
Jilguero, el cantor más cercano
Como otras muchas cosas en la vida, se me había olvidado que tenía que escribir de este precioso pajarillo, que desde tiempos que uno desconoce con exactitud ha acompañado con sus melodías a muchas familias, en especial en el centro y sur de España.
Nuestro protagonista lo es porque ha sido elegido como ave del año de España en 2026 por la SEO (Sociedad Española de Ornitología), tras una votación pública en la que el jilguero quedó en primer lugar con 6.519 votos, por delante del cormorán moñudo y la alondra común.
Un ave con buena salud
Ave frecuente en toda España, incluidas Baleares y Canarias, este fringílido goza de relativa buena salud. Es frecuente verlo encaramado en los cardos de las cunetas de las carreteras, lindazos de los sembrados y en lo mas alto de los árboles cuando le da el ardor cantor para dominar su territorio y lucirse ante otros machos.
Estrategia para llevar el nido a casa
Al contrario que la mayoría de las aves, los sexos son prácticamente iguales en su librea. Solo los entendidos saben diferenciarlos.
El hecho de ver hace pocos días a una pareja buscando sitio para colocar el nido en una zarza de escaramujo muy bien camuflada, al lado de unas zarzamoras, me ha recordado inevitablemente mi niñez y la de mi hermano pequeño y nuestras aventuras con tan bonito pájaro, pues aunque teníamos entre 8 y 10 años ya queríamos saber más sobre este cantor tan familiar. Nuestros experimentos no tenían rango científico, pero bien podrían haberlo sido.
Cuando localizábamos un nido accesible, comprobábamos el tamaño de las crías. Y si a estas les quedaban pocos días para emanciparse cogíamos el nido con los pequeños, lo metíamos en una jaula, lo dejábamos en la misma zarza hasta que los padres se acostumbraran. A la media hora, más o menos, los progenitores ya se acercaban a cebarlos ante el reclamo de los pequeños que habían saltado del nido al suelo de la jaula.
Poco a poco y de zarza en zarza, aunque estuvieran a más de un kilómetro de casa los acercábamos al pueblo. Pero como era zona de montaña, por el día les colocábamos un trapo en el techo para que les diera sombra y por la noche con una toalla vieja tapábamos toda la jaula porque los cambios de temperatura son enormes entre día y noche. Madrugábamos para estar con la jaula a la misma hora que los padres.
Sin perderlos de vista y sabiendo que los pequeños con sus reclamos son los que iban a llevar detrás a sus padres, hasta que los instalábamos en una ventana alta de casa a las afueras del pueblo, donde apenas pasaban personas para que no se espantaran tanto los pequeños como los adultos. Respirábamos al tener a la familia en nuestra casa.
Esta operación la realizamos dos o tres veces, dos o tres años. Recuerdo un verano que amenazaba tormenta cuando llevábamos el nido a casa y el que escribe tuvo que salir corriendo a por un plástico para protegerlos de la tormenta. Recuerdo que lo atamos a la zarza ante el vendaval y conseguimos que no se empaparan los polluelos. En aquellos años no era tan fácil encontrar un plástico por doquier como ahora.
Experimento
De aquella hazaña de traer el nido a casa, como así la consideraban los vecinos, todavía recuerdo una serie de conclusiones que supongo que no le serán extrañas a los ornitólogos con experiencia.
La primera en acercarse a la jaula a cebarlos era la madre. El padre se mostraba más esquivo y al menos tardaba un día o dos hasta colaborar con la hembra en la crianza de los pequeños.
La comida que les proporcionaban los dos progenitores era una especie de papilla verdosa clara. Supongo que la sacaban de la semilla de los cardos, su principal alimento.
Las cebas se producían en espacios más cortos de tiempo por la mañana y por la tarde. En las horas centrales del día los padres descansaban ante el tremendo calor.
Conforme iban creciendo los pequeños, el más grande y fuerte se colocaba en el lugar más alto de la jaula y regañaba a sus hermanos cuando se juntaban al lado.
Como siempre nos quedábamos con un polluelo, siempre elegíamos al dominante. Y siempre salió macho.
Las crías aprendían pronto a comer el alpiste que les poníamos en los comederos de la jaula, aunque al principio desperdiciaban bastante. Así como a beber agua.
Los padres, al ver que ya comían alpiste, los alimentaban con menos asiduidad.
Cuando ya estaban grandotes soltábamos a todos menos al elegido. Algo que al lector le puede parecer cruel, pero de pequeños nos parecía un regalo de la naturaleza.
Podría seguir con algún detalle de comportamiento más, pero me dejo el último y más importante para el final: la madre es más fiel a sus hijos que el padre.
Si capturábamos a la madre y la metíamos en una jaula aparte, el macho nunca se acercaba a la ventana para dar de comer a sus hijos. Sin embargo, si atrapábamos al macho, la hembra seguía alimentándolos como sí no hubiera pasado nada.
Lo que demuestra que el cariño y el amor de una madre por sus hijos es una de las mayores grandezas de la naturaleza, incluso en las aves.
Silvestrismo
El relato anterior enlaza perfectamente con lo que se conoce como silvestrismo. Una “afición” al canto de algunos fringílidos como el jilguero, pardillo, verderón, verdecillo, lúgano, entre otros, que congrega a un buen de seguidores, en especial en Andalucía, y que andan en la actualidad enfrentados con conservacionistas pues está prohibida su captura excepto para fines científicos.
Mientras que los silvestristas argumentan que es una actividad controlada y con una larga tradición; que ellos crían numerosos ejemplares en cautividad, aunque no es suficiente; que la captura de los fringílidos no ha sido ni es el causante del declive de algunas especies y que lo que piden es que las capturas sean transparentes, limitadas y controladas.
En cambio, los conservacionistas aseguran que los fringílidos no se han recuperado del todo, las capturas nunca se deben hacer para el ocio de escucharlos cantar o por tradición; que los permisos para atraparlos con fines científicos deben de ser totalmente claros y sin depender de organismos como son la Federación Andaluza de Caza y la Comunidad de Madrid, que han apoyado recientemente a los silvestristas en sus trabajos.
Al margen de esta muy resumida polémica, me pregunto qué está fallando en España para que tengamos tan pocos seguidores de nuestras preciosas aves, siendo como es nuestro país un paraíso. La SEO tiene alrededor de 25.000 socios y 180.000 simpatizantes. Su equivalente en Reino Unido, por poner otro ejemplo, cuenta con 1.200.000 socios que se desviven por cuidar, fotografiar y observar los pájaros.
¿Quizás no se enseña a los niños en los colegios, o cuando salen a la naturaleza, a avistar nuestros maravillosos pájaros? Pues nunca es tarde para insistir en ello.
Foto destacada. Autor: Bernardo Busto. Creative Commons
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