Espárragos recolectados sobre una hoja con información sobre la COVID-19

Se quedó todo viejo

Todo lo acontecido hace que las tractoradas con las que empezó el año parezcan viejas, muy viejas | Donde viven los caracoles. Blog de Emilio Barco Royo
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“La esperanza es la fruta
en la flor de un manzano”

Escribo el lunes 30 de marzo. Hace un mes que estuve en Cuéllar presentando el libro “Donde viven los caracoles” en un club de lectura. Mi relato y el coloquio giraron en torno a las movilizaciones de los agricultores y al despoblamiento, temas candentes aquellos días. Ahora sepultados. Estuve arropado esa noche con amigos que hacía muchos años que no veía y por mi hijo Juan.

Al día siguiente, antes de volver para casa, mi amigo Óscar y yo, mano a mano, nos comimos un cuarto de lechazo bien asado, en Torrecilla del Pinar. ¡Gloria bendita! (Gracias Conrado). Un placer que ahora solo es posible recordar. Una semana más tarde, el 9 de marzo participé en una jornada en Vilafranca del Penedés, sobre el futuro del sector vitivinícola en la que se presentaron algunos casos de éxito como Prosseco y Rioja. ¿Éxito? Me pregunto ahora. Ese día comí con mis amigos Constan, Josep y Joan.

El sábado 14 me aislé en mi pueblo. Alcanadre, 643 habitantes y unas 3.000 hectáreas de término municipal que ahora no puedo recorrer. Desde ese día solo salgo de casa por la mañana pronto a comprar el pan y a coger comida en la huerta. Ahora tengo los primeros espárragos, alcachofas, acelga, borraja y las últimas coliflores. Esta mañana pasó por las huertas la Guardia Civil a decirnos que sólo podíamos estar allí para coger verdura y no para trabajar. Estaba aireando la tierra con una gradilla manual tratando de salvar de la podredumbre las patatas que sembré el día 7. Se pudren porque el lunes 16 cayeron 94 litros de lluvia. Seguramente se pudrirá lo sembrado y no tendré patatas en verano.

Paisaje en Alcanadre
Paisaje en Alcanadre

Hoy he tenido que ir a la tienda de Maite y de Hortensio a comprar fruta. Es una tienda pequeña, entramos de uno en uno o de dos en dos y apenas podemos mantener la distancia. Estos días vamos muchos más y compramos más. A mí me da más miedo ir a la tienda que bajar a la huerta. A eso de las 10 y media ya estoy en casa y me organizo la intendencia y el trabajo del día.

No he encendido la televisión desde el día 14. No tengo radio. No leo periódicos. Leo libros y algún periódico virtual de poca difusión. No estoy en redes sociales, aunque sí tengo wasap y lo uso para comunicarme con la familia y amigos. Incluso lo utilizo en demasía, me dicen (les diré que estos días he llegado, incluso, a descubrir que puedo escribir en mi estado y cada día pongo una lección aprendida, jajajaja). Ahora me llega mucha más información que habitualmente y casi exclusivamente sobre la catástrofe que estamos viviendo. Leo muy poco de lo que me llega por esta vía. Abro lo que envían desde el ayuntamiento anunciando, por ejemplo, la desinfección de las calles el viernes desde las siete de la mañana, recordando los aplausos de las ocho de la tarde, animando a los chavales a dibujar la primavera, ofreciéndose un grupo de jóvenes para hacer la compra de los mayores… ¡menuda actividad!

Si desde lo público percibo casi hiperactividad ¡Qué les voy a contar que no sepan, en lo privado! Me animan ahora a una cacerolada contra este o esto y luego contra aquel o aquello, a ver una película, escuchar una ópera, hacer pilates y cocinar unas croquetas bajo la tutela de un afamado cocinero que nos presta la receta de su madre estos días en los que todo hay que compartirlo. No sé lo que ocurriría si además de este virus real llegara también otro virtual que cortara las redes. Aislamiento total, como antiguamente.

Yo de todas esas cosas a las que me animan por wasap, no hago nada. Pienso, leo, escribo, ayudo a algunos alumnos con sus trabajos, cocino, como, bebo vino, hablo con la familia y con los amigos, hago y envío alguna fotografía, descanso, me miro la tensión de vez en cuando, hago algo de ejercicio… En estas cosas me entretengo. Todo normal si no fuera porque no me dejan ir a dar un paseo por el campo. Estoy solo en casa. Soraya, porque tenía que trabajar, subió a Logroño el domingo 15 y allí sigue. Alba también trabaja desde casa en Logroño. Juan está en Madrid. Estamos viviendo esta situación cada uno en espacios diferentes y percibo bien las diferencias. Por ejemplo, tengo por costumbre mandar a los amigos y familia alguna fotografía de la huerta, ayer un cerezo en flor, hoy un caracol y mañana… los primeros días mi hija me reñía porque no me estaba quieto en casa. No crean que no me preocupo por mi salud. Lo hacía antes y lo sigo haciendo, aunque ahora me lave más las manos. Pero no entiendo que apliquen idénticas medidas en una ciudad que en un pueblo en la restricción del movimiento.

No sé si algún día se publicarán las estadísticas de esta catástrofe desagregada por tamaños de población. Sería interesante estudiar los datos para ver desde esta nueva perspectiva el debate sobre el despoblamiento que en su versión anterior quedó ya viejo, muy viejo. Sin necesidad de tener datos ya puedo anticiparles algo, que supongo saben. No es ni parecido estar confinado en un piso en una ciudad, (da igual los metros que tenga, en los que vivimos los comunes como nosotros no hay grandes diferencias), que en una casa en el pueblo. La posibilidad de estar a menos de dos metros de distancia de otra persona en un pueblo es mucho menor, e incluso es muy probable cruzar el pueblo de punta a punta y no cruzarse con nadie. La probabilidad de que se saturen los centros de salud es mucho mayor en las ciudades que en los pueblos (doy por supuesto que hay centro de salud, el mío lo tiene). Les he dicho que en la huerta tengo parte de mi despensa. Les digo ahora que las gallinas de mis amigos Arturo y Magdalena me proveen de huevos. La carne y el pescado los tengo que comprar. Y algunas otras cosas. Mi objetivo desde hace años es alcanzar el mayor grado de autoabastecimiento y obtener el resto lo más cerca posible.

Más o menos eso que ahora se desea porque se cierran fronteras, se enaltece la patria (todas las patrias y cada una la que considera suya) y se marcan distancias con los otros (como en tiempos de la peste negra de 1348, cuando los médicos usaban con ese objetivo, entre otros, la máscara de pico, hoy disfraz carnavalesco). Esta nueva visión de la producción agraria (no tanto de la distribución de alimentos, que seguirá estando ahí, porque ya se ocupa de ello Don Juan Roig, de Mercadona, que hasta tuvo visita virtual, estos días, de sus altezas reales) hace que aquellas tractoradas con las que empezó el año parezcan viejas. Muy viejas.

Como les decía al principio, hace menos de un mes presentaba el Rioja como un modelo de éxito y ahora me dicen que el cierre de la hostelería y todo lo demás, está hundiendo al sector y que se reclaman, como siempre, ayudas públicas. Se quedó todo viejo. ¿Cómo será todo esto mañana? Dos imágenes de estos días, acumulación de papel higiénico y aplausos en los balcones, me llevan a pensar que el futuro será una mezcla de miedo y solidaridad. Lo importante es en qué proporciones.

Los viejos totalitarismos de siempre, aunque lleven disfraces nuevos, tirarán de nosotros hacia un lado y los movimientos sociales, que tanto han luchado por lo público, y que tan desoídos, cuando no denostados, fueron, tratarán de aguantar ese tirón. Esto no es nuevo, pero algunos lo van a ver ahora desde una perspectiva diferente. Seguro.

Algunos digo, que no todos, porque si algo tengo claro es que los estúpidos que lo eran antes de esta catástrofe lo van a seguir siendo cuando todo pase porque para la estupidez no hay vacuna, solo educación y cultura, algo que el estúpido, precisamente por serlo, sistemáticamente rechaza.

Yo en los días que llevo CONFITADO, como me dijo un día mi madre que aguanta esto con 95 años, como antes aguantó otras catástrofes colectivas y particulares, he aprovechado para pensar en lo que haré mañana y me he reafirmado en las siguientes ideas: voy a intentar vivir en mi pueblo hasta que me muera y para ello animaré la transformación del pueblo en un pueblo residencia que cubra las necesidades de todas las personas que quieran participar en el proyecto; trataré de tener la mínima dependencia del exterior buscando el autoabastecimiento en colaboración con otros productores; trabajaré para vivir en un entorno cultural, ambiental y socialmente saludable y defenderé lo público ante cualquier intento de debilitarlo. Será mi aportación a esa argamasa de miedo y solidaridad que sustentará nuestro futuro. Usted haga lo que quiera. Aúpa y Salud.

Emilio Barco
CONFITADO en Alcanadre y viendo brotar a los árboles
cuajar la fruta en las flores de los frutales

Palabras clavecoronavirusCOVID-19

2 comments

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    José María 31 marzo, 2020 at 18:55 Responder

    Todo bien, especialmente el cierre. Ley del pensamiento inversamente proporcional: cuanto más cultivado es un autor (y por tanto más consciente de nuestras limitaciones), menos te exhorta a que hagas tal o cual acción, o tomes postura por tal o cual posición. Nada nuevo bajo el sol. Ya desde época socrática. Pero también desde la misma época siguen bien presentes los fanatismos y patriotismos que te marcan bien claro el camino…
    Se agredece mucho que cuando se lee un texto, se deje un espacio para que cada uno piense como quiera. Hasta las gónadas de que algunos nos traten como borregos primales. Gracias.
    Además, es más efectivo. Ley de la acción reacción: Dime A y haré B o C. No me digas nada, y es posible que haga A.
    Eso sí; salgamos ya de casa pensados. Duchados preferentemente, pero pensados sí o sí. No sirve ahora decir que no hemos tenido tiempo para pensar y reflexionar sobre lo acontecido. Habrá que tomar postura, cada uno la que quiera.
    Yo por mi parte, intentaré poner los datos sobre la mesa ante aquellos que van a intentar forzar y tergiversar la historia más reciente de este país (que ya lo están intentando). Me tendrán enfrente. Ahora no, mañaaaaana…
    Ahora sigo CONFIRMADO, leyendo, escribiendo y confirmando mis peores augurios. Tiempo al tiempo. Todo pasa y todo queda…

    Aúpa y salud
    José María

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