El hijo mira a su madre con ternura, con todo el cariño del mundo. Le sujeta las manos, huesudas, reflejo de su delgadez extrema, fruto de la edad y la enfermedad, que poco a poco va consumiéndola. Le devuelve la mirada al hijo, con un esbozo de sonrisa y agradecimiento, volando pensamientos en su memoria perjudicada, pero no perdida, que llega antes a la infancia en el pueblo que a lo poco que ha comido hace un rato, porque más no le entra.

– Mamá –le dice el hijo con dulzura- ¿Por qué no vuelves a contarme la historia de la picadura en el majuelo?

Intenta activarla, sabe que esa anécdota, repetida una y mil veces a lo largo de sus muchos años, es su preferida, seguro –piensa el hijo- porque rememorándola vuelve a ser una niña en el pueblo, jugando a jugar sin juguetes con hermanas, primas y vecinas en las calles y en los campos cercanos.

– Si te la he contado un millón de veces… –sonríe la madre.

– Anda, no te hagas de rogar…

La madre empieza su relato entrando de lleno en esa niña de apenas diez años que corretea por el majuelo, un pequeño terreno de la familia salpicado de cepas, al que han ido con los mayores a ver cómo van creciendo las uvas.

El camino es corto, con pocas cuestas, llegan enseguida. Recuerda que desde lo alto del majuelo se ve todo el pueblo, destacando sobre las casas la torre de la iglesia, -que no es muy alta, ya lo sabes, hijo, pero tiene cuatrocientos años-.

Hace calor, es verano –eso también lo recuerda- y las avispas revolotean alrededor de las uvas, ya casi maduras.

-Estábamos jugando a escondernos entre las cepas, con tan mala fortuna que me apoyé en el suelo y puse la mano encima de una avispa- explica la madre con énfasis, como si fuese la primera vez que se lo cuenta al hijo.

-Y ¿qué hicisteis? Pregunta el hijo como si no supiese la respuesta.

Pues lo que decían que había que hacer ¡mearme en la mano!, yo misma y mis primas –se ríe abiertamente la madre- unas buenas meadas…

El hijo sonríe con ella, imaginando la escena en el majuelo, recién terminada la guerra. Una niña de apenas diez años, en Valdemorillo, con los rastros del asedio y la resistencia de Madrid en la sierra de Guadarrama.

-Y de la fábrica de harinas ¿Qué me dices, mamá?

El recuerdo se vuelve entonces blanco, animado en el ambiente de compañerismo de mujeres jóvenes trabajando, solteras, a la espera de formar familias, muchas de ellas con el destino escrito de emigrar a la capital, apenas 40 kilómetros que marcan un antes y un después, no muy diferentes –piensa el hijo- a los miles de kilómetros de tantas y tantas personas que llegan ahora de otros mundos.

La madre se queda ensimismada, parece medio dormida, pero agitados sus recuerdos vuelve en silencio a repasar una vez más su vida. Un buen novio que luego fue buen marido, su llegada a Madrid, sus hijos, sus nietos… Y siempre con las raíces enganchadas a su pueblo.

– ¿Sabes –le dice el hijo- que la fábrica de harinas en la que trabajabas es ahora un sitio para celebrar bodas?

La madre asiente, ya con poco interés, y le aprieta las manos al hijo, como un asidero firme del que no soltarse para sentirse segura.

En recuerdo y homenaje a Vicenta Bravo y Luciano Brunete

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