Selene

Por el fondo blanco del lienzo ves cómo asoma un ojo grande, de hermosa pupila negra. Le sigue la testuz y más atrás la nuca, la cerviz y el cuello largo y grueso de color castaño, cubierto de una crin de pelo negro azabache. Delante, sigilosos, emergen dos ollares anchos y profundos sobre un belfo gris y blando, cubriendo una dentadura poderosa.
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Estás en duermevela mirando absorto el lienzo desde tu sillón de orejeras. Entre las brumas del sueño, ves cómo mueve su cabeza grande y estilizada cuando le ponen las bridas, lanzando al aire un relincho que rompe como un cuchillo el silencio de la mañana. Sientes que te suben a la silla de montar, ajustadas ya las cinchas, y compruebas que los pies apenas te llegan al estribo. Con las riendas en la mano, notas nervioso el paso lento de Selene. Es la yegua torda de color gris claro, con la piel moteada de pequeñas manchas blancas, que tu padre te ha regalado por tu trece cumpleaños.

Comienza a trotar entre viñedos y olivares, y tú estás arriba, aterrorizado, disimulando el miedo. Temes no saber conducirla a pesar de los días interminables e insufribles que has pasado en la era con tu padre intentando aprender a montarla. Algunos de tus amigos saben cómo hacerlo, y montan sus caballos manejando erguidos y seguros las riendas con maestría. Pero tú no, tú tienes miedo de caerte.

Tradición familiar

Ese mundo no es el tuyo, y lo sabes. Nunca deseaste montar un caballo, y jamás lo pediste como regalo. Pero tu padre insiste una y otra vez en que aprendas. Es el modo de entrar en la edad adulta, te dice, de hacerte un hombre de verdad. Él no se resigna a aceptar tu pasión por los libros y el dibujo.

Le hace mucha ilusión que puedas acompañarlo a caballo por los pagos de La Vaguada, como él había hecho con su padre cuando era un joven de la misma edad que tienes tú ahora. Esa es la tradición familiar, te dice, y, por no defraudarle, has consentido montar a Selene. Notas por el cuerpo un temblor que la yegua percibe haciendo vibrar los espejuelos.

Al cabo de unas horas de paseo a trote lento, y tras rodear las ruinas del castillo, Selene acelera el paso al divisar el mirador de la hacienda. Se lanza hacia adelante guiada por su querencia y sabiendo que no podrás frenarla. Tiras de las riendas para que se detenga, pero lo haces tan mal, que sólo consigues que se salga del sendero de las vides. Trota cada vez más rápido a través de los olivos, buscando ansiosa el camino del establo.

Las ramas de los árboles que atraviesa veloz Selene te desgarran la camisa y te arañan la piel hasta brotar sangre de tu cuerpo malherido. Sientes pánico, y un escalofrío te sube por la espalda montado encima de la yegua, que ahora se te presenta como una bestia salvaje, alocada y sin control.

En un brusco movimiento, sueltas las riendas, liberas los pies de los estribos y caes de la montura golpeándote en la cabeza. Te quedas inconsciente en medio del camino hasta que tu padre, que ha seguido tus pasos montado en su yegua Canela, te coge en brazos y te lleva al cortijo.

Llaman al doctor Larrea, que te ausculta y explora para ver si te has roto algún hueso o te has golpeado en la cabeza. Te alumbra el rostro con una linterna y la mueve lentamente a izquierda y derecha, de arriba abajo, observando tu mirada para descartar alguna lesión cerebral.

Abres somnoliento los ojos y te ves en el sillón de tu despacho frente al lienzo que te regaló un amigo hace unos días. Es el dibujo de un caballo grande y hermoso, de ancas poderosas y piel de color castaño oscuro.

Entra la luz por la ventana de tu escritorio, iluminando el cuadro que cuelga de la pared y que te había trasladado entre las brumas del sueño a una infancia ya lejana en la hacienda San Mateo.

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