Así cambian los animales con el viento

Jenaro IritiaEntre todos los factores medioambientales que condicionan el comportamiento de los animales, hay uno especialmente relevante: el viento. Ya sea por mostrarse en calma, ya sea por las ventiscas o ventoleras, el viento afecta principalmente a las aves, como es natural; pero también a corzos, liebres, conejos... Una energía eólica que tiene su propia música, los sonidos del bosque, a la que tan atentos están los animales que planean en altura o caminan a ras de suelo.
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Estos días de atrás por la tarde, me deleitaba sin cansarme con el canto armonioso y variado de un jilguero al que ya escuché el año pasado. Lo he bautizado como el “tenor del olmo”. Le he prestado especial atención por dos motivos: el primero porque ha mejorado bastante sus notas, añadiendo otras nuevas; y el segundo porque era el pajarillo favorito de mi hermano pequeño ya fallecido.

Recuerdo con asombro la facilidad que tenía para acercarse a las cardelinas, nombre con el que también se conoce a estos cantores incansables. Poseía una magia especial para arrimarse a ellos, pues si lo intentaba yo, el fringílido se espantaba y se largaba a otra rama de algún árbol cercano. Lo cierto es que he conocido pocas personas que sepan amar e interpretar la naturaleza como él. Así que cada vez que he pasado a lado del olmo me ha venido a la memoria miles de andanzas sobre el comportamiento de los jilgueros que mi hermano solo compartía conmigo o se los quedaba en su cabeza. A su lado fui siempre un torpe aprendiz.

Algunos días de atrás por la tarde, he dejado de oír al tenor, y no ha sido porque le pasara nada. El problema es que hacia bastante viento y como el jilguero gusta encaramarse en las ramas más altas, la fuerza del aire se lo llevaba o la rama balanceaba demasiado. Y si a esto añadimos que el zumbido provocado por ramas y hojas caedizas no le dejaba escucharse.

Estoy convencido de que al igual que los humanos, este pajarillo escucha sus timbres y los va perfeccionado poco a poco hasta llegar a la madurez como cantante, a la vez que le sirve para ejercer el dominio de esa zona ante posibles rivales que quieran ligar con su pareja.

Lo bueno de la cardelina es que a pesar de su aparente fragilidad es dura. Incluso los días de un frío pelón, de esos que se te quedan las orejas tan tiesas como una galleta, que si te las tocas parece que se van a partir a cachos, sigue gorgojeando sin parar, siempre y cuando el día esté en calma. Una actitud que no tiene su primo hermano el pardillo común, pues abandona estas tierras serranas de montaña para afincarse en invierno en las más cálidas de la Alcarria.

El corzo no aparece

Son muchos los animales que el viento les hace cambiar el comportamiento. Las jornadas que sopla con recierta intensidad y en el monte se escuchan ruidos por doquier, incluidos los chasquidos de las ramas secas, el corzo, conocido como el duende del bosque, será difícil que salga de su escondite a ramonear o pastar a los sembrados.

El motivo, según me cuenta un amigo experto en este armonioso ungulado, es que el corzo al no controlar los sonidos frecuentes, ahora distorsionados por el viento, se muestra muy cauto a la hora de salir a los claros porque si acaso está tras de el algún cazador que le dispare a placer, o ese predador que lo sorprenda con facilidad.

No obstante, no hace falta ser un experto en este animal para comprobar cuando uno va en carretera- no se distraiga al volante- que se ven muchos más ejemplares por la mañana pronto y la tarde los días de poco viento que cuando sopla con fuerza. Es tal la cantidad de corzos que campean a sus anchas, al menos por estas tierras, que es muy fácil comprobarlo.

Cara al viento, que no al sol

La forma de actuar de nuestra formidable perdiz roja, quizás el ave que más admire por su fortaleza y astucia, dista mucho los días ventosos de los apacibles. En principio, nunca se encontrará de culo al viento cuando camina, se revuelca en la tierra o bien se recuesta de lado hacia el agradecido solecillo invernal. A pesar de que levante su potente vuelo a favor del viento, una vez que aterriza siempre se pone de cara a este.

Otra estrategia de la patirroja es escoger pequeños y antiguos corrales solanos repletos de aliagas, tomillos, cantuesos, melojos, sabinas…para guarecerse de la ventolera y también de los predadores alados como el azor, o el águila perdicera.

Los cazadores saben perfectamente que para tener la oportunidad de cazar alguna perdiz los días de viento, hay que entrarles por atrás, es decir cara al viento, pues de la otra forma, además de oírte y levantar el vuelo lejos, adquieren una velocidad endemoniado en pocos segundos, volando a distancia considerables a las que nos tiene acostumbrados esta especie sedentaria.

Tampoco es que les guste mucho el ventarrón a las grullas. Ni de cara, en contra, pues les cuesta mucho más trabajo avanzar en esa ya clásica formación en cuña, que a favor pues les distorsiona su configuración. De tal forma que por lo general aprovechan los días tranquilos o de brisa ligera para volar hacia sus lugares de invernada, a las dehesas extremeñas y andaluzas como a los de cría hacia el centro y norte de Europa.

Pensemos que, por ejemplo, tienen que cruzar los Pirineos y a esas altitudes de más de 3.000 metros, esta zancuda, además del frío, se tiene que enfrentar con las corrientes de aire típicas de estas zonas montañosas. De manera que aprovechan los días calmos para realizar su fascinante periplo anual.

Como no la pises…

Otro animal cinegético que lleva al límite su estrategia las jornadas ventosas es la liebre común. Si ya de por si le cuesta levantarse de la cama por muy cerca que pases de ella, los días desapacibles se “cose” todavía mucho más al suelo y como no la pises – exagero un poco- no se levanta. Eso sí, salta de su camastro como una exhalación y la pierdes de vista al instante, al menos en estos parajes plagados de arbustos y árboles de cierto porte. Mi abuelo materno, maestro de la Institución Libre de Enseñanza (también ejerció unos años durante el franquismo), quizás tenía razón cuando decía: “no existe liebre perezosa, ni judío tonto”.

Era un buen cazador, pues mientras que algunos escopeteros le disparaban a la liebre cuando estaba encamada, él siempre le daba al menos la “ventaja” de que saliera corriendo. Claro que también es comprensible que, en aquellos años de escasez, los lugareños quisieran asegurarse el bocado disparando a la libre en la cama, pues resulta mucho más fácil de abatirla.

Por otra parte, su primo hermano el conejo común, se muestra más reacio a salir de la madriguera cuando arrecian los vendavales. Como muchos otros animales, se siente indefenso ante el alboroto forestal.

Zorzales comunes, alirrojos, charlos y reales, así como una importante variedad de pajarillos del bosque y sus alrededores, vuelan más rastreros y huyen más cerca al sonido de tus pasos cuando se mueven de un lado a otro las ramas de los árboles.

Y es que el bosque cambia totalmente. Con viento fuerte, uno camina medio aturdido y al igual que les pasa a los animales no controla los sonidos comunes a los que está acostumbrado. Tampoco llegas a disfrutar del monte, al andar como un zombi sin poder escuchar el canto de tantos pajarillos de la familia de los páridos, como son los herrerillos, los carboneros, mitos y demás congéneres. Ni tampoco la voz del lugano, verderón serrano o del fornido piquituerto común, ese pájaro que gracias a su pico es capaz de abrir las piñas verdes para zamparse los nutritivos piñones.

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