La belleza de la España del frío

De Teruel a Calamocha, pasando por Molina de Aragón y sus parameras, los días heladores conforman unas gentes duras y una naturaleza espectacular para disfrutarla.
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Un cazador de la Taiga acompaña a un capitán del ejercito ruso encargado de tipografiar la extensa región. En un instante, cuando todo parecía calmo, azota una tormenta de viento y nieve, que les coge en una planicie donde solo hay yerbas altas. Dersu, el cazador, apremia al militar a cortar los yerbajos a toda velocidad, y con el trípode y unas cuerdas forman una especie de cabaña donde pasan la noche.

El capitán siempre estuvo agradecido a aquel hombre bajito de ojos rasgados, pero fornido, pues le había salvado la vida. De no construir aquel invento, los dos hubieran muerto congelados.

Esta escena es una de tantas de la película Dersu Uzala (1975) del director japonés Akira Kurosawa. Algunos han visto el filme al menos 15 veces y no dejan de considerarla como el mayor canto a la amistad desinteresada, pues Dersu jamás pidió nada a aquel topógrafo, además de guiarle y enseñarle numerosos secretos de la Taiga. Por supuesto, se convirtieron en amigos inseparables.

Hace unos días, en estas zonas de las Parameras de Molina de Aragón, concretamente a las afueras de la localidad de Aragoncillo, se levantó tal ventisca que me recordó aquella escena. Casi no se veía a 10 metros de distancia, saque al perro y tras hacer sus necesidades se metió como un relámpago a su guarida. El vendaval no duró mucho y tampoco voy a decir que el frío era igual al de la Taiga, pero no olvidemos que a esta zona también se la conoce como la Siberia Española, por las bajas temperaturas y también por la escasa densidad de población por kilómetro cuadrado.

En esta temporada invernal no dejamos de recibir borrascas desde Navidad. Parece que el cambio climático nos seguirá castigando. Y nosotros a lo nuestro.

Vista general de Molina de Aragón. 29 de enero de 2026

El espacio comprendido entre Calamocha, Teruel y Molina de Aragón es conocido como el Triángulo del Frío. Calamocha se disputa con la localidad cercana de Fuentes Claras la temperatura más baja de España en núcleo de población. El 17 de diciembre de 1963 el mercurio cayó hasta los 30 grados bajo cero. Molina de Aragón alcanzó los 28,2 el 28 de enero de 1952. Aunque no hay que irse al siglo pasado para certificar que en Molina hace un frío que pela, pues en enero de 2021, llegaron a 25,2 grados bajo cero. Ese año, bastantes árboles del Paseo de los Adarves se congelaron y, obviamente, murieron. En este caso, estoy convencido que en otros pequeños pueblos de la zona de bastante más altitud que Molina, pero sin medidores oficiales, la temperatura fue más baja.

El frío como promoción

Los rigores del clima actuales ya no caen como un baldón sobre los habitantes de la zona. Los más mayores se han ido a Guadalajara u otras capitales de provincia a pasar el invierno hasta bien entrada la primavera y los que no, los menos, han acogido acomodo en su propio pueblo o en esos otros más grandes donde tienen parte de los servicios necesarios: médico, mercados y otras tiendas. Y las casas más acondicionadas para combatir el frío.

Apenas existen los rebaños de cabras y ovejas en extensivo. Antaño resguardaban el ganado de la nieve y el frío en los protectores sabinares, chozas y chozones, o bien se desplazaban desde estos parajes duros serranos a la mayor calidez de La Alcarria en una corta trashumancia. Y los agricultores actuales, muchos rondando los 60 años o más, contienen el aliento mirando siempre al cielo por si no llueve. El frío o las nevadas las llevan bien, aunque ojo porque una ola de baja temperaturas les puede fastidiar la cosecha de trigo u otros cereales si están floreciendo. Con un tiempo tan loco nunca se sabe. Como sucede en otros lugares, los labradores no tienen relevo.

De manera que las oportunidades de ganarse la vida toman tendencia hacia el turismo rural: senderismo, caza, avistamiento de aves, gastronomía… Y quizás la construcción, al renovar sus casas los lugareños de los pequeños pueblos.

Excepto en fenómenos extremos como la nevada Filomena, ya es difícil quedarse más de un día aislado. Y el frío no parece ser ningún obstáculo. Al contrario, puesto que Molina de Aragón sale en los informativos un día sí y otro también por sus bajas temperaturas, el Ayuntamiento ha visto la manera de promocionarse. Con el lema: “El frío no es un problema, es parte de nuestra identidad”.

Lo malo es que el Parador Nacional, inaugurado la primavera pasada, ha cerrado el mes de enero y febrero. Vamos, que ha dado un portazo a Molina de Aragón para que los turistas no disfruten del frío de sus callejuelas y de extraordinarios paisajes cercanos como los del Alto Tajo.

¿Quién dijo frío?

Excepto las personas frioleras por naturaleza como mi amiga y estupenda periodista Marisa Perales, hoy en día con la ropa y calzado adecuado es casi imposible pasar frío. Frente aquella manta zamorana que usaban los pastores y vendedores ambulantes, que si se mojaba no había forma de llevarla por su peso. En la actualidad se puede vestir ligero con prendas que mantienen el calor corporal con comodidad. Y, entonces sí, sí se puede disfrutar del frío en los días serenos cuando apenas sopla el viento y luce el sol.

Nevada en Aragoncillo el 28 de enero de 2026

Los que disfrutamos más caminando por el campo a través que por el asfalto, quizás a 8 grados bajo cero, escuchamos con placer ese croc, croc, croc, de nuestras pisadas las mañanas de escarcha al partir los pequeños palos del bosque; gozamos cuando al pararnos a propósito escuchamos el canto de algún pajarillo que se está entonando con los primeros rayos del sol; saboreamos el paisaje plagado de árboles y arbustos dormidos, descubriendo algún nido viejo de zorzal charlo o pájaro carpintero de la temporada pasada; vemos con satisfacción que los lirones caretos siguen ocupando los agujeros de los chaparros para pasar el invierno; nos deleitamos con el planear de los buitres leonados y negros que comienzan a introducirse por estos lugares. Hasta que llega a partirte en parte esa ensoñación con un pequeño susto la espantada de un corzo desprevenido porque el aire viene a mi favor y no me ha localizado.

Cuando salgo con el perro disfruto viéndole moverse buscando las escasas liebres de izquierda a derecha, entre jaras, sabinas y enebros. Casi siempre mueve el rabo sobre el musgo debajo de una sabina, señal de que ha estado picoteando algún zorzal. Este cariñoso y rústico can está fuerte y acostumbrado a pisar el terreno helado y en ocasiones cortante, pues las almohadillas de las patas no se resienten. Un animal de ciudad se dañaría hasta herirse las patas.

Para entonarte si notas algo de refrior en el cuerpo, pues un buen sorbo de café calentito del termo y a seguir disfrutando de plantas y bichos por todos lo lados. Quizás en algún momento he soñado con un buen chocolate calentito con churros, pero he de reconocer que pronto se me ha olvidado. Esto lo dejo para los que patean las calles molinesas o calamochanas y se reconforten en una cafetería llena de personas hablando cada vez más alto.

Los pájaros avisan del tiempo

Parece algo mágico, pero desde que era pequeño algunos pájaros se siguen comportando igual a avisar de los días fríos o nevadas que van a caer. Las señales: cuando veas que los gorriones comen con más avidez de lo frecuente, no dudes en que seguro el manto blanco cubre el pueblo.

Otros dos pajarillos son también infalibles en sus visitas invernales al casco urbano, el pinzón vulgar y la lavandera blanca. El primero del tamaño parecido al de un gorrión, pero más bonito de colorido siempre nos sorprende con sus pitidos y nunca lo veras callejear por el pueblo excepto en esta época cuando escasea la comida en el campo porque esté nevado o vaya a hacerlo. Es omnívoro y le gusta mezclarse con otros fringílidos como el jilguero, verderón y pardillo común, entre otros.

De entre todos, la lavandera es la que me parece más divertida, pues mueve su larga cola con mucha gracia. Si fuese persona casi seguro que sería una estupenda bailarina de ballet clásico, pues además es fina y estilizada. Este año ha aprendido a comerse las migajas que dejan los gatos y así está pasando el invierno.

Por sorpresa también nos visitó durante unos días un precioso petirrojo, una avecilla mansa muy común también en las ciudades, pues anida en los setos. Su cuerpo, más rechoncho que en verano, indicaba que pasaba algo de frío. También se había enterado de que el pienso de los gatos podría ser nutritivo. Llevo unos días sin observarlo y mucho me temo que al ser bastante tontorrón haya caído presa de algún felino.

Recuerdo cuando tenía doce años que en Peñalén, preciosa localidad del Alto Tajo, a mediados de diciembre de finales de los años 60 del siglo pasado, cómo los gatos se caían al resbalar en los tejados. Ni siquiera sus potentes y afiladas uñas eran capaces de sujetarlos a las tejas. Aquella tarde había llovido y al poco tiempo todo el pueblo se congeló. Los pastores tuvieron que unir sus brazos para poder llegar a sus casas. Eso era hacer frío y con ropa de la de antes.

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