De abejas y membrillos

Ese año, el invierno había sido menos frío y la primavera llegó antes de tiempo. Apenas comenzado el mes de marzo, la flor del membrillo ya comenzaba a abrir sus pétalos de color blanco rosado. Las abejas habían vuelto a los campos de Los Arenales, gracias a las tres colmenas que Ramiro colocara en el nuevo membrillar de la finca familiar. Se las había enviado su amigo Mateo, asturiano del valle del Nalón, con quien hizo el servicio militar a principios de los años setenta y mantenía una amistad que duraba ya más de diez años. Mateo era buen fotógrafo y experimentado apicultor, disponiendo de un amplio y extenso colmenar que instalaba por los montes de su comarca.
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El arranque del antiguo viñedo había hecho que se fueran las abejas que polinizaban las vides de Los Arenales desde tiempo inmemorial. Era preciso traer nuevas colonias para asegurarse la polinización del membrillar. Ramiro sabía que sin abejas la polinización no era posible, y que los árboles no darían sus frutos dorados tan característicos.

Por eso, y porque sentía una especial fascinación por el mundo de las abejas, había seguido un curso de apicultura, abducido por las historias que le había contado Mateo en el viaje que hicieron dos años antes a Francia para visitar algunas zonas agrícolas.

Cuando las colmenas llegaron en una camioneta al amanecer, ya estaba Ramiro con el traje blanco de apicultor esperando impaciente en el pórtico del lagar de San Jaime. Bajaron a la vaguada, y allí, junto al pozo, colocaron las colmenas, justo en el centro del membrillar. Se puso la careta de protección y las abrieron con cuidado utilizando el ahumador para adormecerlas y así poder organizar una salida ordenada del enjambre. Pasado el efecto paralizante del humo, un zumbido intenso y constante se fue adueñando del interior de las colmenas.

Al mediodía ya estaban ocupadas las abejas obreras en su labor de polinizar las flores de los membrillos. Libaban el néctar, recogían el polen y regresaban a las colmenas para producir la miel y la jalea real con las que alimentar a la abeja reina, a sus larvas y al resto del enjambre. Se encargaban también de construir con cera las celdas del panal. Era un ir y venir constante, sin pausa, funcionando con el automatismo de un reloj.

Durante varios días, Ramiro continuó con sus tareas de apicultor, bajando todas las mañanas a la vaguada a limpiar y recoger la miel de las colmenas. Aún se le veía nervioso y asustadizo por ser la primera vez que ponía en práctica los conocimientos adquiridos en el curso de apicultura. Procuraba hacerlo todo con suma atención, vestido con su uniforme blanco inmaculado.

Pero uno de esos días sintió un dolor intenso en el lóbulo de su oreja izquierda, una punzada que le dejó aturdido. Le parecía imposible que fuera la picadura de una abeja, dado que llevaba puesta una buena careta de protección. Pero lo cierto es que se sintió mareado y hubo de alejarse de las colmenas para tomar aire y dejar al descubierto su cabeza. La oreja le ardía y sintió temblores en todo el cuerpo. Subió al coche y se quedó sobrecogido al ver por el espejo retrovisor que la oreja dolorida se había hinchado hasta adquirir un tamaño tres veces mayor que el lóbulo de la otra. Tenía un aspecto monstruoso, como el hombre elefante del célebre film de David Lynch.

Llegó al lagar y allí lo tendieron en una cama esperando que viniera don Santiago, el médico de la familia. Confirmó que, en efecto, había sido una abeja la causa de lo ocurrido, y le diagnosticó alergia grave al veneno que tienen las abejas en el aguijón. Ahí se acabó la aventura apícola de Ramiro, aunque las colmenas siguieron en la vaguada durante algún tiempo polinizando las flores blancas y rosadas de los membrillos bajo el cuidado de un apicultor profesional.

Años más tarde, a final de febrero, recibió la noticia de la muerte de Mateo, atravesado por un cáncer mortífero que se lo llevó por delante en sólo unos meses. Fue al caserío de su amigo en Asturias, y allí encontró su cuerpo ya inerte tendido en la cama, a la espera de ser incinerado. Le susurró en silencio “La niña de fuego”, la zambra que tanto le gustaba y que les recordaba el viaje en que se conocieron. Afuera, en el jardín de la casa de Mateo, un zumbido de abejas sonaba como una triste letanía de despedida.

Ya no hay membrillos en la vaguada de Los Arenales, ni abejas tampoco. Hoy, un día soleado de marzo, que anticipa la primavera, pasea Ramiro ya jubilado por los alrededores del viejo lagar de San Jaime. Sólo ve un monótono mar de olivos cuyo color verde grisáceo ha sustituido al paisaje dorado del membrillar, al igual que también ha sustituido a los pocos viñedos que aún quedan en la comarca.

Las abejas se han ido de la vaguada, afectadas por una misteriosa enfermedad, que, según dicen los que saben de esto, estaría acabando con ellas, poniendo en riesgo en muchos lugares la polinización de numerosas especies de frutales. Todo esto lo ve Ramiro como la señal inequívoca de un pasado que no volverá y que sólo habita en los pliegues de su memoria. Un reloj de sol horizontal junto a la alberca marca inexorable las horas con el paso de la sombra de su varilla. Vita similis umbra es la leyenda ya borrosa que aún puede leerse en la superficie de piedra.

En la vetusta habitación del lagar donde Ramiro organiza el complicado papeleo de las ayudas europeas, hay una fotografía en blanco y negro que le hizo Mateo en una modesta pensión de Grenoble y fechada en junio de 1985. La tiene siempre ahí como recuerdo de aquel viaje en el que descubrió el mundo fascinante de las abejas.

Fotos: Joaquín Terán

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