Barro

Me extrañó ver manchas de barro en el inodoro. No fue un día, sino varios, por lo que no podía ser algo casual. Quizá ha entrado algún pájaro por la ventana, pensé, o ha sido uno de los compañeros de piso que se apoya ahí para intentar con poco éxito arreglar la cisterna que continúa goteando desde hace una semana.
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Así estuve varios días sin resolver el enigma, hasta que una tarde lo sorprendí defecando subido encima de la taza del WC. En un descuido, Alfonso había dejado sin cerrar la puerta del cuarto de baño y pude descubrir lo que ocurría. Le pregunté con sorna qué hacía, y me respondió que en la aldea donde vivía su familia y donde él creció no había aseos, por lo que las necesidades fisiológicas se hacían junto a la pocilga encima de unos tablones colocados a ras del suelo. Por eso, le era imposible defecar en esos inodoros tan altos y modernos de ahora, necesitando ponerse en posición acuclillada para ello.

No quise hacer ningún comentario jocoso que pudiera ofender a quien era entonces uno de mis mejores amigos. Sólo le dije que, por lo menos, limpiara la taza del inodoro. Así lo hizo, y desde ese día nunca más hubo allí manchas de barro.

Un viaje en el tiempo

Una tarde me pidió que lo acompañara a la aldea donde nació, para así conocer a su familia. Fue como un viaje en el tiempo, un viaje a un pasado que, a principios de los años 1970, creía ya superado.

Unas cuantas casas de labranza se desparramaban entre cientos de olivos con troncos retorcidos como sarmientos y anchas extensiones de tierra calma. Habían servido para alojar a los braceros de una antigua hacienda que ocupaba todos los pagos de la vaguada y que ahora estaba ya fragmentada entre los nuevos herederos.

Algunas casas estaban vacías y abandonadas, con restos de aperos desvencijados, herrumbrosos y cubiertos de polvo. Desde hacía unos años, los que las habitaban se habían ido a otros lugares en busca de nuevos horizontes. Sólo quedaba un par de casas de pie y con vida. La de la familia de Alfonso era una de ellas.

Su familia había optado por quedarse en ese lugar que conocían bien y donde podían sobrevivir sin mucho esfuerzo. La edad ya avanzada de los abuelos y la temprana viudedad de su madre no ayudaban a emprender nuevos vuelos. Allí nació y creció Alfonso en los años 1950, yendo a la escuela que había en un pueblo cercano, al otro lado de la carretera.

La suya era una modesta casa blanca de labranza, rodeada de un huerto y una pequeña granja con diversos animales: perros, gatos, gallinas, una cabra, algunos conejos en sus jaulas y una pocilga con un par de cerdos que se cebaban con las sobras de la comida. Tenían luz eléctrica, pero el transformador era de tan baja calidad, que se producían constantes apagones. El agua se sacaba de un pozo que había detrás de la casa, y no había canalización por tuberías, tampoco nada parecido a un cuarto de aseo.

Orgullo familiar

Su familia parecía sacada de una foto antigua en blanco y negro, extraña en un mundo que ya empezaba a teñirse de colores. Rostros curtidos por el sol, con la mirada limpia y luminosa. El abuelo, sentado junto a la chimenea, le cogía a Alfonso la mano y le miraba lleno de orgullo con sus ojos claros y acuosos. El gran sueño de la familia se había cumplido, pensé.

Su nieto estaba estudiando la carrera de ingeniero agrónomo, y sería el primero en graduarse en una universidad. Y eso, me dijo mirándome a los ojos, significaba mucho para una familia que apenas sabía leer y escribir. Añadió el abuelo que lo que más le llenaba de satisfacción era que su nieto seguía siendo el joven de siempre, cercano, atento y leal con su gente, orgulloso de formar parte de ellos.

Años más tarde, a mediados de los años 1990, recibí con retraso de varios meses y una profunda tristeza la noticia de la muerte repentina de Alfonso en un hotel de Nueva York. Trabajaba de ejecutivo en una empresa multinacional de productos fitosanitarios y viajaba mucho en un ir y venir continuo y sin pausa entre aeropuertos. Apenas había cumplido 40 años.

Lamenté no haber podido ir a su entierro ni acompañar a su familia en el duelo. Tampoco era cosa de ir a la aldea cuando ni siquiera estaba seguro de que aún vivían allí después de los años transcurridos desde mi primera y única visita. Hacía tiempo que había perdido el contacto con Alfonso y no tenía sentido remover las cosas. Era mejor dejarlas como estaban, así, en el recuerdo. Sentí una punzada en el corazón, una congoja, más por el dolor de sus familiares que por el fallecimiento ya sin remedio de Alfonso. Pensaba en el sueño roto que su muerte habría significado para todos ellos.

La imagen de las manchas de barro en el inodoro siempre me recuerda el rostro alegre y risueño de Alfonso. Me traen a la memoria su pelo rizado y sus ojos verdeazulados, unos ojos donde se reflejaban las aguas brillantes y rosadas de la laguna de Fuente Piedra. Allí, según me decía, le llevaba de niño su abuelo en primavera a ver las bandadas de flamencos que se posaban para anidar en la laguna.

Pero, sobre todo, nunca olvidaré la profunda lealtad de Alfonso a sus orígenes, a sus raíces de barro y tierra humedecida por el rocío de la mañana, a esa casa blanca y luminosa entre olivares donde se tejían los hilos de la memoria.

Foto destacada: Laguna de Fuente Piedra
flickr.com/photos/landahlauts/

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