, recogiendo aquello que les llamaba la atención, daba igual si era un bordillo o una señal, lo cargaban en el coche, como si fuera un descubrimiento propio, llevando el trofeo a casa con gran regocijo personal, sin pensar que pudiera tener propiedad ajena.

Flotaba un halo de superioridad material y moral de unos respecto a otros, que se había normalizado hasta el punto de estar impreso en la conciencia colectiva. Era algo natural.

Sin embargo, a pesar de tenerlo casi todo, en el campo necesitaban una energía especial y su fuente se encontraba en los espacios de ocio que albergaban las emociones. El miedo a perderlos, los empujó a la necesidad de controlarlos.

Mientras, en las ciudades se transmitían de una generación a otra los saberes de la creación y conservación de la construcción humana: catedrales, cines, teatros… edificios que albergaban emociones tan profundas y antiguas que era imposible replicarlos en otros lugares.

Ya que en el campo carecían de esos espacios, se convocó al comité de sabios rurales, que desde su cómodo despacho con vistas a un infinito bosque, acordó organizar una comitiva de personas expertas en medio urbano, para que hicieran una investigación.

Se crearon líneas de financiación para que las organizaciones más expertas del medio rural impulsaran la conservación de aquello que estaba en grave peligro en las ciudades. Y también se potenciaron movimientos citilogistas, que se organizaban desde el campo y que ganaban seguidores de forma exponencial con cada campaña que hacían, financiadas también desde el medio rural, en defensa de las emociones que provocaban esos edificios ubicados en las urbes y que tan necesarias eran para el desarrollo humano.

Se hizo un catálogo de lo más deseable y que era más urgente y necesario proteger: Las iglesias y catedrales fueron lo primero.

Se fueron catalogando los edificios, creando para cada uno de ellos un comité de expertos rurales en catedrales e iglesias, cuya primera acción, llevada a cabo por norma, para conservar el edificio y su contenido, era evitar su uso y mantener las puertas cerradas a cal y canto, pudiéndose visitar sólo por fuera. Exceptuando, claro está, a los científicos que tenían vía libre.

Las puertas se cerraban incluso para las liturgias, pero abrirían para las gentes rurales deseosas de visitar estas obras majestuosas, principalmente dos meses al año y algunos fines de semana. No había interés suficiente para generar un flujo de personas diario. Para apaciguar los ánimos, aseguraban estar dispuestos a gastar ingentes cantidades de dinero en comida, bebida, ropa o alojamiento. Pero no quedó claro si aportarían sólo por lo que consumirían o colaborarían en el cepillo, cuyo destino sería mantener la catedral y el vecindario.

Eso sí, el cura podría ir vestido con sotana y pasar la cestilla en la plaza que había en el barrio de al lado, mientras se proyectaban imágenes del interior de la catedral inaccesible y un entendido (o varios) procedentes casi siempre de medio rural, darían las explicaciones de lo magnífico del edificio. En cualquier caso, le aseguraron (al cura), que el cepillo tendría el doble cada día, sin necesidad de ofrecer misa en la catedral, ni de preocuparse de los quehaceres diarios.

Se destinaron gran cantidad de fondos a cada espacio a proteger, que contaba con su propio plan de protección y una asignación económica, que sobre todo iba destinada a contratar a personal especializado, con gran formación en la materia y con muy buenos despachos en el campo, así como a estudios de impacto, muy especializados y análisis DAFO, que proporcionaban una radiografía exacta de la situación actualizada del entorno del edificio elegido.

Se hicieron reuniones informativas, explicando la importancia de acciones urgentes de conservación, reforzando el mensaje con un grupo de jóvenes rurales vestidos como Indiana Jones, encadenados a un arbotante del imponente edificio, para que no fuera tocada una de sus piedras, a pesar de que estaba a punto de colapsar y dañar una de las bases del contrafuerte de la catedral haciendo peligrar el edificio entero, paralizando el trabajo ya comenzado de reparación y sustitución de la misma.

No importaba que el colectivo de canteros intentara explicar que eran medidas habituales y necesarias de reparación cotidiana, que se habían llevado a cabo prácticamente desde el inicio de las obras del edificio. El ruido no dejaba escuchar sus explicaciones. Las cadenas parecía que también confundían el entendimiento de los jóvenes bien intencionados.

Sencillamente y haciendo como siempre su trabajo, los canteros iban buscando espacios más discretos para seguir desarrollando su misión, a sabiendas de que corrían un gran peligro si dejaban rodales de la estructura sin reformar.

No se escuchó tampoco a esa pequeña mujer mayor, que advertía de la necesidad de ventilar todos los días la sacristía, cosa que hacía de forma voluntaria, con las puertas abiertas para que circulara el aire por el edificio, porque la humedad estropeaba el artesonado y las casullas bordadas en oro, tan valiosas, podían apolillarse.

El cura estaba contento, lo del cepillo lleno le parecía buen futuro. Bien podía ser el maná que estaba esperando para tener pan abundante para todos y para siempre. Total, la catedral había estado durante siglos y durante siglos seguiría. Menudo quebradero de cabeza se quitaba de encima.

El carpintero encargado de mantener a raya la carcoma también tuvo prohibida la entrada, porque su torpe mano humana podría estropear la obra de arte original. No entendía muy bien los motivos, pero tampoco puso mucho empeño, al fin y al cabo era un inculto carpintero que toda su vida se había dedicado a conservar la catedral, tal y como le había enseñado su padre, quien a su vez le había enseñado el suyo y así, hasta el origen mismo del edificio; pero tonto no era y todo el esfuerzo de su familia lo habían destinado para que su único hijo, Aspeo, se formara. El carpintero estaba muy orgulloso, ya que gracias a sus horas extras, Aspeo ahora vivía cómodamente en el campo y era parte del comité de expertos que estaba dictando las normas de cómo conservar la catedral. Con el esfuerzo que se había hecho en su casa para que ese hijo tuviera formación, estaba claro que sabía lo que se decía y no sería él quien le llevara la contraria, porque estaba titulado y sabía de lo que hablaba. De hecho, con la intención de apoyar a su hijo, ya había convencido a sus vecinos. Lo mejor era dedicarse al turismo que iba a generar la catedral.

Los expertos conservadores de los frescos no tuvieron opción, porque según figuraba en la legislación vigente aprobada, las iglesias cerradas eran una garantía de futuro y éxito, sin necesidad de intervención. No tocar se consideraba la mejor opción.

La mayoría buscaron otro oficio, no había relevo en una profesión tan esclava que obligaba a permanecer horas en posturas imposibles para mantener los frescos.

Unos pocos se quedaron con la esperanza de seguir su oficio, pero con la necesidad de buscar otro sustento. Helados de colores. A eso se dedicaron los expertos en frescos. Unos se formaron y otros sencillamente harían lo que pudieran. Cuando el calor apretara y llegaran los visitantes, se comerían hasta el hielo de los congeladores (al menos eso les prometían los rurales). Pero su dignidad y orgullo, ese que habían conservado como colectivo altamente respetado, se derretía al ritmo del hielo con el calor…

Los cristaleros que mantenían las vidrieras se vieron expulsados, porque los andamios podían estropear el suelo. Eran unos descuidados (eso decían los expertos rurales). El estaño que unía las pequeñas y delicadas piezas de cristal olía fatal. Había que prohibirlo. Además siempre estaban haciendo ruido y eso molestaba a los visitantes rurales, deseosos de pasear por la esencia de esos majestuosos edificios, sin que su bucólica visita se viera perturbada.

Hábiles como eran los cristaleros, se dedicaron a producir en serie platos y vasos de un sólo uso. Muy sencillo. Todos iguales y muy baratos. Fuera quedaron esas vajillas de barro artesanas, pesadas y que había que lavar cada vez que se usaban. Para ello un capital rural construyó una fábrica altamente contaminante, lo cual no importaba, porque además de estar lejos del campo, desde allí se emitían licencias para situaciones especiales, que no quedaba muy claro cuáles eran, pero que esta era una de ellas.

Restauradores de frescos, cristaleros, carpinteros y así un gremio tras otro, quedaban desconcertados cuando tuvieron conocimiento de que los andamiajes que usaban en sus trabajos no podrían llevárselos porque también serían catalogados de estricta protección, al nivel que el artesonado…

La estrategia se basaba en que cuanto más inaccesible estuviera el pasillo, menos gente accedería, y mejor se conservaría el suelo. Determinaron los expertos, que lo mejor era que los pasillos se inundaran de andamios, confesionarios, bancos… colocados de tal forma que era imposible sentarse o transitar entre ellos. Únicamente se dejaría un pasillo acordonado por donde caminarían las visitas. El gremio de los carpinteros estaba atónito pues eso haría las delicias de la carcoma y el de los soladores no daba crédito, pensando en el profundo desgaste que sufrirían las baldosas del susodicho pasillo. Pero nadie dijo nada. Por unos motivos u otros, nadie se atrevió a hablar.

Y así una iglesia tras otra. Las más modestas y alejadas, aún tenían la fortuna de que nadie se había fijado en ellas y se mantenían con sus feligreses fieles a sus misas y sus actividades cotidianas de mantenimiento.

Las universidades donde se estudiaba su origen, sus características y su futuro, paradójicamente, también estaban en medio del bosque a cientos de kilómetros. Eso sí, aunque las estudiaban mucho muy pocos se adentraban en su origen y en sus necesarios vínculos.

De vez en cuando se hacían excursiones de alumnos, para que las visitaran y comprobaran in situ todo aquello que se estudiaba en clase. En una ocasión, visitaron la Basílica del Pilar, quedando los estudiantes fascinados tras tocar esa piedra desgastada y brillante, que estaba impregnada de la untuosidad de miles de manos que la habían transformado en una belleza imposible de pasar desapercibida. También había que protegerla. Se organizó un gran revuelo, con sentadas, manifestaciones estudiantiles, hasta conseguir que ya nadie volviera a tocarla, a fin de preservarla. Lo consiguieron. Con el paso del tiempo, la piedra perdió el brillo y se constituyó un comité de expertos rurales en medio urbano, que aún siguen estudiando el misterio de la piedra que dejó de brillar a pesar de haberla protegido de tanto manoseo.

El caso más complejo y tenso se produjo en los tejados de Catedral-Basílica de Valencia, cuando una cigüeña tuvo el capricho de anidar en el lomo de una gárgola, impidiendo el paso del agua hacia su aliviadero. Nuevamente y a toda prisa se reunió el comité de crisis, cuya decisión fue declarar una aberración limpiar los canalones por las molestias que se podían ocasionar en el pobre animal. El asombro de quienes tenían la tarea asignada de mantener limpios los ríos de teja y los aliviaderos de agua en la cubierta de la catedral no tenía límites. Mientras unos consideraron una victoria salvar el nido, otros venían venir el desastre.

Tras las catedrales e iglesias ilustres también le tocó el turno a los teatros. Edificios que guardaban risas, aplausos y llantos en su interior. Había que preservar eso también. Se requisaron para que no se malograran esas emociones.

Costó un poco más. Porque los propietarios se resistían e insistían en que, si cerraban, no podrían generar esas olas de energía que movía la gente emocionada y que ellos mismos morirían de hambre si no podían cobrar entradas.

De poco sirvió.

El comité científico rural encargado del estudio de dichas emociones colectivas, se dedicó a grabarlas, para que no se perdieran. A hacer fotografías singulares para la posteridad. A entrevistar al anciano telonero, despacio y a voz en grito, como si el hombre tuviera un problema auditivo o hablara otro idioma y a la niña que vestida de pirata corría entre bambalinas, como si fuera un exótico animalillo a quien compadecer, pues carecía de agenda organizada del tiempo libre.

Los dueños del teatro tendrían que dedicarse a hacer churros o buñuelos a la entrada, porque el teatro sería cerrado, para conservar dentro las emociones y que no se perdieran. Se proyectarían las grabaciones llevadas a cabo en ellos.

  • Han dicho que va a llegar mucho dinero…
  • Pero nos tendremos que dedicar a otra cosa. Nosotros sabemos cómo funciona el teatro. Qué cuerdas se enredan en el telón. Qué butacas no pueden ser usadas por su excepcional tapicería de seda y a cuales hay que reforzarle las cinchas del asiento. Sabemos dónde hay humedad, cómo ventilarlo y el artesonado que requiere reparación urgente. Si tan importante es preservarlo, ¿por qué no nos preguntan cómo preservarlo? ¿Cómo cuidarlo? Si llevamos siglos haciéndolo…
  • Pues yo no me voy. Yo no sé hacer buñuelos, ni helados, me parece ridículo. No quiero hacer palomitas. No me gusta. Lo que adoro es el teatro. Cómo huele. Cómo suena. Me gustan las emociones que se desprenden, la alegría, la tristeza, los aplausos. Generamos la energía necesaria para el mover el mundo. No entiendo mi vida sin él. No sé qué tiene de emocionante escuchar en un altavoz el bullicio del teatro. No se entiende si no lo vives. Si no lo hueles, si no te rodea…nada comparado con una proyección con audio…ahora que se ha demostrado lo beneficioso que es para la salud vivir esas emociones, se lo van a cargar… Nos quedamos.
  • El otro día un rural, que ya ves, sus abuelos se criaron al lado de casa, vaya, de ciudad de toda la vida, se negaba a pagar entrada porque esto era patrimonio de todos. Me apenó no poder hacerle entender que sin entrada, no podríamos mantenerlo.
  • Se irán. Se olvidarán. Al final siempre lo hacen.
  • No lo sé. Esta vez es diferente. Necesitan lo que hay aquí para sobrevivir…

Y estas mismas conversaciones, se sucedían en las sobremesas de cada hogar, con el tono de preocupación e incertidumbre ante un futuro nada claro. No servía de aviso, la catedral que ardió con todos los andamios dentro, arruinando la vida de quienes trabajaban y vivían para ella; muy al contrario, generó más adeptos citilogistas y una prisa inusitada para ampliar el rango de acción e incentivar y endurecer las medidas de protección de más y más edificios.

Ciegos a todo esto que sucedía sin freno, ya de regreso, en una de esas visitas que rara vez duraba más de una mañana en la ciudad, el comité rural de expertos iba más convencido que nunca de la necesidad urgente de la protección aún más estricta de los edificios objeto de valoración y salvarlos de los urletos, puesto que a pesar de los muchos esfuerzos llevados a cabo en los últimos años con protecciones estrictas, catedrales y teatros colapsaban, ardían, eran objeto de la carcoma… Y cada vez destinaban más dinero a cerrajeros para reparar cerraduras rotas, apuntaladores para estructuras, barreños decorados para recoger el agua de las goteras, cañones de agua en caso de incendio, comités de expertos, investigadores, movimientos citilogistas… todo en pos de la conservación de ese patrimonio cultural de las ciudades, que resultaba tan difícil y complejo preservar.

A la vez, en la ciudad, cada pérdida de ese patrimonio, generaba un vacío profundo, sórdido y desolador en sus habitantes, amputando de raíz oportunidades y futuro, dejando un rastro de impotencia, rabia y tristeza…como si se extirpara de golpe todo vínculo con siglos de antepasados y se evaporara toda una saga de descendientes aún por llegar; mirando carritos de helados, buñuelos y palomitas, como si fueran un desgarrador chiste macabro.

Y así, un edificio tras otro, iba siendo catalogado de forma amable, con promesas de un futuro mejor, mientras se sometían a absurdos protocolos con el fin de preservarlos, ante la mirada atónita de quienes los habían custodiado por generaciones y de aquellos que aun viviendo en el campo, entendían la magnitud de lo que estaba pasando, pero no llegaban a accionar todas las palancas necesarias para virar ese sinsentido.

Desconcertados, confundidos, dudando de sí mismos, minada su autoestima y erosionado su orgullo de ser portadores y custodios de un bien común, de un patrimonio esencial, en las ciudades quedaban confundidos y, lo que es peor, enfrentados, sin saber qué sería realmente lo mejor… después de todo, qué iban a saber ellos, si tan sólo eran ignorantes URLETOS…

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