
Camino de cabras
Como cada día, Gonzalo pastorea sus cabras por el monte. Togo, el perro que le acompaña, le ayuda a evitar que se dispersen demasiado. Es pequeño, pero su incansable ladrido impone respeto en el rebaño.
Las cabras brincan y saltan entre las rocas con la destreza y habilidad que sólo tienen estos animales. Comen todo lo que a su paso encuentran en los arbustos y matorrales. Gonzalo las deja hacer. Sólo a veces da un chiflido cuando alguna se aleja más de la cuenta.
No hay otro animal capaz de limpiar el monte como las cabras, y por eso suele ser muy recomendable en los programas de prevención de incendios forestales. Tras la grave oleada de incendios del verano pasado, de nuevo se habla de la necesidad de introducir rebaños en las zonas boscosas.
En eso, Gonzalo y su medio centenar de cabras están de moda, aunque de poco le sirve, pues el negocio cada vez le resulta menos rentable. Vende algún animal para carne y también leche en fresco. Antes hacía queso, pero está ya muy cansado y dejó de producirlo.
Qué haría yo sin mi rebaño
Ha sido pastor toda su vida y no sabe hacer otra cosa. Va tirando como puede, y se resiste a dejarlo. Véndelo, le dice su amigo Ramiro. Qué haría yo sin mi rebaño, sin estos paseos por el monte, le responde cada vez que le dice que ya es hora de retirarse.
Algunas de las cabras se ponen de pie apoyadas en sus dos patas traseras para alzarse y así poder mordisquear las hojas bajas de algún árbol. Gonzalo las llama por sus nombres y las va agrupando con el cayado en la estrecha carretera para conducirlas al aprisco.
Tener paciencia
No le importa interrumpir el tráfico. En ese momento, él y su rebaño se sienten dueños y señores del monte y de los caminos que lo atraviesan. Los demás son todos intrusos.
Suena el claxon de algunos coches pidiendo paso. Los conductores piden que se desaloje la angosta carretera. Se impacientan. Que esperen, murmura Gonzalo, sin prestar atención al sonido cada vez más insistente de las bocinas.
Seguro que vienen de pasarlo bien en algún chalet de la sierra y van a la ciudad a continuar con la jarana, continúa murmurando, mientras mastica un trozo de hoja que ha cortado de un matorral.
No hace mal que aguanten un poco, añade, así se acostumbran a esperar. Que sepan que la vida en el campo también es esto, no sólo paisaje, amaneceres y puestas de sol.
Ahora es el momento de mis cabras, sí, de mis cabras, repite, guiando con parsimonia el rebaño. No le inquieta la larga caravana de coches que se va formando en la carretera estrecha y tortuosa que baja de los montes.
Tras varios kilómetros de circulación desesperantemente lenta, los conductores observan con alivio cómo Gonzalo desvía el rebaño por un sendero a la izquierda dejando libre el camino asfaltado.
Algunos conductores le increpan al pasar sacando la mano por la ventanilla de sus vehículos y haciéndole una peineta. Otros, más comedidos, le saludan fríamente, temiendo alguna reacción hostil, pues nunca se sabe lo que puede pasar con esta gente del campo, tan desconfiada y tosca, susurran.
Uno de los conductores le dice buenas tardes al adelantarlo lentamente con un coche algo más grande que los demás. En el asiento de atrás un hombre de mediana edad baja la ventanilla y le saluda con una amabilidad algo forzada. Esta cara me suena, piensa Gonzalo, mientras se rasca la cabeza intentando identificarlo.
Mis cabras son lo primero
Por la noche, ya en su casa, un viejo caserón que había dado cobijo a varias generaciones de su familia, Gonzalo se sienta en el patio disfrutando del frescor de la brisa. Se toma una cerveza con aceitunas y cabrito en salsa, y pone la tele para ver el informativo de la cadena local.
La presentadora, una chica joven con una voz que a Gonzalo suele cautivarle, informa del viaje del Consejero de Agricultura a la comarca, y de la visita que ha hecho a algunas explotaciones.
Claro, era él, ya me sonaba su cara, murmura socarrón Gonzalo. Sonríe, y se lleva a la boca el trozo de carne. Pero mis cabras eran lo primero, tenían preferencia, son las que mandan en el monte cuando pastorean, dice como justificándose, mas también con un orgullo no disimulado.
Quita la tele y acaricia a Togo en el lomo. Vamos, que es hora de acostarse, y le deja en el plato algo de cabrito mientras él se dirige al interior de la casa no sin antes echarle un vistazo a su rebaño.
Foto destacada: Joaquín Terán
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