Paisaje nevado

Aves y mamíferos cambian sus costumbres con el cambio climático

El comportamiento de los animales ante este tiempo tan caótico, inesperado y variable está cambiando como nunca lo habían hecho.
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Los animales, especialmente las aves, llevan tiempo confundiéndonos, porque llevan cambiando de costumbre los últimos años. Algunos adelantan la emigración o bien crían antes; otros ni tan siquiera se van a sus cuarteles de invierno y se quedan todo el año donde construyeron sus nidos. Las cigüeñas ya se ven todo el tiempo por cualquier sitio de la península.

De manera que, eso de que “por San Blas, la cigüeña verás” pasó a la historia del refranero español.

Agricultores, ganaderos, cazadores y aficionados a las aves confirman como cambian de comportamiento aves y mamíferos ante el cambio climático. Lo malo es que sean las propias aves las confundidas y ante tanto contraste de temperaturas lleguen a perecer en sus emigraciones. Un buen ejemplo de los vaivenes del tiempo lo tenemos en la pasada borrasca Gloria, que tras unos días demasiado cálidos para la estación invernal, descargó una enorme nevada en varios lugares de España, aislando pueblos y dejando sin comida a aves y mamíferos.

La abubilla picotea

En estos días, caminando por la Dehesa Boyal, de San Sebastián de los Reyes (Madrid), una abubilla picoteaba el suelo a escasos tres o cuatro metros de mí sin espantarse. Me sorprendió que esta ave que emigra a África o al sur de España a finales del verano, hubiese llegado tan pronto a esta preciosa dehesa donde predominan las encinas y donde el frío se deja notar en invierno.

Cuando me acerqué más se fue a posar con su clásico vuelo ondulante en un matojo cercano. No llegué a escuchar su bu-bu, esa voz tan característica y que a los profanos confunde algunas veces con la más profunda y penetrante del cuco. Quizás estaba haciendo tiempo unos días hasta la llegada de su pareja.

Pero si no esperaba ver a la abubilla por estas latitudes, menos aun pensaba verla en el pueblo, en Aragoncillo a 1.300 metros de altitud, abrigado del norte por el pico con el mismo nombre de más de 1.500. Una de las zonas más frías de España.

En este caso, nuestra curiosa ave insectívora se encontraba buscando gusanos al solecillo, al lado del casco urbano, en las eras de arriba, protegida del norte por las paredes de los pajares. No sé por qué, pero este sitio siempre les ha gustado.

Les aseguro que nunca había visto a principios de febrero una abubilla por estos lugares. Hubiera sido quizás más fácil verla a los pies de los montones de estiércol que esparcen los agricultores, a la caza de pequeños invertebrados. Esta ave caracterizada por su cresta, que abre y cierra como un abanico, siempre fue para mí el indicativo de que la primavera llamaba a la puerta.

Al tiempo que esta abubilla, más arisca que la de la Dehesa Boyal, volaba hacia otros pajares, cuatro o cinco mirlos, a los pies de un matorral, andaban con las colas hacía arriba, como si estuvieran en una danza nupcial. Es pronto, pero los noté nerviosos, como si se estuvieran preparándose para delimitar su territorio y en pocos días hacer pareja y construir el nido. Tengo que confesar que sus movimientos me confundieron. El lugar era propicio, pues el matorral estaba compuesto por zarzamoras, endrinos, algún sauco y mimbreras. Como siga así el tiempo tan suave no tardarán mucho en anidar.

En el casco urbano de Aragoncillo llevo viendo los últimos años que los gorriones, estorninos, colirrojos tizones e incluso algún herrerillo común, han adelantado su puesta, al menos 15 días antes de lo que era frecuente. En el hueco de una esquina de piedras, cerca de casa, los pollos de un colirrojo se emanciparon del nido el verano pasado a principios de junio. Cuando me acerqué a ellos, toqué cerca su nido con un pequeño palo. Los pequeños, pensando que era uno de sus padres, me abrieron sus bocas amarillas y montaron una algarabía. La segunda vez que repetí la operación no dijeron ni pío. Se dieron cuenta de que era un intruso.

Reclamo de los búhos reales

El pasado sábado 8 de febrero, a eso de las doce y media de la noche, salí al patio a por un leño para animar la estufa y no pude tener más suerte: en el silencio del pueblo se oían con toda claridad las voces de un búho real reclamando a su pareja, mientras esta le contestaba con más suavidad. Le decía algo así: tranquilo hombre, que eres mi chico.

Digo lo de la suerte, porque desde que hace cuatro o cinco años que no vivo en el pueblo no había oído a los búhos por el paraje de Las Majaillas o un poco más arriba. Sus voces me pusieron carne de gallina y me alegré de que mis “amigos” siguieran por la zona. La hembra no tardará de poner los huevos en alguna oquedad de un árbol o de un peñasco. Ya se sabe que los búhos al igual que lo buitres comienzan a empollar en febrero. Pero no sería extraño que dentro de poco lo hicieran un mes antes.

Siempre me he preguntado cómo son capaces de sacar los polluelos con unos fríos tan extremos que en invierno en esta parte de la España vacía llegan en ocasiones a los 15 grados bajo cero. Lo que da idea de lo formidables que son estas aves, en especial los buitres que colocan sus nidos en los cantiles del Alto Tajo con cuatro palos en lugares menos resguardados que las aves nocturnas.

Ni que decir tiene que nuestro magnífico búho real es un ave mucho más especializada para subsistir que el buitre, siempre y cuando abunden especies como el conejo, liebre, zorros, pequeños mamíferos, palomas, etcétera. Existen pocas aves de presa nocturnas en el mundo tan extraordinarias y efectivas cazadores.

Nuestro tesoro de la naturaleza es capaz de fijar y localizar una presa a más de 100 metros sin desviarse ni un centímetro, gracias a su agudísimo oído y sus “sensores” de aproximación. Excepto el águila real o la imperial no creo que exista otra ave en la Península que no sienta pánico al conocido también como Gran Duque.

Del comportamiento del buitre leonado ya hablaremos otro día, pues está cambiando de costumbres a pasos agigantados.

Rayones al sol un día nevado

Las aves no son las únicas que andan despistadas con el Cambio Climático. Me contaba recientemente mi amigo Raúl que en un paraje de Aragoncillo, hace dos años, casi pisa a unos rayones muy pequeños, apretados, calentándose al sol a los pies de un enebro cerrado en un día con nieve y un frío que pelaba.

Era el mes de enero y antaño las jabalíes no parían tan pronto. En cualquier caso, Raúl, conocedor del campo, estuvo observándolos poco tiempo y se retiró despacio por dos razones. Una para que no se espantaran los pequeños y otra porque estaba seguro de que la madre estaba dentro del enebro casi sin respirar para no ser descubierta.

Seguro de que si Raúl hubiera cogido un rayón y este hubiese gruñido la madre hubiera salido en su defensa.

Lebratos en diciembre

Otra vez, en fechas recientes, encontré en el mes de diciembre un lebrato resguardado entre unos pastizales y aliagas. Estaba “cosido” al suelo y camuflado perfectamente. No sé ni cómo lo vi. Las liebres acostumbran a esconder sus crías por separado y reparten su tiempo en encontrarlas y amamantarlas. No pare en agujeros en el suelo como los conejos, así que los lebratos están menos protegidos ante predadores y cambios bruscos de tiempo.

Sé que me repito, pero jamás había visto una cría de liebre en pleno invierno por estas latitudes. Así que puedo decir sin temor a equivocarme, que tanto liebres como jabalíes, ya crían en cualquier época del año. El frío invernal ya no es una amenaza, aunque se pueden encontrar fenómenos inesperados como Gloria.

Pero de las grandes nevadas no todo es mano. Cuando se derrite la nieva deja bastante agua en la tierra y eso es bueno de cara a la primavera y más en un país seco como el nuestro. Además, la nieve es el mejor libro abierto para descubrir muchísimas huellas de todo tipo de animales. Basta con alejarse un kilómetro del pueblo para encontrar las pisadas de la zorra, la garduña, algún ratón, gato montés o casero y de infinidad de aves como la urraca, el pinzón vulgar, lavandera…

Solo conozco un pájaro que no se equivoca de estación y siempre llega cuando comienza el calor, es el vencejo común. Por el pueblo suelen aparecer a principios de mayo y si lo hacen un poco más tarde es que todavía viene el tiempo fresco. Parecen que llevan en la cabeza unos diminutos aparatos meteorológicos que clavan la temperatura.

Foto destacada: Parque regional de la Cuenca Alta del Manzanares (Madrid) tras una nevada. Foto: El Diario Rural

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