
Así cambian de barrio algunas aves
Camino de mañana por unas trochas escoltadas por jaras, cantuesos, melojos, sabinas, enebros, algunas zarzamoras, majuelos y escaramujos, que han hecho las cabras, tras sus caminatas hacia el abrevadero, y me topo con una bandada de pardillos comunes, entre los que se han colado algunos pinzones vulgares.
Años atrás, apenas visitaban este lugar los citados pajarillos, pero en dos o tres primaveras han descubierto que tienen el agua cerquita- una pequeña laguna- para aliviar los sofocos de las altas temperaturas mientras crían; utilizan en cantidad los pelos que se dejan las cabras en sus enganchones con las zarzas para construir su primoroso nido que lo instalan en los tupidos enebros y sabinas de bajo porte para protegerlos de lluvias y frescas mañanas montañeras. Todo un ejemplo de aprovechamiento al máximo del ecosistema.
Un ejemplo parecido he observado en la localidad de Peñalén (Alto Tajo). De chaval conocía perfectamente que los pardillos escogían los boj cercanos a las eras donde pastaban los mulos, utilizando sus pelos en la fabricación de sus nidos. Tenían también una fuente cercana. Pues bien, ahora que no hay ganadería mular, anidan cerca de una nave donde el pastor cierra las ovejas, construyen los nidos con lana como última cama y calman la sed con una fuente al lado del redil. Y han cambiado los boj por zarzas apretadas.
Dejo a mi espalda el primer paraje de suaves piedras areniscas, cerrillos y arroyos bajeros que solo llevan agua cuando llueve con fuerza y tras andar no más de 400 metros sale huidiza y volando de Prao Cura una oropéndola macho con su librea amarilla reluciente. Llevaba muchísimos años tan arisca ave – es casi imposible verla parada a simple vista- si anidar por estos parajes. Pero como cada vez hay menos personas por estos lugares que patean el campo y que la pueden incordiar, parece que ha encontrado el sitio idóneo para criar sus pollos sin que nadie le moleste. Y como hierbas altas no le faltan para tejer su nido escondido entre unas choperas, ha decidido escoger este “barrio” como lugar de residencia estival, hasta que lleguen los fríos y emigre a lugares más templados. Desconozca qué mueve a tan bella ave a ser tan escurridiza y distante del hombre.
La mejor manera de localizarla es poner la oreja y escuchar sus profundos y sonoros silbidos, que no hacen otra cosa que alejarte del nido si pretendes seguirlos. Por cierto, como sucede con numerosos pájaros, la hembra es menos agraciada en colorido que el macho, pero también hay forma de observarla por su potente y ondulante vuelo que no hay que confundir con el pito real, bastante parecido en tamaño y forma de desplazarse. Aunque este último vuela como más a empujones.
Ruiseñor afónico
Esta avecilla de plumaje marrón, de potentes trinos nocturnos y a todas horas no es tampoco de las más amigables con el ser humano, pues también se suelen esconder entre zarzas y ortigas para no ser vista. Su color favorece a camuflarse entre las ramas.
No obstante, nunca anidaron lejos de las poblaciones, utilizando los matorrales de los huertos para instalar sus nidos.
Esta primavera, sin embargo, aprovechando que apenas había vecinos, una pareja instaló su nido en una zarzamora escoltada por ortigas pegada a una casa de las afueras deshabitada en estas fechas. Un lugar abrigado y muy bonito.
A menos de cuarenta metros de casa, el ruiseñor ha disfrutado de una manera colosal, cantando de madrugada, por la noche y cuando le complacía, pues competía con otro macho instalado a 200 metros más o menos. Por la insistencia me parecía más chulo y engreído el de cerca de casa.
Todo se torció el mes de agosto pasado. La felicidad de la pareja pasó a ser un sufrimiento continuo para espantar a los humanos y no descubrieran su nido y su prole recién emancipada, que seguía entre las zarzas al lado de donde habían nacido.
Ante tanta algarabía de chiquillos, los ruiseñores no dejaban de emitir su clásica alarma en forma de ronquido para así asustar a todo el que se acercara a sus pequeños. Ha sido un frenesí incansable sin que los ruiseñores lograran su objetivo, puesto que las personas no se iban a ir de su casa y alrededores hasta finales del mes de agosto. No exagero si digo que percibí que los ruiseñores se estaban quedando sin voz, pues son muy celosos y activos en la protección de sus crías.
Al final, habiendo crecido lo suficiente los polluelos ya volanderos, decidieron trasladarse a los antiguos huertos, donde supongo que los padres descansarían de tanto trajín. El macho recuperaría la voz para defender su territorio… y lucirse. Otra cuestión es que después de esta mala experiencia vuelvan a escoger el mismo lugar para anidar la primavera que viene. Veremos.
Los ruiseñores, como muchas otras aves, son muy fieles a sus lugares de cría, siempre y cuando exista el ecosistema adecuado y necesario. Un vecino quemó este mes de mayo pasado unas ramas de una poda al lado de unas zarzas de donde venían criando los últimos años una pareja. Pues bien, en la primera puesta se trasladaron unos 100 metros más arriba, pero en la segunda, que ya no olería a chamusquina, volvieron a anidar donde siempre. Echan raíces en el barrio y no hay quien los mueva.
La perdiz cría mejor
En otras primaveras, pateando matorral bajo relativamente cerca de la laguna no era difícil tropezar con la perdiz y sus polluelos. Ante la escasez de manantiales y charcas no le quedaba más remedo que anidar por los alrededores para tener que desplazarse pocos metros hasta el agua.
Como todos sabemos, los polluelos de perdiz nada más romper el cascaron del huevo ya son capaces de seguir a madre. Son aves nidífugas, y hasta que llegan a volar pueden ser víctimas de numerosos depredadores desde el cielo- águilas, halcones, azores…- y desde la tierra -gatos, zorras, tejones…- Así que la estrategia de los padres es alejarse lo menos posible del agua para realizar la puesta. De esta manera los pollos están menos expuestos a sus enemigos naturales.
Sin embargo, este año no se ha visto ningún bando de estas gallináceas por las cercanías de la laguna. Las abundantes lluvias primaverales hicieron resurgir los manantiales de toda la vida, así como crearon charcos en lugares sombríos de los arroyos, con los que han saciado su sed los perdigones, estando, además, más protegidos que otros años.
No es extraño, por tanto, que más de algún veraneante andarín me haya comentado que por tal o cual sitio le ha salido un bando de perdices bastante nutrido de ejemplares. Sus correrías hasta el agua han estado más resguardadas de los predadores por la vegetación y han tenido también más fuentes. Lo que demuestra que la perdiz es muy lista y su capacidad de adaptación realmente encomiable.
Creo que en esta páginas he comentado en otra ocasión que si esta magnífica ave fue capaz de sobrevivir a la nevada Filomena en estas inhóspitas montañas, qué otra cosa no es capaz de hacer.













