El gallo, un tipo valiente

Además de fecundar los huevos de las gallinas, el gallo defiende el gallinero, guía a su harén y lo protege de intrusos.
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Hace ya unos años contaba en estas páginas como Cirilo (descanse en paz), un pastor ya jubilado que había manejado un buen rebaño de ovejas con solvencia, no fue capaz de entrar al gallinero porque un hermoso y valiente gallo se lo impidió.

Era suyo, pero como no lo conocía, pues quien guardaba y cuidaba las gallinas era Dionisia, su mujer, aquel gallo crecido en su orgullo por defender a su harén de gallinas ni siquiera se asustó cuando Cirilo cogió una vara de avellano para amenazarle. Así que tuvo que volver por sus pasos, pedir ayuda a Dionisia y esta, mansamente, lo metió en el gallinero ya atardeciendo.

Había que haberlos visto, pues si Cirilo se crecía, el gallo todavía más. De manera que tenía muy pocas posibilidades de hacerse con aquel cabecilla del barrio con un sentido de defensa como pocas veces había visto.

Un año más tarde el bravucón cayó en desgracia: en defensa de sus gallinas se tropezó con un perrazo cruce de mastín y podenco de alguna rehala que andaba deambulando por el pueblo. Aun así, no pudo con él, bastante desplumado lo encontré entre unas hierbas, humillado y asustado, dejándose coger hasta que lo acerqué al gallinero. Comentaba Dionisa que nunca fue el mismo.

El protector

Valga esta historia resumida para reivindicar a un animal imprescindible en un gallinero o una granja. Y no me refiero a esas enormes naves plagadas de gallinas ponedores, si no a las que todavía perduran en algunos pueblos que campean a sus anchas comiendo hierbas y toda clase de bichos.

La utilidad de los gallos va mucho más allá que la de fecundar los huevos. Se ha demostrado que las gallinas son más felices cuando este fanfarrón las cuida.

En numerosas ocasiones el gallo picotea el suelo y emite un sonido especial para que venga a comer la gallina más cercana el alimento descubierto por este. También sabe como conducirlas por los mejores sitios en busca de provisiones más sabrosas que el clásico grano.

Y, sobre todo, siempre está alerta para evitar a los enemigos. Si aparece una silueta de un águila grande por el cielo emite un aviso en forma de cacareo de alarma para que las gallinas se escondan. Eso sí, tiene que ser una rapaz de tamaño considerable. La silueta de un cernícalo, por ejemplo, le da igual y ni se inmuta.

Recuerdo de chavalín en Peñálén, escuchar a las afueras del pueblo las voces de alarma de un gallo, y al momento caer un águila enorme en picado sobre una gallina acañamonada, engancharla entre las garras y llevársela visto y no visto. Imagino que sería la poderosa y letal águila real por la facilidad con la que se llevó su cacería.

También recuerdo que otras gallinas salieron despavoridas, montándose un escándalo enorme de cacareos por todas partes.

Igualmente me viene a la memoria el daño que causaba un picotazo del gallo en las piernas cuando de pequeños intentábamos coger una gallina para jugar con ella. Se lanzaba hacía nosotros nada más escuchar las quejas de su amante. Conocida es la poligamia del gallo, con derecho a copular con todas.

Plumas para la pesca

En algunas zonas de León su utilidad va más allá de la defensa. Sus plumas se utilizan para montar unas moscas que imitan a las naturales para la pesca de la trucha. Actualmente se utilizan las razas pardo e indio, mimadas por criadores que solo se dedican a cuidar sus pollos para extraerles las plumas de la riñonada.

Recuerdo como el célebre pescador y divulgador ya fallecido Rafael del Pozo me contaba que había creado una empresa por León que fabricaba enormes cantidades de moscas con un rendimiento extraordinario en términos económicos. Las exportaba por todo el mundo, gracias a su calidad y a que su libro titulado “Moscas para la trucha” era considerado como la biblia de los aficionados a este tipo de pesca.

Una vez me encontré un pescador en la zona de Potrerillos, provincia de Mendoza, Argentina, a un pescador que sabía muchísimo más que yo de Rafael del Pozo y sus artes para engañar a la voraz trucha común.

Capones

Según los entendidos, la carne del gallo no está especialmente rica, al ser muy fibrosa. Así que desde hace cientos de años, el hombre descubrió que castrándolo engordaba en poco tiempo, consiguiendo además una chicha mucho más jugosa y exquisita al paladar.

En España hay tradición en época navideña de degustar el capón, cocinado de diferentes maneras.

Confiemos que estas cuatro letras sirvan al menos para que respetemos a este valiente animal que no solo canta al amanecer, porque son todavía bastantes personas los que denuncian su canto porque los despierta o porque es tan potente que sobrepasa los decibelios permitidos en los pueblos.

Podríamos narrar cientos de casos de las denuncias que han sufrido los granjeros de vecinos y visitantes a los que les molesta su canto, reivindicando su territorio como está mandado.

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