¿Cuántas piedras tiene un trillo?

Apenas está amaneciendo. El sol despunta por el cerro de las cabras. Los primeros rayos reflejan brillos deslumbrantes en los pedernales, muy abundantes en toda la zona. Aunque el Tajo no está pegado al pueblo, su cercanía favorece las nieblas de primavera al despuntar el día. La niña y su padre se preparan para una nueva jornada de trabajo, que en esta época del año hay mucha faena.
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La burrilla –así la llaman porque no ha crecido mucho- les espera en el corral, tranquila, pendiente de los aparejos y las alforjas, dispuesta a empezar el camino, sin saber a dónde les llevará hoy el destino y las obligaciones.

En la casa, sus hermanas aún duermen en un par de colchones de lana sobre el suelo, hechas una piña, lo más juntas posible para darse calor, las mañanas siguen siendo frías; aunque en la cocina la madre ya ha encendido el fuego con cuatro palos, ha puesto la olla y ha empezado la tarea cotidiana del puchero, con lo que haya, agua de la fuente, un trozo de tocino, un hueso de oveja y alguna verdura arrancada en la rebusca, con los restos de las huertas de invierno, que solo son posibles por los regueros que se desvían del Tajo.

Pocos ingredientes, pero que todos los días devoran con hambre y con gusto, cuando toca con pan blando y casi siempre con pan duro. Y ¡qué aroma desprende el arranque del puchero cuando empieza a cocer!

La niña y su padre beben un vaso de leche de cabra calentada en el fuego, de la que les vende –unas veces con pago, otras con trueque y las más, sin coste- la vecina, pared con pared con su casa, del ganado que manejan su marido y su hijo, más de cien ovejas y apenas veinte cabras que suministran de leche a todo el pueblo.

Un vaso en el que mojan los restos de una torta del horno, tan buena recién comprada como cuando ya está dura, hecha sopas en la leche.

Estamos en Yebra, en la Alcarria, en Guadalajara, en la primavera de 1929, justo cuando el padre de la niña sabe que ya le estarán esperando en Albalate de Zorita. Allí tiene dos amigos, de cuando coincidían en las correrías de mozos, con buenas fincas de cereales, porque tuvieron la suerte de nacer en familia de ricos, de las que tienen tierras y en todos los pueblos se juntan en casinos y bailes donde los pobres no tienen entrada.

Son buena gente estos de Albalate, piensa el padre cuando aúpa a la niña a la burrilla, ricos pero trabajadores, aunque no puede olvidar esa especie de desdén, de mirar por encima del hombro a quienes no han tenido la misma suerte que ellos.

Pero son amigos y dan faena, así que vamos a por ello, piensa el padre, cuando se despide de su mujer hasta la tarde y el resto de las hijas se despereza al oírlos hablar.

– Qué suerte tiene la Clemen –comentan entre ellas- que padre se la lleva con él.

El padre quiere a todas sus hijas, pero no puede ocultar cierta predilección por la Clemen, la siente siempre cerca, curiosa por todo lo que hace, laboriosa y con cariño; incluso al verla tan pequeña echando una mano cuando va a ayudar, aunque solo sea por la comida, a la mujer del encargado de la estación. Piensa, como tantas veces, que ojalá algún día consiga aprender a leer y escribir.

– Padre ¿Cuántas piedras tiene un trillo? – Pregunta la niña, curiosa por el trabajo que sabe que hay que hacer cuando lleguen a Albalate: arreglar los trillos de los amigos de su padre, que es a lo que se dedica en estos meses, para preparar la herramienta antes de que llegue la cosecha con el verano y empiecen a vibrar las eras de los pueblos, con las mulas enganchadas a los trillos para cortar la paja y desgranar las espigas.

– Vaya pregunta, hija– contesta el padre con orgullo por la curiosidad de la niña-. Depende del tamaño del trillo, pero más de mil, seguro, y hasta cuatro mil en los más grandes.

Pocas veces ha montado un trillo desde el principio, lo suyo es más arreglar y reponer huecos, pero de crío sí que llegó a contar los pedernales de uno, ayudando al amigo de su padre que le enseñó el oficio.

La burrilla sigue adelante con el poco peso que aporta la niña -delgada y espigada, con pelo rizado y unos ojos entre verdes y pardos que encandilan al padre- y la carga de los pedernales que guardan en las alforjas para reparar los trillos, todos ellos de recogidos en los cerros que rodean el pueblo.

– ¿Cuánto vamos a tardar en llegar?– vuelve a preguntar la niña, a medio camino, encantada con el viaje, pero un poco dolorida por el traqueteo con la burrilla.

– Hasta Albalate hay 14 kilómetros- le dice el padre- menos de tres horas no nos las quita nadie.

La niña, resignada, piensa en las tres horas que tendrán otra vez de vuelta por la tarde. Qué le vamos a hacer…

Siguen en silencio, disfrutando de algún temprano campo de amapolas, de las cebadas y los trigos despuntando… hasta que, oyendo las 12 en el reloj del Ayuntamiento ide Albalate, llegan al pueblo, a la casa donde esperan los amigos del padre. Saludos afectuosos y a trabajar, mientras la mujer de la casa se lleva a la niña a la cocina.

– Ven, hermosa, que algo tendrás que comer- le dice con cariño.

En apenas cuatro horas, el padre ha terminado. Echa la cuenta otra vez con las cuatro campanadas del reloj del Ayuntamiento. Los trillos están listos para una nueva temporada de trabajo en las eras.

Ve a su padre con sus amigos compartir un corrusco de pan y chorizo, y unos tragos de una bota de vino.

El padre observa a su hija y entiende que hay que marcharse, para no llegar a Yebra con noche cerrada.

– Vamos, hija, a por la burrilla-  que les acoge para la vuelta liberada ya del peso de los pedernales.

Igual por eso, o por las ganas del padre por llegar a casa, el viaje se hace ahora más ligero, como si fuese más corto. Y llegan a Yebra cuando el largo atardecer de primavera esconde sus últimas luces por los campos que llevan camino de Alcalá.

En la casa, después de una jornada de mil tareas para sacar cuatro perras mal contadas, la madre les espera ya inquieta en la puerta, sus hermanas corretean por la calle y el padre y la niña besan a la madre, mientras solo piensan ya en si les habrá guardado algo del puchero para cenar.

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Sirva este texto como humilde y merecido homenaje, en el 8 de marzo de 2026, a todas las mujeres que fueron niñas hace un siglo en sus pueblos, a las que la necesidad obligó demasiado pronto a marchar a la capital para ponerse a servir.

Mujeres que, todavía niñas, despertaban felices a su juventud cuando los malvados les robaron el presente y les amargaron el futuro, rompiendo el orden constitucional y la libertad de todos.

Mujeres que fueron madres tempranas en años oscuros, que criaron familias con mucho cariño y pocos recursos, y que, afortunadamente, años después pudieron disfrutar de una plácida vejez y de la esperanza hacia el futuro colectivo gracias al progreso y la libertad recuperadas.

Campos de cereales en Yebra (Guadalajara)

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