Una urraca y un cuervo en acción de cotilleo

Cotilleos: algo feo y necesario

Cotillear es divertido, feo en muchas ocasiones, pero, sobre todo, necesario para esas personas que les pesa como una losa el estar en casa sin hablar con nadie.
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Esta tarde, Ascensión se siente eufórica. Está nerviosa por contar a su grupo de vecinos que el solterón Baltasar se ha casado con una chica rumana. Es tal su excitación por cotillear la noticia que ni siquiera ha dormido la típica siesta veraniega. Se acerca a sus escuchantes más rápida que otras tardes, porque la historia merece la pena, o al menos eso cree ella. Y se lanza: “menuda pécora la rumana; cómo lo ha cazado, y seguro que al final se queda con todo el dinero y las tierras que tiene. Dicen, además, que es muy joven y que seguro que le pone los cuernos con otros”.

Cómo hubiese cambiado su apreciación sobre la chica rumana si Ascensión hubiera dicho lo siguiente: “vaya suerte que ha tenido Baltasar. Me comentan que se ha casado con una chica rumana bien maja y hacendosa. Así al menos tendrá compañía y también irá más limpio, que falta le hace”.

Sociólogos y otros expertos en el comportamiento humano aseguran que, aunque muchas veces cotillear está feo, es necesario y consustancial con el género humano. Se cree que nuestros ancestros ya cotilleaban, aunque como se ve lo mismo pueden hacer daño y estigmatizar a una persona que elevarla a una conducta impecable.

Como en los pueblos en época vacacional la vida, en general, no da para mucho, los cotilleos son la salsa de la hora del aperitivo y las largas tardes. En el caso de que sean positivos, nos suelen venir muy bien porque curiosamente nos ayuda a evaluarnos a nosotros mismos. Es decir, que nos comparamos con la persona objeto de los comentarios cotillos para pensar si somos capaces de hacer lo que ella. Nos ayuda a sentirnos bien.

Sin embargo, si son negativos también nos medimos, pero nos mostramos más cautos y tenemos más cuidado con quien nos juntamos, por si acaso descubren algo de nosotros que no queremos que se descubra por nada del mundo.

Líderes y lideresas

A pesar de que la creencia popular de que las mujeres son más cotillas que los hombres, no hay ningún estudio científico que la corrobore. Los expertos aseguran que no hay diferencia entre los dos sexos a la hora cotillear. E igual sucede entre unos países y otros, donde tampoco hay diferencias importantes: tan cotillo es un alemán, un inglés, un francés o un español.

Asimismo, en todos los grupos sociales hay una norma común. Siempre destaca la figura del líder (o lideresa) que eleva su estatus con los cotilleos más novedosos, más apetitosos, ya sea por divertidos o por malvados. En este contexto, el (la) cabecilla parece elevar su estatus entre sus charlatanes. Se siente importante y casi imprescindible para mantener la cohesión del grupo.

Por otra parte, en esta cuadrilla casi siempre suele haber un individuo que suele estar callado. Y no es que sea precisamente prudente sino que se guarda todos los cotilleos de importancia para más tarde contarlos a los que el considera poderes fácticos del pueblo o de la zona. Al primero que le larga todo lo que puede es al que él cree con más autoridad y que puede mover los hilos a su favor.

Como ya he comentado con anterioridad, los cotilleos no son tan malos porque crean unión entre los vecinos. Además, es que no nos podemos aguantar sin darle movilidad a la lengua. En especial cuando se producen en casas particulares, donde las cuatro paredes te protegen con seguridad de que nadie que tú no quieras te va escuchar cómo despedazas al vecino/a de turno. Desde luego, estos son los cotilleos más dañinos.

Cuervos y urracas

En todo caso, como en tantos otros órdenes de la vida, los humanos pomemos estar tranquilos, porque no somos los únicos que trabajamos el cotilleo. Según el filósofo y catedrático Daniel Innerarity, “los estudios muestran que incluso especies como los cuervos siguen con especial interés los cotilleos sobre otros individuos, sobre todo cuando alguien pierde posición en la jerarquía”.

Las urracas son también unas cotillas de cuidado. Como prueba, un comportamiento que se ha manifestado en Aragoncillo. Una persona del pueblo colocó una jaula trampa con un ejemplar dentro para cazarlas. Pues bien, ninguna entró al engaño. Entre una y otras fueron cotilleando y comunicando que la que estaba en la jaula era conocida y que no había que atacarla. Sin embargo, cuando este vecino colocó en la trampa otra urraca que procedía del levante español, pronto avisaron unas a otras para atacarla por intrusa. De manera que así terminaron cayeron en la trampa. Al igual que sucede con los humanos, todas las urracas de la zona conocen la voz de sus semejantes.

Algunos individuos se colocan en un árbol cerca de casa. Se escuchan sus sonidos. Parece claro que están cotilleando sobre qué hora es la mejor para lanzarse al patio y comerse el pienso que se han dejado los gatos. Nunca fallan, lo hacen cuando no hay ningún felino cerca.

En resumen, cotillear es divertido, feo en muchas ocasiones, pero, sobre todo, necesario para esas personas que les pesa como una losa el estar en casa sin hablar con nadie. Por si acaso, creo que fue la psicóloga Alejandra Vallejo Nájera la que avisaba de lo que dice la sabiduría popular con respecto a nuestro comportamiento más o menos cotillo y reza así: hablar mucho de la vida, poco de uno mismo y nada de los demás.

Y si a alguien se le ocurriera colocar una pancarta a la entrada del pueblo con este mensaje, ¿qué pasaría?

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