Refugio otoñal

Como una huida hacia adelante, intentando escapar del calor extremo de veranos cada vez más extremos, refresco mi memoria en un refugio otoñal, que me lleva en el recuerdo a unos años atrás, a sensaciones de calma y melancolía, personal y colectiva.
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Estamos en octubre de 2015. 67 años y seis meses. Me refugio una semana en la casa de mi amiga María Cátedra en Villafranca de la Sierra, provincia de Ávila, en el valle del río Corneja, por la cara noroeste de Gredos.

Refugio otoñal. El otoño de un año más, que llega como siempre cargado de colores, amarillos, naranjas, ocres y rojos, de la lluvia amarilla de las hojas que alfombran los caminos, tapizándolos en rompecabezas caprichosos.

Y con el otoño estacional me adentro un poco más en el otoño de mi vida, encarando ese invierno vital que acabará por llegar blanqueando de vacío mi existencia. Con los años busco más estos refugios solitarios, alejados de la muchedumbre y de las rutinas urbanas, para acompañarme sólo de las nubes que pasan altas y lejanas y de las hojas que se estremecen con los aires otoñales.

Silencios preñados de sonidos

Acompañado con el rumor de arroyos crecidos, superado el estiaje veraniego, con el griterío de los pájaros, los ladridos perdidos de perros cercanos y lejanos, del mugir espaciado de las vacas en prados escondidos, acompasado con el sonido metálico y familiar de los cencerros colgados a sus cuellos.

Acompañado de voces incomprensibles por lejanas de campesinos que se cruzan con los vientos, con algún ronquido de un motor que pasa por la lejana carretera.

No sólo busco esos silencios preñados de sonidos que son el contrapunto que los resalta. Busco también un vivir pausado, que es un transcurrir consciente y sensitivo, pleno, a la vez anímico y material.

Una materialidad primordial que hunde sus raíces profundas en los ciclos elementales de la vida. Un vivir desprovisto de casi todo eso que habitualmente ocupa y define nuestras vidas; acomodado a los ritmos naturales que ignoran los calendarios y los relojes, esos medidores del tiempo que sustituyen el tiempo como fluir eterno.

Un declinar sin fácil remedio

Busco refugio en un pequeño pueblo que pasa su otoño estacional pero también vital, con unas próximas primaveras ya contadas por un declinar sin fácil remedio. Un pueblo como tantos otros pequeños, mínimos pueblos de nuestro país, aislados y solitarios, perdidos en los vericuetos de una geografía que pierde sus significados antiguos.

Un pueblo agazapado en la falda de la sierra, y rodeado de los mismos campos de siempre, abandonados unos, vivos aún otros; por los mismos bosques, pero expandidos por el declinar demográfico, con más casas derruidas, antiguos hogares repletos de vida, hoy ausente; por nuevas casas construidas por habitantes estacionales, hijos del pueblo retornados o allegados forasteros.

Pueblos sólo animados en los períodos estivales y vacacionales o en espaciadas festividades, viejas y nuevas, creadas por inventadas tradiciones o caprichosos calendarios.

Enganchados al mundo exterior

Pero esos mínimos pueblos, que tan solos se quedan en invierno, no están desconectados del mundo. Desde que llegó la radio, primero, después la televisión y, más recientemente, internet, sus gentes están enganchadas al mundo exterior que a la vez que más cercano es también más lejano, porque la inmediatez de la visibilidad revela la lejanía real de su geografía virtual.

Esos medios han puesto fin a una forma de transcurrir el tiempo y a una forma de dialogar con el entorno. Sólo las personas más viejas, ancianos y ancianas, ajenas a los móviles y a los ordenadores (pero no a la televisión, que les habla de unos mundos que carecen de significado para ellos), siguen el horario diario por las campanadas del reloj de la iglesia o del ayuntamiento, por el movimiento del sol, que redibuja constantemente las sombras y las luces.

Sentados a las puertas de sus casas o en los bancos de una plaza o a la vera de un camino pasan las horas casi siempre mirando hacia dentro, a sus paisajes interiores, poblados de recuerdos, con las miradas ausentes.

Horas y horas, al sol o a la sombra, según el tiempo, verano o invierno, silenciosos, solos o acompañados por otros de su misma edad, con los que intercambian escuetos sonidos, que, como personales morses, con las mínimas palabras comunican todo lo necesario. Recuerdos evocados en minimalistas conversaciones cifradas en códigos antiguos y secretos.

Los viejos sueldan sus miradas y sus pensamientos a un tiempo que fluye sin pausa y eterno. Sus vidas otoñales o invernales se confunden con las estaciones y sólo dialogan con ellos mismos.

En ese refugio otoñal, amigo e íntimo, me abro al mundo primordial, liberado del mundo añadido. Paseos matinales o por la tarde. Por caminos de recorridos antiguos, antaño bien cifrados, para mí desconocidos, pero que me arrastran a seguir, a cada recodo, a cada cuesta, suba o baje, porque en el andar vivo.

Foto destacada: Sierra de Gredos. Ávila. Autor: Diego Juste Conesa

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