
Recuperar el campo
El día 24 de febrero leí en el diario El País una tribuna de opinión, cuyo título replico en este artículo, firmada por María Eugenia Rodríguez Palop, en la que la autora se pregunta si las izquierdas -cito textualmente- “se van a centrar solo en las vulnerabilidades urbanas o van a ser capaces de ofrecer salvaguardas al mundo rural”. Quienes llevamos toda una vida procurando limar las diferencias entre lo urbano y lo rural, reivindicando servicios, facilidades (que no es lo mismo que subvenciones), tejiendo alianzas… vemos casi incrédulos el empeño de personas, organizaciones e instituciones en avivar un enfrentamiento urbano/rural que anhelábamos superado y nos preguntamos, ¿a quién beneficia esto?
Cito el primer párrafo de la tribuna de opinión de Rodríguez Palop: “La brecha entre la ciudad y el campo es hoy tan evidente que puede expresarse en mundos y contarse en décadas. A nuestros efectos, existe desde siempre, pero en estos años ha alcanzado unas dimensiones ontológicas”.
En mi opinión, para concretar esa “brecha creciente” deberíamos plantear preguntas concretas ¿Dónde te atiende antes el médico de atención primaria, en un pueblo o en una ciudad? Donde yo vivo, un pueblo con 643 habitantes, la atención medica es al día y todos los días. Eso sí, cuando plantearon un cambio en las guardias de fin de semana, nos movilizamos. También hay escuela y también hubo que movilizarse para que no cerrarán una línea. Tenemos los servicios básicos cubiertos y yo no echo en falta nada de lo que hay en cualquier ciudad; por el contrario, cuando estoy en la ciudad echo en falta algunas cosas del pueblo.
El artículo de Rodríguez Palop se centra también en la última movilización agraria en Madrid para venir a decir que los agricultores y ganaderos son los grandes paganos de los acuerdos comerciales, Mercosur, y de las políticas de la Unión Europea, incluidos recortes en ayudas de la PAC.
Yo estoy en contra de este tipo de grandes acuerdos comerciales desde hace más de cincuenta años y así lo vengo manifestando a la menor ocasión; he criticado el sistema de ayudas de la PAC que las organizaciones agrarias aceptan hasta que recortan las ayudas (puede leerse Dame PAC y llámame tonto en el libro Donde viven los caracoles); he visto cómo agricultores y ganaderos arriendan o venden sus tierras para que pongan placas solares o molinos, nadie les ha obligado; y me he enfrentado a agricultores que querían cargarse un sistema de huertas y riego tradicional para hacer una concentración parcelaria y riego por goteo porque aspiraban a ser como los agronegocios a los que critican pero envidian.
Reivindicación de la diversidad
Frente al monocultivo, reivindico la diversidad de la huerta y repito que lo pequeño es hermoso, como dice la autora, y lo hago porque llevo años viendo como lo hermoso y pequeño, en mi tierra las huertas, se lo han cargado, para producir dinero, algunos agricultores que ahora se manifiestan porque le ven las orejas al lobo.
Rodríguez Palop concluye su análisis con esta frase: “Esencialmente, puede decirse que en el campo mucha gente no entiende nada”. Pienso lo contrario, los agricultores y ganaderos han sido siempre expertos en fingir ignorancia, ya lo escribió Josep Pla en La vida a Pagés, no se engañe usted y ni le engañen. Si algo caracteriza la vida en un pueblo es que no se puede fingir, todos sabemos quién es cada cual, y lo sabemos hasta varias generaciones atrás incluso, ventajas o inconvenientes de vivir en un pueblo y no en una ciudad.
Los agricultores y ganaderos saben muy bien lo que pasa, aunque no lo digan, porque lo suyo no es decir sino hacer, y si algunos están comulgando con el discurso de la extrema derecha europea y española no es ni por ignorancia ni porque desde la izquierda no se este haciendo nada en lo agrario y en los pueblos; no, simplemente es que son así, siempre han sido así, y lo que no tenían era plataformas acordes a su ideología para subirse.
Yo tuve la suerte de vivir el origen de una organización agraria hace medio siglo, con miles de agricultores, en mi pueblo más de cien, una organización con propuestas de izquierdas ¿Es creíble que en mi pueblo había entonces más de cien agricultores de izquierdas? ¿y miles en La Rioja? ¿Y más de cien mil en España? No. Había tantos o más fachas que ahora, lo que no había es tanta pasividad como ahora y les plantábamos cara.
Aquí hay muchos agricultores y ganaderos que hace años decidieron romper con el modelo agrario dominante, ese que apoya la PAC, no aspiran ni a ser grandes propietarios ni dedicarse el agronegocio, ni siquiera a ser agricultores convencionales. Optaron por modelos alternativos y muestran con hechos que soberanía alimentaria no son dos palabras bonitas sino una utopía por la que llevan mucho tiempo trabajando y que nada tiene que ver con seguridad alimentaria, eso que ahora esgrimen algunos para asustarnos con los pesticidas y antibióticos que allí usan y aquí no y que acabarán envenenándonos si venden aquí sus frutas y sus carnes.
Lo cierto es que, en mi opinión, los agricultores y ganaderos no son hoy en nuestra sociedad rica tan imprescindibles como escriben en sus pancartas y no lo son porque ellos, cuando les iba bien, aceptaron la deriva que ha llevado a que imprescindible sea Mercafour o Carredona y no ellos.
¿Cuántos agricultores y ganaderos prefirieron invertir sus ahorros en la ciudad en vez de en su pueblo? ¿Dónde están los tractores cuando reivindicamos sanidad y educación pública o protestamos por el genocidio de los palestinos? En días de manifestaciones agrarias, cuando casi todo son loas y aplausos en los medios de comunicación, me pregunto, ante tanta empatía con los agricultores y ganaderos, ¿dónde está la empatía de ellos con los problemas de la sociedad? Porque parece que viven en un mundo aparte. No, los agricultores y los ganaderos no son una excepción social, ni viven en una burbuja, vender otro relato es engañar.
Hacia el final de la tribuna de Rodríguez Palop hay un párrafo que he tenido que leer varias veces: “La brecha entre el campo y la ciudad es histórica, generacional, sexual, social, económica y digital, pero se ha venido engordando con binarismos imperfectos o abiertamente falsos, de enorme eficacia comunicativa y política: lleno-vacío, abundante-escaso, rápido-lento, industria-sector primario, avance-retroceso, centro-periferia o cultura-naturaleza. Algunos presentaban estas dicotomías como un diagnóstico pretendidamente aséptico y cientificista, pero los hechos aislados no existen, así que fue fácil esencializarlos, rigidificarlos y ponerles etiquetas: los de arriba-los de abajo, ricos-pobres, amos-esclavos, mejor-peor. Era de esperar que ese discurso acabara colonizado por la división entre progresistas y conservadores y que, finalmente, los ultras lo utilizaran para confrontar a la izquierda pija-woke de las ciudades con la derecha antisistema del campo”.
A mí, que no comulgué con lo de la España vaciada, que he vivido la abundancia y la escasez, que reivindicó la lentitud por mis limitaciones, que en mi cultura campesina avanzo retrocediendo porque mi concepto del tiempo es circular como para los campesinos, aunque yo sea letrado, y al futuro se va por el pasado (sembrar hoy como sembré ayer para comer mañana) y que no concibo la cultura al margen de la naturaleza, me parece demasiado complicado lo que pone ahí.
Si se lo hubiera dicho yo a mí amigo Floren, me habría contestado como otras veces, a mí háblame claro, que soy un rústico. Pienso que lo que ha ocurrido es mucho más sencillo, y choca frontalmente con la ilusión de la firmante de la tribuna expresada en esta frase final: … “pero la gente del campo ni es atrasista, ni es, por definición, de derechas. Bastaría con escucharla para recuperar lo perdido”.
La experiencia me demuestra que la gente del campo es mucha gente como para generalizar y no es distinta del resto, los hay de todos los colores y bastaría escucharles para darse cuenta que entre ellos hay mucho machista, mucho racista, mucho misógino, mucho violento, mucho egoísta, mucho facha…, como en cualquier otro entorno social.
Y si no es suficiente hablar con los agricultores, puede probar a ver qué le cuentan las personas que trabajan para ellos, en el campo y en las oficinas de sus organizaciones y cooperativas. Y de paso puede preguntar también dos cosas: cuánto dinero cuesta organizar una tractorada en Bruselas, Madrid o Logroño con quinientas máquinas y unos dos mil agricultores, por ejemplo, y quién lo paga.
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