Hielo en un bosque del Valle de Iruelas (Ávila).

Las señales del frío

En los pueblos de montaña hay señales inequívocas de que viene el frío o de que hace frío a pesar de que el día nos regale un sol radiante.
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Un día de los pasados, tendimos la ropa y a eso de las 5 de la tarde fuimos a recogerla. Sorpresa: algunas prendas estaban tan tiesas como una pieza de bacalao en salazón. Todavía lucía y “engañaba” el sol, pero estaba claro que la temperatura era inferior a cero grados. Así que por estas fechas nos fiamos menos del sol que de la ropa.

Recuerdo que cuando mi hermano pequeño y yo éramos unos chavales con pantalón corto y botas “katiuskas” en invierno, nos mirábamos a las orejas y nos decíamos: seguro que como nos las pellizquemos se caen a cachos como si partiésemos una galleta. Así que, desde entonces, cuando hacía un frío que pelaba, nuestras orejas eran de galleta.

Los que estamos acostumbrados a los rigores del invierno nunca hemos entendido por qué en España se le tiene más miedo al frío que al calor. Es posible que la respuesta esté en que somos un país mediterráneo, aunque con muchas variaciones de temperatura. Nada tiene que ver el Levante y Sur español con la Meseta interior, los picachos que hacen frontera con Francia y algunas de nuestras cordilleras.

He de decir que los jóvenes y estupendos meteorólogos(as) que predicen el tiempo también ayudan bastante a que las personas piensen antes en una mantita y un buen libro al lado de la calefacción o el fogón que en salir a dar un paseo. Y es que nunca he entendido qué es para ellos una fuerte bajada de temperaturas o de cuál parten para afirmar que hay que abrigarse casi como un esquimal. Los que aguantan bien las bajas temperaturas y son algo chistosos suelen afirmar: estamos a cero grados, ya sabes ni frío ni calor. Lo cierto es que con la variedad de prendas y calzado que existen en la actualidad para combatir el frío no debería haber nada que nos ponga freno para patear el campo o la ciudad.

No voy a caer en la tentación de comparar con detalle las condiciones en que soportaban el frío nuestros padres y abuelos frente a nosotros. Además de que estaban obligados a salir al campo, ropa y calzado eran de tejidos más naturales que ahora, pero también mucho más pesados, incómodos y menos prácticos. No sabría calcular lo que podría pesar una manta de pastor tras aguantar una fuerte nevada.

Avisos naturales en los pueblos

Mientras que las mujeres y hombres del tiempo se basan en cálculos matemáticos tras recibir información de aparatos colocados en aviones, en barcos, en boyas situadas estratégicamente, satélites, temperatura del mar, etcétera, los animales y plantas tienen sus propios sensores para acertar el tiempo que va a venir, incluso las tormentas de verano y terremotos.

Los gatos son infalibles. Si el minino se hace un ovillo al lado de la estufa o del radiador y además se muestra reacio a irse cuando lo quieres echar de ese lugar es que hace mucho frío o va a venir. Sus movimientos son más lentos y se muestra amodorrado.

Si las lavanderas, pinzones vulgares y urracas visitan el casco urbano de los pueblos con mas frecuencia de lo habitual en busca de alimento no dudes en salir a la calle bien abrigado.

Si los gorriones comunes se agrupan en pequeñas bandadas y realizan vuelos cortos en grupo hacia algún arbusto, corral de gallinas o naves agrícolas de carga y descarga de trigo, asoma la cara por el balcón o una ventana de casa y exclamarás ¡Vaya rasca!

Si los jilgueros se espantan menos que de costumbre cuando comen semillas de cardos de lindazos de caminos y arroyos no dudes de que al día siguiente hará un frío que pela.

Si andas por el campo y casi pisas una liebre y esta no se levanta, asegúrate de vestir alguna capa de ropa más de lo corriente.

Si quieres confirmar que de verdad hace frío y cazas jabalíes hazlo en las umbrías nevadas, pues allí estarán acostados durante el día. Quizás hacen cama en la nieve y se sienten más protegidos.

Si los esquivos zorzales comunes, alirrojos, reales y charlos tardan más que otras veces de salir del resguardo que les brinda el espesor de las sabinas, hace un día gélido. Por cierto este año apenas se ven zorzales comunes, alirrojos y reales por estas zonas serranas. Estas especies son emigrantes. El único que permanece todo el año es el charlo. Quizás el cambio climático está consiguiendo que la mayoría permanezca en sus lugares de cría o cerca. Además esta temporada era muy favorable para alimentarse, pues las sabinas están a reventar de bayas.

Si una bandada de perdices se despliega volando de un aliagar o enebral tupido, en lugar de una suave loma con apenas bosque, con toda certeza te explicarás este comportamiento anómalo.

Sí por la noche no oyes ulular o comunicarse con sus clásicas voces ninguna ave nocturna hasta que entran en celo como el búho real por febrero, es otra señal más de que el frío nos atenaza.

Y si a partir de que anochece no se ve un alma por el pueblo es que vives en la España vacía y apenas las hay. Además algunas calles umbrías brillan de hielo a la luz de las farolas.

Y por citar una planta, el mejor espejo donde se representa el frío es el escaramujo por su tozudez a desprenderse de sus frutos hasta que las temperaturas bajan de verdad de los cero grados.

Más o menos frioleros

El frío es, según los expertos, una percepción de nuestro cerebro que se produce en la zona del hipotálamo, donde se regula la temperatura de nuestro cuerpo. Su principal función es la de controlar que nuestra temperatura no baje ni suba de forma brusca ni que perdamos energía.

Si hace frío, la reacción del cuerpo es bajar la temperatura de nuestra piel para que de esta forma el calor no se “escape”. Ahora bien, el hecho de que unas personas son más frioleras que otras puede estar en el grosor de la piel. Normalmente las personas más delgadas suelen ser más frioleras porque tienen la piel más fina y les protege menos.

El frío también ayuda a “agarrar” buenas gripes y catarros. Parece ser un buen vehículo de propagación para estos virus en época invernal.

En cualquier caso la mejor forma de dejar de ser friolero es hacer ejercicio y alimentarse bien. Recuerdo en mi época de deportista ver las personas en las gradas forradas de ropa mientras tu entrenabas en pantalón corto. Al ejercicio hay que añadirle una alimentación adecuada y olvidarse de esas típicas copas de licores y coñac que al principio dan sensación de que entras en calor pero a la media hora estas helado. Si uno no quiere pasar frío mejor es comer chocolate, frutos secos y otros alimentos que le aporten calorías. Antaño eran los sabrosos cocidos, las migas y las gachas de almortas las que hacían de barrera contra los rigores invernales. Claro que para lo que no había remedio era para los sabañones.

Algunos científicos aseguran que el frío viene muy bien para desarrollar nuestra capacidad para desarrollar problemas muy difíciles que sin él no sería posible. Eso a la vez consigue que seamos menos hábiles en nuestras tareas diarias.

Los animales saben muy bien esto último. Por eso en días fríos se mueven mucho menos para ahorrar energía, calorías y porque se sienten más torpes.

Un consejo: si tienes algún día las manos realmente heladas, que casi no puedes articular los dedos, no se te ocurra calentarlos de golpe en una fuente de calor, pues la mezcla de escozor, dolor y picor se presentará insoportable. Lo mejor es esperar a que se vayan calentando poco a poco con la temperatura del ambiente interior de la casa.

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