Jilguero. David Melchor Díaz

Cómo llevar un nido de jilgueros del campo a casa

El simple hecho de vivir en el pueblo en contacto directo con la naturaleza es la mejor escuela para llegar a amarla y, sobre todo, saber interpretarla.
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Mi hermano pequeño, pajarero empedernido, y yo, no nos conformábamos con observar las aves y otros animales. Siempre queríamos saber más sobre su comportamiento en situaciones extremas y cotidianas. En este caso, escogíamos como pájaro de referencia para nuestros estudios a la cardelina o jilguero, por su facilidad para encontrar el nido y por lo pronto que las crías comenzaban a comer alpiste que le suministrábamos nosotros. La finalidad era llevar a los jilgueros hasta nuestra casa y así poder observarlos de cerca.

Así que, todos los veranos, a finales del mes de julio, siempre empleábamos la misma táctica para su estudio. La pena es que nunca se nos ocurrió escribir en un cuaderno de campo todas nuestras experiencias. Teníamos entre 8 y 12 años.

Cómo atrapar el nido sin perjudicar a los jilgueros

Una vez localizado con antelación el nido de jilgueros, se seguía día tras día y se comprobaba cómo estaban de crecidas las crías. Y antes de que abandonaran el nido, se cogía éste con las crías dentro, se introducía en una jaula y se dejaba en la mata o árbol que habían escogido sus padres para criar. La maniobra no era fácil porque había que tapar rápidamente la boca por si acaso es escapaba algún pollo. Mientras tanto, los padres se mantenían a una distancia bastante cercana, emitiendo unas voces de alarma profundas y lastimeras.

Mi hermano y yo corríamos a escondernos con el fin de que los padres de los jilgueros cogieran confianza y se acercaran a la jaula donde estaban los pequeños, piando insistentemente.

En un principio, los adultos rodeaban la jaula, la inspeccionaban y uno de ellos, siempre la hembra, salía volando rauda a buscar comida para los pequeños. Así comenzaba la ceba poco a poco entre los huecos de los alambres. Nosotros, con una emoción contenida, solo hacía falta mirarnos para dar la aprobación de que, en principio, habíamos hecho las cosas bien. Esperábamos medio escondidos a que anocheciera para tapar la jaula con un trapo grueso con la finalidad de que los pequeños no pasaran frío. También íbamos preparados con un plástico por si acaso llovía. Por supuesto, esto te obligaba a madrugar mucho para volver al nido y retirar el trapo a primera hora.

Con la jaula de zarza en zarza

Dejábamos la jaula con los pajarillos dentro durante dos días en el mismo sitio de su nacimiento con la intención de que los padres se acostumbraran a cebarlos y también no rechazaran nuestra presencia. El siguiente paso, era coger la jaula y llevarla 200 ó 300 metros en dirección al pueblo. Este primer movimiento de sacar la jaula del lugar de cría era muy delicado y había que realizarlo a primera hora de la mañana porque los padres todavía no estaban cansados.

Pero lo peor de esta estrategia de acercamiento a nuestra casa era que los jilguerillos no piaran pidiendo alimento, puesto que en ocasiones se asustaban mucho de nosotros, a pesar de portar la jaula tapada para que no se alborotaran. Aunque en ocasiones llegaron a angustiarnos, siempre había alguno que abría el pico para que sus padres se acercaran a darle comida. Y respirábamos profundamente.

Por otra parte, había que tener en cuenta la situación del árbol o zarza donde íbamos a posar la jaula, porque aunque Peñalén es un pueblo de montaña y refresca; cuando aprieta el calor a mediodía se hace sofocante y los pequeños podían morir de un golpe de calor

Poco a poco y con mucha paciencia ganábamos unos cuantos metros todos los días hasta las cercanías del pueblo. Aquí, también comenzaba una de las pruebas más duras de nuestro recorrido con la familia de cardelinas, que viene su nombre del latín carduelis (cardo), porque les gusta comer las semillas de algunos cardos.

Había que elegir la entrada del pueblo con más vegetación y, a la vez, la que menos gente frecuentaba. Siempre tuvimos miedo de que los padres, en un ambiente hostil, llegaran a aborrecer a los pequeños. En alguna ocasión, y cuando estábamos a punto de dar el último paso hasta colocarlos en una ventana de casa que estaba orientada al noreste y que daba al campo, se nos acercaba algún vecino para preguntarnos lo que hacíamos. Ni que decir tiene que siempre le mentíamos porque no iba a entender nuestra estrategia ni falta que hacía. Y si se ponía pesado, hasta utilizábamos malas formas para que se fuera de allí echando chispas.

Una vez colocada la jaula en la ventana y animados los pequeños jilgueros en su vocerío, los padres se colocaban en un cable de la luz a su altura, a escasos metros de la jaula. Y aquí comenzábamos a ver desde dentro de casa y tras una cortina, qué tipo de comida les daban en las cebas, con qué frecuencia se producían éstas, y quién de los dos padres era más fiel y constante en la atención a sus hijos.

Amor de madre

La respuesta a las anteriores cuestiones sobre el comportamiento de los progenitores siempre fue la misma durante los cuatro años que realizamos este experimento con distintas parejas de cardelinas.

La hembra era más fiel y constante en sus cebas. Era la que antes llegaba por la mañana y la que más tarde se iba de la ventana. Cuando atrapábamos el macho y lo manteníamos al menos cerrado dos horas en casa, la hembra seguía cebando a sus crías. En cambio, cuando reteníamos a la hembra, el macho dejaba de cebar a los pequeños y no aparecía por la ventana. Veíamos que se mantenía a distancia, pero no se acercaba a la jaula.

Así es que la hembra de esta especie se comporta de forma parecida a la de otras muchas aves y mamíferos al ser la que se encarga con más responsabilidad y fervor en la crianza de su prole hasta la edad adulta.

Otra de las enseñanzas que nos daban estos pájaros de la familia de los fringílidos era su capacidad de adaptarse al medio, pues pasaban en unos 10 días del campo, de su verdor, a las frías paredes del pueblo. No obstante, esta especie llega a criar algunas veces en los árboles urbanos del centro de algunos pueblos y tampoco se esmeran mucho a la hora de fabricar el nido. Nada que ver con la perfección de su pariente de familia, el pardillo común. Nuestro protagonista utiliza como base del nido unos palos pequeños y yerbajos, y luego coge lana de oveja de los enganchones de esta en los aliagares para poner los huevos. No se preocupa especialmente de su geometría.

Mejor juntos

Es una especie gregaria. En otoño se muestran ruidosos cuando en bandos de 20 ó 30 individuos se acercan a comer a los cardos. Solo en los días de sol en época invernal y en primavera, los machos se encaraman en lo más alto de la rama de un chopo u otro árbol de bastante porte y nos deleitan con unos cánticos variados, potentes y preciosos. Y si a este don añadimos su colorido con la frente y el mentón rojos carmín , el amarillo de algunas plumas de las alas y su estilizada figura, consigue ser uno de los pájaros más bonitos de España.

Conforme crecían los pequeños, las cebas bajaban en el tiempo. Además, poco a poco se acostumbraban al alpiste y saciaban su hambre. Su capacidad de adaptarse a un medio tan desconocido era prodigiosa. De manera que casi sin pensarlo llegaba la hora más triste, y esta era la de soltar las crías a la madre naturaleza a finales de septiembre. Todas las crías menos una, que por egoismo siempre nos quedábamos cada año para disfrutar de su canto; pero que no parecía importar a los padres, pues una vez sueltos sus hermanos nunca ya visitaban la ventana.

Pero que nadie crea que el “trabajo” con los jilgueros era nuestra única ocupación. Mientras tanto, repasábamos muchos otros nidos de distintas especies, prestando especial atención a los del ruiseñor, que son muy difíciles de encontrar y de seguir a los pollos una vez emancipados.

Pajarero en ciernes

En Orea, el pueblo serrano de Guadalajara donde hizo su parada Barbecho, el estupendo documental de la UPA, pregunté un día de otoño de 2019 a un chaval con cara de espabilado si se había aprendido el verano pasado muchos nidos. Me pareció que le ofendí porque a su manera y con los nombres con los que se conocen en su pueblo muchos pájaros, me fue relatando los nidos que había descubierto. Lo cierto es que me entusiasmó que tuviera tanta afición por la naturaleza ¡otro pajarero al cesto!

No estaría nada mal que los alcaldes con ayuntamientos subvencionados o con recursos dedicaran unas cuantas jornadas en primavera a que los niños del pueblo y los de otros conocieran la fauna del pueblo. Contratar a biólogos y otros conocedores del campo cuesta menos que construir pistas de pádel para cuatro aficionados, cuatro días de verano. Los niños seguro que lo agradecerán.

Foto destacada: Jilguero. David Melchor Díaz (CC)

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