Tiestos en la pared de una casa en Orea (Guadalajara).

La España donante

Ni España vacía ni vaciada. Los pueblos llevamos donando nuestros recursos y nuestra sangre durante décadas a las ciudades, por eso somos la España donante.
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Los nombres son importantes. Cómo nombramos o introducimos en una conversación, espacios, personas, lugares, es una forma de crear una idea común de aquello a lo que nos referimos.

Y en ello se anda, intentando ponerle nombre a esta gran parte de España poco poblada, creando un debate en el que parece que “nos despertamos de repente” y la soledad de los tiempos, se ha convertido en un overbooking, donde en poco tiempo, en editoriales, platós, periódicos, congresos… se colgará un cartel de “no hay entradas”.

Cómo llamarla… me pregunto, desde este pequeño pueblo de montaña, Orea, en la comarca más despoblada de Europa, Molina de Aragón.

La España vacía… pero vacía ¿de qué?

¿De recursos? No. Los pueblos, sobre todo los de montaña, los más castigados por el éxodo, custodiamos territorios dando servicios ecosistémicos imprescindibles para las ciudades, además de poseer los recursos para una necesaria transición hacia un consumo sostenible, de construcción, de habitabilidad, de comida…

Hay que volver la mirada a estos pequeños pueblos, que han sabido hablar el lenguaje del monte, acatando estrictas normas inviolables, que estaban por encima del individuo y se situaban en el plano del bien común. En estos momentos resulta necesario recuperar e impulsar una gestión forestal que devuelva oportunidades a través de esos recursos y que genere una bioeconomía glocal, que suponga una oportunidad de futuro para la humanidad. La urbana y la rural.

¿Vacía de personas? Vacía es un término tan categórico, que nos excluye a quienes aún resistimos el envite del olvido y este nombre nos hace aún más invisibles. Hemos tenido que competir, en un mundo industrial, sin industrias. En un mundo digital hasta sin cobertura de móvil. Se nos impuso dejar de comer nuestra carne, de beber nuestra leche, de hacer nuestros quesos, de recolectar e incluso dejamos de utilizar nuestra lana. Todo aquello que podía empoderar a las mujeres rurales, en lugar de impulsar innovación y formación, protegiendo los saberes tradicionales, se prohibió.

Qué difícil nos resulta eliminar esa brecha y crear oportunidades para que las mujeres puedan quedarse e incluso volver y en ello estamos, trabando para conseguirlo… Hasta hemos luchado para mantener colegios abiertos, en nuestro envejecido mundo… y a pesar de todo, hemos resistido.

Así que vacía, por favor, aún no…

La España vaciada. Una definición que pone nombre a un proceso no voluntario. Pero un proceso. Una gran parte de nuestro territorio, efectivamente, ha sufrido un proceso de vaciado, inconcluso aún a día de hoy.

No sólo fue la falta de oportunidades, que también, la que fue vaciando nuestros pueblos, donando mano de obra para las zonas en las que se primó la industrialización, mientras los territorios rurales quedábamos en el más absoluto ostracismo. No. No sólo fue eso. Se nos empujó de una forma sutil.

Quizá much@s nunca se habrían marchado, incluso algun@s habrían vuelto, si no se nos hubiera ridiculizado y exagerado nuestras carencias, convirtiéndonos en caricaturas analfabetas, hasta el punto de hacer sentir vergüenza por ser de pueblo, obligando a cuantos migraron a vivir en la trágica dicotomía, de sentir un amor profundo por la raíz y a la vez intentar ocultar su origen, como se oculta un amor prohibido.

Y se fue disfrazando de éxito volver al pueblo con un coche nuevo, mientras se criaban jilgueros en un balcón de ciudad o plantaban tomates en una maceta, intentando aportar un poco de sentido a esa orfandad difícil de encajar, convenciéndose de que era lo mejor y guardando en el más íntimo rincón de los deseos, que su último viaje fuera a su querido pueblo.

Paradójicamente, al mismo tiempo proliferaban los “pueblos descafeinados, ultramodernos e insulsos” en las ciudades, llamados urbanizaciones. Vivir en una de ellas sí que era esnob y daba caché. Pero en ellas el amor a la tierra estaba ausente.

Y mientras en las ciudades se envidiaba vivir en una urbanización, nuestros pueblos se vaciaban, inmersos en una maratón por educar y generar universitari@s, siempre con el objetivo del “no retorno”; lo que implicaba donar a la sociedad urbana nuestro más preciado tesoro: el talento joven formado.

Sí, formamos parte de una España que ha sido empujada al vacío de una forma tan grotesca que no parece real. Pero lo es. Con una crueldad tan velada, que no nos dejaba lugar al cabreo y mucho menos a la reivindicación. Era el progreso.

Cuatro voces locas, que alzábamos entonces, eran como cerillas encendidas en una tormenta de nieve.

En un largo proceso de vaciado, hemos ido donando talento, vida y salud  a las ciudades. Y aquel orgullo rural doblegado durante décadas, hoy empuja fuerte por alzarse.

Los pueblos no volverán a ser lo que eran, me dicen a menudo.  Claro que no. Las ciudades tampoco son lo que fueron. Sería infantil pretender volver a las penurias del pasado, obviando comodidades y nuevas tecnologías. Pero en la esencia está la clave. Adaptar recursos a oportunidades presentes, sin cortar ni identidad, ni sabiduría ancestral. Recuperar el valor de lo esencial. La calidad de vida. La igualdad se viva donde se viva…

No es que me parezca mal el nombre de la España Vaciada, es muy acertado en tanto pone nombre a una realidad que hemos vivido y que aún sigue presente… sólo pienso, en voz alta,  que seguimos visibilizando todas esas acciones que nos empujaron a irnos y me duele que siga oculto el ímprobo esfuerzo que hicimos para quedarnos, a pesar de haber donado nuestro futuro.

Entonces, ¿Cómo llamar a esta España, que lleva donando sangre a las urbes durante décadas?

Aún sin saber cómo llamarla, aquí me quedo.  

En esta España que aún no nos ponemos de acuerdo en cómo nombrar.  Que no se ha llegado a vaciar del todo y por eso aún no está vacía, aunque haya sufrido un proceso de vaciado.

Quizá no importe tanto el nombre… o sí. La España de lo auténtico, de los saberes, de las emociones, de la raíz… la España generosa, la que conmueve, la España de los recursos, la esencial… la España que está en “Barbecho” y que, compartiendo la misma esencia rural, se expresa en mil lenguas;  a la espera, que no quieta, resistiendo y trabajando para que la conciencia colectiva despierte y lo haga cuando aún no sea demasiado tarde para todos…

Como quiera que la llamemos, animaos a conocerla, a vivirla, a considerarla una opción de futuro y vida.  

¿Eres joven y te buscas? Hazte un favor. Haz un ERASMUS RURAL y encuéntrate en un pueblo…

¿Tienes hij@s y quieres darles lo mejor? Dales un aire limpio que respirar y el derecho a ser personas independientes desde su infancia… dales el derecho a ser de pueblo.

Aquí seguimos, en el terruño, en las montañas, en la esencia de la vida, en esta España DONANTE… y os esperamos, con el deseo de que el 2020 venga cargado de conciencia, educación, conocimiento, reconocimiento, formación, emprendimiento, innovación e inversión rural.

Marta Corella Gaspar es alcaldesa de Orea (Guadalajara).

Foto destacada: Tiestos en la pared de una casa en Orea (Guadalajara). Autor: Joaquín Terán.

3 comments

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    Eduardo Moyano Estrada 17 enero, 2020 at 07:49 Responder

    Excelente reflexión Marta. Enhorabuena por tu artículo. Y adelante con la “España donante”, que no está vacía, sino llena de recursos naturales y de ideas e iniciativas de los que vivís en las áreas rurales. Saludos

  3. Avatar
    Bernardo 18 enero, 2020 at 04:30 Responder

    Muy lindo artículo! Escribo desde Argentina 🇦🇷 y soy un amante y defensor de los pueblos a los que les sucede lo mismo! Luego de que cierren los ferrocarriles en los 90, fue el principio del fin de hermosos parajes y pueblos. Me gustaría trabajar en su pueblo y ayudar a fomentar!

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