
La vegetariana
Han Kang recibió el Premio Nobel de Literatura en 2024 y ha sido galardonada con otros importantes premios (Booker Internacional, Malaparte, Médicis…) Es autora de varias novelas en las que muestra su singular estilo (conciso, directo, lírico, perturbador…), como La clase de griego, Actos humanos, Blanco, Imposible decir adiós…
Yeonghye, personaje protagonista de La Vegetariana, es una esposa diligente y discreta (“la mujer más corriente del mundo” según su marido). Yeonghye hace desde su casa trabajos temporales de diseño gráfico para una editorial, y no siente deseo alguno de tener hijos. Las relaciones sexuales de ella con su marido son desapasionadas, frías y pasivas, que contrastan con el deseo impetuoso y la fuerza viril que él emplea.
Su vida cambia de un modo radical cuando una mañana al despertarse, y tras muchas noches de sueños y pesadillas violentas, crueles e incluso sangrientas, decide no comer carne y hacerse vegetariana, vaciando el frigorífico de todo producto de origen animal. Su decisión, por inesperada, causa un fuerte impacto en su entorno familiar (esposo, padres y hermanos), donde no se entiende el motivo que le ha llevado a ello, quedando todos muy sorprendidos, en especial su marido, quien lo atribuye a algún desequilibrio psicológico de su esposa. Percibe que no es sólo un asunto de cambio de dieta, sino algo más profundo que surge del interior de Yeonghye y cuyas causas él y el resto de la familia desconocen.
El cambio tan radical que ella experimenta recuerda, en cierto sentido, el de Gregorio Samsa, el personaje de La metamorfosis (1915) de Kafka que amanece una mañana convertido en un insecto. En ambos casos hay una transgresión de las normas sociales, ya sea de un modo voluntario y consciente en el caso de Yeonghye, ya sea involuntario en el personaje kafkiano (o al menos no fruto de una decisión deliberada, pues Kafka no explica la causa de lo que le sucede a Samsa). Lo común en los dos casos es que ambos personajes experimentan una metamorfosis en sus cuerpos y en sus vidas (hacia lo vegetal, Yeonghye, y hacia lo animalesco, Samsa), que los aísla de su entorno y los convierte en rarezas, en una especie de bichos raros.
En el personaje de La vegetariana, la decisión de Yeonghye puede verse, no obstante, como un acto de rebeldía que también nos recuerda al del joven Cósimo, el personaje de la novela El barón rampante (1957) de Italo Calvino, que decide un día romper con los convencionalismos sociales y vivir entre los árboles para no aceptar las normas dominantes, reivindicando su libertad e individualidad.
En la novela de Han Kang, la decisión de Yeonghye, que en principio puede parecer intrascendente por cuanto la cultura vegetariana es admitida sin problemas en la sociedad coreana, se convierte, sin embargo, por su radicalidad y los efectos que tiene sobre otras facetas de su vida, en un descenso a los infiernos, en un acto personal de autodestrucción que trastorna todo el orden familiar.
Pero, si se analiza con detenimiento y a la luz de la narración, cabe concluir que su decisión es la forma que tiene Yeonghye de liberarse de un mundo interior que la viene oprimiendo desde hace tiempo (es incapaz, por ejemplo, de soportar la presión que le produce en el pecho llevar sujetador) y que le atormenta con pesadillas por las noches mientras duerme. Es para ella un mundo onírico opresor del que sólo cree poder escapar mediante una decisión radical y transgresora que cambie su realidad cotidiana. De ese modo, lo soñado y lo real convergen en la atormentada persona de Yeonghye, hasta el punto de no saber bien si lo que vive es la realidad o es una ensoñación.
En la novela de Han Kang los dos planos se superponen: primero, cuando Yeonghye decide hacerse vegetariana en su vida real para liberarse del tormento de sus pesadillas nocturnas; y luego, a raíz, sobre todo, de su internamiento en un psiquiátrico (propiciado por su hermana mayor Inhye), cuando lo real y lo onírico se confunden y ella sólo desea formar parte del mundo vegetal.
En su delirio, la trasmutación alcanza tal grado de intensidad, que reduce al mínimo su dieta hasta el punto de ir perdiendo conscientemente sus rasgos humanos hasta una extrema delgadez e ir adoptando cambios incluso en su expresión gestual y en su comportamiento. Todo ello convierte el cuerpo de Yeonghye en un cuerpo cada vez menos humano y cada vez más vegetal, asimilado al árbol en el que ella aspira a convertirse.
A lo largo de la narración vamos descubriendo los motivos de la decisión de Yeonghye, que no tiene nada que ver con asuntos relacionados con la salud, la ecología o la salvación del planeta, como sí suelen estar presentes en otras personas que optan por no comer carne. En su caso, tiene un claro componente de liberación, en la medida en que ser vegetariana es, para ella, un modo de huir de un mundo marcado por la violencia masculina (que identifica con lo carnívoro) para integrarse en el mundo del sosiego y la calma (que relaciona con lo vegetal y los árboles). Eso explica la pasividad de su vida sexual y el rechazo que le produce el cuerpo de su marido, contrastando con el placer que le produjo tener sexo ocasional con otro hombre con los cuerpos de ambos pintados de flores en una experiencia artística a la que ella se prestó, y que es la parte más erótica (y también lírica) de la novela.
Lo que le mueve es huir del mundo de violencia física en el que había vivido cuando niña, y del que ella era la víctima, ante la indiferencia de su madre y la cobardía de Inhye, su hermana mayor, incapaz de sacar a la pequeña Yeonghye de aquel infierno. Luego, ya adulta, cuando Inhye contemple la deriva autodestructiva de su hermana pequeña, se sentirá culpable por no haberla ayudado antes, e intentará hacerlo ahora para así redimirse, pero ya es tarde. El drama de Yeonghye se convierte también en el drama de Inhye, que ve afectada su vida personal y familiar hasta el punto de romperse un matrimonio de varios años y de apariencia estable.
El ingreso de Yeonghye en el psiquiátrico no mejora las cosas, sino que las empeora, reafirmándola en su firme decisión de abandonar la vida cruel, violenta y opresiva de los seres humanos para, en su delirio, ir convirtiéndose poco a poco en un árbol al que le basta con el agua y el sol para vivir. Sólo cuando Inhye contempla la inmensa magnitud de la amargura que, en su autodestrucción, arrastra su hermana pequeña desde la infancia, es cuando logra entender la paz que Yeonghye ha encontrado en su decisión. Se da cuenta entonces de que lo mejor es no interponerse, sino dejar que todo transcurra tal como ella lo ha decidido.
En los momentos finales de la vida de su hermana, Inhye sólo puede consolarla susurrándole al oído con ternura que “quizá todo esto no sea más que un sueño” del que pronto despertará. Sabe que no es verdad, pero Inhye siente la necesidad de verlo así, como un modo de consolarse a sí misma y de redimirse como hermana por lo que pudo hacer y no hizo; también como el medio para ahuyentar la inquietud que, como madre, le produce el futuro de su pequeño hijo Jiwu, sobre el que ve volar la sombra de la nube negra que tanto hizo sufrir a Yeonghye.
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