Haikus de otoño

En otoño, la luz de la mañana es más limpia y clara, sin el fulgor deslumbrante del verano. Es como si el sol, una vez pasado el punto del equinoccio, estuviera dosificando sus reservas para llegar con vida al solsticio.
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Llegan, por fortuna, las lluvias de otoño, ésas que suelen venir por San Miguel, y las tierras lo agradecen, tan sedientas como están tras un largo y tórrido verano. Aunque llovió en el pasado invierno, los campos se muestran secos y cuarteados en algunos lugares, con surcos tan anchos y profundos, que parecen los restos de un temblor surgido de las entrañas del subsuelo.

De los olivos cuelgan racimos de aceitunas arrugadas cual si fueran pequeños odres guardando las últimas y más preciadas gotas de su verde fruto oleaginoso. Sólo las viñas, siempre tan agradecidas al sol del estío, lucen sus uvas doradas, ya maduras y prestas para derramar el mosto en las grandes tinajas del lagar.

Es momento para la contemplación del paisaje otoñal, sea en las playas, en los campos o en los parques de la ciudad. Y nada mejor que el haikú para expresarlo con el estilo breve y conciso que le caracteriza, pero siempre lleno de lirismo y sensibilidad.

Vuelve el silencio
y a su hogar las gaviotas…
fin del verano.

Otros lugares,
rutinas renovadas…
luz de septiembre.

Torres vigía
entre verdes viñedos…
los candelechos.

Frutos dorados
bajo el sol de septiembre…
mes de membrillos.

Frescas mañanas,
bajo un sol ya menguante…
días de octubre.

Llueve en los campos,
las calles y las plazas…
vuelve la vida.

Hojas que caen,
secas y ya sin vida…
vientos de otoño.

Sean bienvenidas
las lluvias otoñales…
riegan el alma.

Mes de noviembre,
de santos y difuntos…
almas en pena.

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