Piel de elefante

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Acerca su mano grande, negra y poderosa a la ventanilla del coche, ofreciéndome un paquete de cleanex. Le pongo un euro en la palma, y noto que su piel es dura, seca y rugosa como la de los elefantes. O al menos eso creo, pues yo nunca he tocado un elefante. Lo más cerca que he estado de hacerlo fue con motivo de la llegada del circo Roma a la feria del pueblo, cuando era sólo un niño de apenas ocho años.

Era el suceso más esperado. Se instalaba en una explanada a las afueras, y allí íbamos a ver ensayar sus números a los trapecistas o a observar a las fieras moviéndose en las jaulas.

El circo tenía algo especial que nos atraía a los más pequeños. Su colorido, su magia, su grandiosidad, todo contribuía a ver en él un mundo de fábula, distinto de la realidad que se vivía en aquellos años, aún marcados por la penuria.

Recuerdo que, para promocionarse, el circo Roma se paseaba por las calles del pueblo con un gran elefante y otro más pequeño, guiados por su domador, un hombre de barba negra y larga, vestido con el atuendo de algún país africano. Solía acompañarse de unos cuantos músicos con trajes ya desvencijados, pero relucientes al sol del mediodía. Tocaban pasacalles alegres y bulliciosos y con ellos iban malabaristas y payasos para llamar la atención.

El domador dejaba que los niños se acercaran y hasta nos permitía acariciar al pequeño elefante. Una vez lo intenté, pero me dio miedo y retiré la mano sin tocar su piel. Desde entonces, la piel de los elefantes ha sido siempre fruto de mi imaginación, pues ni siquiera me ha gustado ir a los zoos.

Me la he imaginado sólida, seca y robusta, a diferencia de lo suave que es la piel de los gatos, los perros o los conejos, que he tocado, aunque con recelo, dada mi habitual aversión a los animales.

“Gracias papu, que tengas un buen día”, me dice acercando su mano negra, enorme y nudosa, a la ventanilla de mi automóvil. Su palma, ruda, llena de surcos y sin un atisbo de sudor a pesar del tórrido calor que hoy cae sobre la ciudad, contrasta con la delicadeza del producto que vende, pañuelos para la higiene personal.

No sé cómo se llama, pues nunca le he preguntado su nombre cuando todas las mañanas se me acerca en el semáforo que da acceso al entorno del hospital. Tiene unos ojos grandes como dos lunas, y muestra una sonrisa ancha y luminosa al saludarme.

“Gracias, papu”, me repite con una amabilidad contagiosa. Pero lo que más me estremece es su mano grande y áspera como una lija, y sus dedos nudosos como sarmientos. Es una mano envuelta en una piel seca y rugosa como la que imagino sería la del elefante aquél que no fui capaz de tocar cuando era un niño.

Hoy ha entrado en urgencias un joven subsahariano afectado de una grave infección intestinal. Hay que operar y estoy de guardia. Leo su expediente y se llama Erin, que, en el idioma yoruba, significa elefante. En el quirófano, le voy abriendo la piel con el bisturí para comenzar la operación quirúrgica, y noto que es dura, muy dura, gruesa y agrietada. Parece como si su cuerpo se hubiera mimetizado con la de esos grandes paquidermos que seguro han compartido la vida de Erin y su familia en un pueblo de la ribera del río Níger.

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