¿Quién dijo frío?

Medios de comunicación, pronosticadores del tiempo y pesados del clima están consiguiendo que cada día seamos más frioleros. Y no es para tanto. Es más, resulta que el frío como el que hace en la mayor parte España es bueno para la salud.
0
277


A finales de los años 60 del siglo pasado, cuando los televisores comenzaron a entrar en los hogares de los españoles, o bien en el salón municipal del pueblo para que los vecinos vieran la tele, existía una información sagrada que todos, en casa o fuera de ella, teníamos que guardar un silencio sepulcral: Mariano Medina, el legendario hombre del tiempo, daba los pronósticos para el día siguiente y eso era algo primordial para el hombre de campo, tanto agricultor como ganadero. Y ¡ay! de aquel que no se callara, pues se llevaba una reprimenda de todos los demás atentos a la pantalla.

Aquellos años el tiempo era de vital importancia para los pastores de ganadería extensiva, en especial en invierno por el miedo a las grandes nevadas. Y en verano para los agricultores, rezando para que no lloviese y poder segar, trillar y recoger la paja y el grano.

En la actualidad, la mayoría de los campesinos lleva móvil con varias aplicaciones para saber el tiempo con una antelación de hasta quince días. Otra cosa es que las predicciones sean acertadas. Yo sigo siendo fiel a lo que ahora se llama AEMET (Agencia Estatal de Meteorología), pues me parece la mejor. La pena es que cuando me “bajé” la aplicación tuve que poner el nombre del pueblo de al lado, pues donde vivo es una pedanía y AEMET no la contempla.

Y si agricultores y ganaderos (en España hay alrededor de 750.000) están pendientes del tiempo es porque les va la vida en ello. Una fuerte helada o tormenta, o nevada u ola de calor puede dar al traste con todo un año de esfuerzos; si no dejan en la ruina a ese esforzado(a) hombre y mujer campera. Quiero decir que está más que justificada su preocupación por el frío, que casi nunca es precisamente el corporal.

Dicho esto, observo que cada día somos más frioleros y que la mayoría de los hombres y mujeres del tiempo en televisiones y radios ayudan también a tener más frío al poner demasiado énfasis en el bajo cero.

No solo las personas ya mayores que emigraron a las grandes urbes y se han acostumbrado a la calefacción central, si no también sus hijos y nietos cuando visitan los pueblos serranos en época invernal se quejan de las bajas temperaturas. ¡Almas de cántaro, si hubieseis escuchado a vuestros antepasados lo que era el frío! Mientras tanto, la gente que vive en el pueblo se mantiene firme ante el tiempo y le da la justa importancia a las heladas.

Dos grados bajo cero

Escucho por la maña a una directora de un programa de radio que comenta lo bonito que es un gentilicio de un pueblo que no recuerdo, pero cuando el compañero le dice que a esas horas en esa localidad hace una temperatura de menos 2 grados centígrados, exclama: “eso ya no me gusta tanto”, o algo parecido. Esta excelente periodista, que quizás sea una friolera, está ayudando poco a los que no son como ella a enfrentarse al frío sin darle tanta importancia.

Por supuesto, contribuyen poco y estoy cansado de oír a los comunicadores del tiempo en los medios de comunicación decir eso de que mañana las temperaturas serán muy frías con dos grados bajo cero en numerosas zonas del centro peninsular. Una vez más están predisponiendo a las personas a sentir más frío. Y no es para tanto.

No obstante, el que se lleva la palma de la exageración es ese reportero(a) joven que cuando caen cuatro copos en un puerto de montaña o bien bajan de cero grados las temperaturas, nos crea una alarma innecesaria. Y no estamos envueltos por el temporal Filomena.

Sin embargo, no es esto lo que me preocupa. Me inquieta la corriente actual sobre lo negativo del frío, y no me refiero al de Siberia, sino al que hace en la mayor parte de la península. Muy al contrario, los expertos en salud coinciden en que el frío es bueno para nuestro cuerpo y bienestar, siempre y cuando estemos hablando de una persona sana. Aseguran que adelgaza, alivia el estrés, ayuda a dormir, consigue que la mente esté más despierta e incluso reafirma la piel, entre otras bondades.

De manera que no se entiende el miedo a un escarchazo mañanero. Y menos con la ropa que hay en la actualidad para abrigarse, ligera, cómoda y con un aislamiento térmico sensacional. Al respecto, recuerdo las historias de pastores sobre lo duro que se hacía llevar la manta zamorana empapada tras haberle caído un nevazo de los de antes. Lo fatigoso que resultaba moverse por el campo con una prenda que pesaba como el plomo cuando se mojaba. Y no digamos su calzado rústico que comparado con unas botas cortavientos e hidrófugas de ahora es como la noche al día.

Personas más frioleras que otras

A poco que uno se pregunté sobre por qué algunas personas tienen más frío que otras, encontrará respuestas como que están peor alimentadas, realizan menos ejercicio físico, tienen menos grasa corporal, por una predisposición genética… Pero también por la presión arterial alterada, trastornos del tiroides, falta de sueño, anemia, diabetes y algún mal más. Así que como es el hipotálamo, esa zona del cerebro que controla el frío, el hambre y la sed, entiendo que cuando uno padezca algún mal de los antes citados, el trabajo del hipotálamo no sea tan efectivo.

Al margen de estas personas tendría, entonces, poco sentido la matraca de ¡Vaya frío! O ¡Hace un frío que pela! Cuando te encuentras con algún conocido y no siempre en el ascensor. Es la muletilla diaria en época invernal para empezar a conversar. Y va a más. Por supuesto, muy distinta a la que te suelta una persona de campo una mañana serena de sol y escarcha que cubre el campo como una sábana blanca: “¡Vaya regalo de día! Y es cierto, porque esa quietud del campo te entra por los poros y relaja. Y porque ese campesino sabe que las heladas suaves consiguen que el cereal enraíce mejor, que los árboles “duerman” y descansen hasta que en los comienzos de la primavera la savia, ese líquido que contiene el alimento, comience a repartirlo por tronco y ramaje. Además, conocen de sobra que la corteza los protege del frío, algo a sí como la ropa en los humanos.

Llegar a apreciar el frío que en general hace en España, excepto en las zonas de alta montaña, no es tan difícil y sí muy saludable. Basta con ir bien calzado, llevar guantes y gorro con orejeras si hace viento, una camiseta térmica, encima de ella un forro polar y como última prenda un cortavientos. No es necesario más capas a modo de una cebolla, pues se camina más ligero. Y por abajo son suficientes unos pantalones térmicos – los de pana también sirven. Sin embargo, los vaqueros no son precisamente los más adecuados.

Un viejo trampero no se cansaba de repetirme en invierno en el pueblo cuando era chaval un dicho muy machista, pero que tenía su recorrido. Decía así: “De un día de invierno, del pinchazo de un perro y del frío de la mujer, el mismo caso hay que hacer”. Y luego venía la explicación: “pues si es invierno y tienes frío, te abrigas; si el perro se pincha no te preocupes que ya se quitará el pincho con los dientes; y si la mujer pasa frío es que es así”. Y otro: “las manos de un barbero, el morro de un perro y el culo (glúteos) de la mujer fríos han de ser”.

Parece ser que algunos estudios recientes confirman que las mujeres cuando hace frío necesitan al menos tres grados más de temperatura que el hombre para estar mejor, más cómoda, en igualdad. Quizás porque tiene menos masa muscular que este. Y el trampero sin saberlo.

Palabras clavefríoinvierno

Los comentarios están cerrados.