Lo que la COP25 no cuenta: la España rural compensa lo que emiten las ciudades

La Cumbre del Clima, que se celebra estos días en Madrid, ha comenzado, con el habitual bombardeo informativo, en los medios y en las redes sociales. Mientras grandes corporaciones como Endesa o Coca-Cola despliegan fastuosas campañas de comunicación para reverdecer su imagen, algunos señalan al medio rural y a sus actividades como responsables del cambio climático. Lo que no se cuenta es que son los territorios rurales los que compensan los gases que emiten las fábricas, los coches, los aviones y las centrales energéticas.
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Vacas en una explotación en Ourense.

Piense en la crisis climática. Piense en los culpables de que hayamos llegado hasta aquí.

Tal vez se le venga a la cabeza una imagen de Shanghai envuelta en una nube de polución. O una imagen de Donald Trump y sus secuaces de la industria del petróleo. Seguro que acudirá a su memoria visual un iceberg despedazándose, o un gran atasco con miles de tubos de escape huyendo de Madrid en una operación salida. Y muy probablemente esté pensando también en una vaca.

No se culpe. Es normal. La realidad es que no somos dueños de las imágenes que pueblan nuestra imaginación. Son resultado de los relatos que nos invaden desde las miles de fuentes que conforman esta era de la información. Y es inevitable que cuando piense en cambio climático piense en vacas, más que en un señor trajeado, alto directivo de una gran multinacional de la industria o la energía.

Piensa mal, y acertarás

Vivimos, como decía, en la era de la información. Y en este tiempo nuestro la información es el poder. Lo estamos viendo esta semana con motivo de la COP25 que se celebra en Madrid. Una Cumbre del Clima que ha llegado a España por casualidad, pero que ha revolucionado un panorama mediático por otra parte hastiado de investiduras, infructuosas negociaciones de Gobierno y proceses varios.

Los medios de comunicación generalistas, en su gran mayoría, se han volcado con la cobertura de la COP25, con informaciones y reportajes de todo tipo que tratan de abarcar todos los aspectos de este complejo fenómeno que es el clima y su calentamiento.

Sin embargo, los grandes medios, inmersos todos ellos en una cruenta batalla por la audiencia, tratan de simplificar lo complejo, masticar lo indigesto, interesar y entretener. Al tiempo, todos ellos deben sobrevivir, y ahí entran los grandes poderes, los anunciantes que compran espacios publicitarios a diestro y siniestro, constituyendo un poder oculto que mueve también los hilos de la información y de los trending topics.

La clave de una democracia que se precie es el pensamiento crítico de sus ciudadanos. Sólo con hombres y mujeres que duden de todo lo que escuchen, que piensen quién gana y quién pierde con cada información que lean, que miren quién promociona o retuitea tal o cual mensaje, será posible alcanzar una democracia real, en el que las personas sean verdaderamente conscientes de la sociedad en la que viven y puedan actuar en consecuencia.

El mundo rural lucha contra el cambio climático

El ser humano es una especie fascinante. Sabemos bien que somos capaces de lo mejor y de lo peor. Y en esto del clima, en los últimos doscientos años, la verdad es que nos hemos centrado más bien en lo peor. Pero también es cierto que, si pensamos en lo peor de lo peor, no deberíamos estar pensando en vacas, sino en centrales térmicas, motores de combustión, gigatoneladas de plástico contaminando nuestros mares o urbes saturadas con millones de vehículos.

La realidad es que los territorios rurales, gracias a la fotosíntesis y la respiración de las plantas, fijan ingentes cantidades del CO2 que generamos por nuestra dependencia del petróleo y sus derivados. Y debemos ser muy conscientes de que los territorios rurales son gestionados por personas, hombres y mujeres que viven más cerca de la naturaleza y del entorno, y que por ello son más conscientes de la situación de emergencia climática que vive el mundo.

Es cierto que no en todo el mundo los modelos de producción son los mismos. Es cierto que el Amazonas se deforesta para ganar tierras de cultivo. Es cierto que hay zonas en Estados Unidos donde se come carne procesada para desayunar, comer y cenar. No es el caso de España.

En España, a pesar de todos los pesares, la agricultura y la ganadería siguen siendo en su inmensa mayoría de carácter familiar. Hablamos de algo más de 700.000 explotaciones de pequeño y mediano tamaño, gestionadas por los propios agricultores, que trabajan en ellas junto a sus padres, madres, hijas y hermanos, contratando además a miles de personas que contribuyen a conformar la pluralidad de la sociedad rural.

La realidad es que los bosques fijan carbono, y bosques son también las miles de hectáreas de olivos, viñedos y árboles frutales. Pero no sólo. Los cultivos herbáceos, los de hortalizas y, por supuesto, las tierras de pasto. Todos ellos son territorios gestionados, en los que la mano humana cuida y mantiene esos ecosistemas y esos paisajes.

Una vaca en el paisaje… haciendo la digestión

Diversos informes aseguran que las tierras de pasto -cuya razón de ser es la presencia de ganadería extensiva- compensan los gases producidos por las vacas durante su digestión. Lo que para algunos es el peor de todos los males, no parece serlo tanto, de hecho, la aportación de las vacas al inventario de gases de efecto invernadero es de alrededor de un 3%. A cambio, los territorios con presencia de ganadería están más limpios, con menos matorral y por tanto son más resistentes frente al ataque de un incendio forestal.

No sé qué preferirá usted. Yo desde luego prefiero más vacas en el paisaje y menos gigantescas fábricas. Más pueblos vivos y menos ciudades saturadas. Más llamamientos a la reflexión y menos catastrofismo apocalíptico. Más medios independientes y menos portadas compradas por grandes corporaciones para hacer greenwashing. Más pastores trashumantes y menos desayunos de aguacate mexicano con salmón noruego y quinoa de Bolivia (echen la cuenta de la huella de carbono del desayuno en cuestión y quizás no les siente tan bien).

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