
Un meteorólogo bajo la tormenta estalinista
La revolución rusa no fue resultado de un movimiento de masas, sino que se inicia con un golpe de estado llevado a cabo con gran audacia por dirigentes del minoritario partido bolchevique contra la república liberal presidida por Kerenski e implantada en febrero de ese mismo año 1917 tras la abdicación del zar Nicolás II.
Una revolución de amplio espectro
La revolución se apoyó, sin duda, en mandos intermedios del ejército y en las células comunistas de las grandes fábricas de ciudades como Petrogrado o Moscú. Pero fue también secundada por partidos no bolcheviques (eseristas, mencheviques, anarquistas…) y apoyada por miembros de la burguesía liberal, comprometidos con el cambio político que se abría en su país.
Por ejemplo, Lenin, el máximo dirigente bolchevique, era hijo de un inspector de educación de la administración zarista. Trotski, otro de los dirigentes revolucionarios, no era de origen proletario, sino de una familia de prósperos terratenientes, y tampoco lo eran Kamenev, Bujarin o Zinoiev. Todos ellos tenían estudios universitarios y se les puede considerar dentro del perfil de los intelectuales comprometidos con la causa de la revolución.
Sólo de Stalin puede afirmarse su extracción obrera (su padre era trabajador en una fábrica de zapatos y su madre sirvienta en casas de familias acomodadas de Gori en Georgia), así como sus carencias de formación académica (limitada a los años que pasó en un seminario).
Ello explicaría, en gran parte, su actitud de recelo y desconfianza hacia todo lo que viniera del mundo intelectual y científico, cuando ostentó la máxima autoridad en la URSS a partir de 1929, una vez eliminados sus rivales políticos.
La revolución rusa no fue, por tanto, proletaria en sus orígenes, sino una revolución de amplio espectro. Tuvo, sin duda, una amplia participación de obreros y soldados (no así de campesinos), pero también se sumaron a ella muchos intelectuales, científicos, artistas y profesionales de los más diversos sectores, que no emigraron y que pusieron su esperanza y sus capacidades al servicio de la revolución.
En la guerra civil posterior, ni toda la burguesía y nobleza rusa engrosó las filas de los “blancos” ni los “rojos” eran un ejército de obreros en armas. Sólo más tarde, tras la victoria del ejército rojo y, sobre todo, con el ascenso de Stalin al poder, acabaría convirtiéndose la revolución en una revolución proletaria.
El caso del célebre agrónomo Alexander V. Chayanov (artífice del cooperativismo agrario ruso) y el de otros científicos e intelectuales que se sumaron a la revolución y que fueron devorados por ella, reflejan muy bien la evolución del proceso revolucionario ruso y su deriva hacia una dictadura del proletariado.
Alexséi F. Vangengheim, el meteorólogo
Lo mismo sucede con Alekséi F. Vangengheim, protagonista de El meteorólogo del escritor francés Olivier Rolin, publicado en la editorial Libros del Asteroide. En ese libro, su autor reconstruye la vida del científico nacido en 1881 en el pueblo ucranio de Krapivno, y de extracción social vinculada a la nobleza liberal (su padre era diputado del zemstvo, asamblea regional creada por las reformas del zar Alejandro II).

Apasionado, desde muy joven, por la agricultura, la naturaleza, la botánica y los fenómenos climáticos, Vangengheim se graduó en el Instituto Agronómico de Kiev y luego en el de Moscú, impartiendo clases de matemáticas y física en varios centros de enseñanza superior. Su pasión por el clima y los vientos le llevaría a dirigir en 1915-1916 el servicio meteorológico del VII ejército zarista durante la I guerra mundial.
Ya en plena revolución fue pionero en la medición del viento y el estudio de las radiaciones solares (creó un catastro de los vientos y otro del sol), así como de la presión atmosférica, vaticinando la importancia de la energía eólica para la producción de electricidad.
Además, participó en el diseño de los primeros aerostatos, de gran utilidad para realizar las mediciones del aire y el movimiento de las nubes, adquiriendo gran reconocimiento en la comunidad internacional por el rigor de sus hallazgos en el área climática.
Afiliado al Partido Comunista y comprometido con la revolución desde sus comienzos, instaló una extensa red de observatorios por el vasto territorio ruso y creó la Oficina del Tiempo, apareciendo su nombre en la Gran Enciclopedia Soviética y siendo firme candidato a ingresar en la Academia de Ciencias. Fue director del Servicio Hidrometeorológico de la URSS desde 1929 hasta su extraña detención una tarde de enero de 1934 cuando había quedado con su mujer en la puerta del teatro Bolshói para asistir a una representación de la ópera Sadko de Rimsi-Korsakov.
Del Bolshoi al gulag pasando por la Lubianka
En vez de ir al Bolshói lo llevaron a la cárcel de la Luvianka acusado de sabotear la revolución. Según los dirigentes estalinistas, sus previsiones climáticas eran las responsables de las grandes hambrunas que en aquellos años amenazaban la estabilidad del régimen, convirtiendo a Vangengheim en chivo expiatorio para no reconocer el fracaso de la política acelerada de colectivización.
De la Lubianka pasaría al gulag de las islas Solovkí (en el golfo Onega del mar Blanco al norte de la URSS) donde permaneció casi cuatro años sin juicio, hasta ser fusilado en diciembre de 1937 con otro millar de detenidos en los años del llamado “Gran Terror”. Sin embargo, y por sorprendente que pudiera parecer, mantuvo durante todo ese tiempo su lealtad al partido comunista, escribiendo cartas a sus máximos dirigentes (incluyendo al mismo Stalin) para que se interesaran por su caso, sin recibir respuesta alguna.
Asimismo, mantuvo una vibrante y extensa relación epistolar con su segunda esposa Varvara Kurguzova y su hija Eleonora (nombre que le pusieron en honor de la hija menor de Marx), que tenía sólo cuatro años de edad cuando fue deportado al gulag. En esas cartas le transmitirá a su hija conocimientos de botánica, geometría y aritmética en una especie de enseñanza a distancia que estremece nada más pensarlo.
Las cartas, ilustradas por el propio Alekséi con dibujos de animales y plantas y con breves explicaciones didácticas, fueron conservadas por su hija (paleontóloga del Instituto Geológico de la Academia de Ciencias hasta su muerte por suicido en enero de 2012) y entregadas al museo del Memorial de las islas Solovkí. Gracias a esas cartas, y al testimonio de familiares de otros presos del gulag, el biógrafo Olivier Rolin pudo reconstruir la vida de Vangengheim y plasmarla en su libro El meteorólogo.
En los casi cuatro años que estuvo en el gulag, Alekséi se encargó de la biblioteca e impartió clases a otros deportados como él sobre temas científicos (física del clima, geología, botánica, astrofísica, agronomía…) siendo recordado más tarde por los pocos que pudieron sobrevivir al terror estalinista.
Su fusilamiento en un día helado de diciembre de 1937 se produjo en el más estricto secreto, al igual que el de los miles que sufrieron ese mismo trágico destino. Su muerte ni siquiera fue comunicada a su esposa, que falleció con la esperanza de que regresaría una vez cumplidos los diez años de condena que creía le habían impuesto.
Memoria y rehabilitación
Con la caída de la URSS, y gracias al esfuerzo de las diversas asociaciones encargadas de recuperar la memoria de las víctimas del estalinismo, pudo saberse lo ocurrido con los fusilados del gulag de las islas Solovkí. Incluso en el caso de Vangengheim lograron que fuera reabierto su expediente, dándose la paradoja de ser declarado post-mortem inocente de las acusaciones que habían caído sobre él en los años del “gran terror”.
Según confiesa el propio Olivier Rolin, el objetivo de su biografía sobre Aleksei F. Vangengheim no es sólo narrar la vida del científico ucranio, sino dar testimonio de la terrible época en que vivieron y murieron muchos como él, todos ellos comprometidos y leales a una revolución que devoró a sus propios hijos.
En el fondo, lo que también ha pretendido Olivier Rolin es ajustar cuentas con varias generaciones de intelectuales de izquierda (entre ellas, la suya) que, durante mucho tiempo, no supo, o no quiso, reconocer el terror estalinista. Impregnados como estaban del supremacismo moral implícito en la revolución de octubre de 1917 y en otras revoluciones de esa misma naturaleza, vivieron en la ensoñación de un ideal comunista que no les dejaba ver lo que realmente representaba en términos de libertades y derechos individuales.
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