El jardín de la memoria

Con un tupido manto de hojas, raíces y ramas desbocadas, la maleza cubre el antiguo jardín. Hoy lo separa de la vieja casona una pared desconchada y casi derruida que apenas se sostiene en pie y que parece a punto de derrumbarse al menor soplo del viento. Nada es ya como fue y cuesta localizar los bellos lugares.
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Nada queda del invernadero acristalado donde crecían las plantas antes de trasladarlas a los arriates y parterres. Tampoco hay rastro alguno del observatorio donde el abuelo realizaba con sumo cuidado las mediciones meteorológicas bajo la asombrada mirada de Gerardo, un niño entonces de apenas ocho años.

Se han talado los álamos y eucaliptos que custodiaban la entrada a las caballerizas y desde cuyas ramas se podía divisar el castillo del cerro de Doña Narcisa. Ya no se oye el zumbido de las abejas en su ir y venir de la rosaleda a las colmenas.

En ese paraje desolado no es fácil situar el lugar donde los abuelos tomaban el sol en las mañanas de invierno, sentados junto al pequeño estanque de agua cristalina. Era un estanque decorado entonces con ranas de piedra de color verde que hacían la función de surtidores.

Varios peces de colores nadaban sin parar, sacando sus bocas a la superficie para coger algo de la comida que los niños les echaban de una lata que había en uno de los arriates que rodeaban el estanque.

Naturaleza en su estado salvaje

Todo es hoy un solar boscoso y abandonado donde encuentra refugio un tropel de pequeñas alimañas, temerosas del zarpazo cruel y despiadado de las aves rapaces que allí habitan. Es la naturaleza en su estado salvaje la que se ha apoderado de lo que fue un espacio habitado para el gozo, la calma y el recreo.

Un reloj de sol ya sin gnomon muestra el tiempo detenido, y la leyenda “Beatus ille” que aún puede leerse en su piedra desgastada evoca un pasado ya inexorablemente perdido.

Fueron tiempos de esplendor que el río arrasó en una de sus frecuentes avenidas, dejando regueros de lodo y olvido. Aún recuerda Gerardo cómo en aquellos días de febrero de 1963 flotaban en las aguas turbias y lechosas los tomos de la enciclopedia Espasa cual barcos sin rumbo y a la deriva. Aquella gran riada dejó un paraje inhóspito y sombrío, que anunciaba ya la destrucción de tanta belleza acumulada.

Hoy, transcurrido más de medio siglo, contempla Gerardo un busto de mármol encontrado bajo los muros del viejo jardín. Es la hermosa cabeza de una diosa romana, pétreo testigo de una época ya pretérita que sólo habita en las teselas de la memoria.

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