A fuego lento

Vuelvo por la carretera angosta y despejada a ambos lados hacia mi tierra, el Alto Tajo, a revueltas de los Montes Universales, y mis pensamientos se enredan con las tierras de cultivo y las montañas desnudas que me traslada mi retina.
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Aún conservo el olor a madera que me he traído tras la visita a la planta de CLT que acaba de nacer en Andorra (La Vieja) en Teruel. Quizá parezca que este artículo va de incendios… pero no…; aunque sí que va de las causas que los provocan.

Llevo tiempo rumiando el camino que nos ha traído a esta situación: lugares ricos, tremendamente pobres. Ricos en patrimonio, en recursos, en servicios que se prestan a la sociedad y que se les ha puesto el nombre de servicios ecosistémicos, por los que no se cobra, ni se paga.

Pobres en capital humano y económico. Territorios que no tienen capacidad para crear oportunidades de futuro a pesar de generar lo esencial. Vientres de alquiler energético. Colonias rurales, protectorados dependientes de las urbes, desde las que se dictan las normas que determinarán su futuro.

Lo repetimos hasta el hartazgo. Y aunque vamos dando pasos que abran resquicios de futuro, parece como si quisiéramos tapar un colador con granos de arroz…

Oportunidades de futuro

Y vuelve mi pensamiento a esas montañas peladas y esa fábrica recién estrenada con una inversión de varias decenas de millones de euros y una serrería con cerca de otra decena, impulsada con fondos públicos para paliar los efectos de la descarbonización, cuyo impacto ha obligado buscar alternativas: esas mismas que no tuvimos en las zonas forestales.

Y seguimos creyendo que los bosques no generan oportunidades de futuro: una media verdad fácil de comprar. La realidad es que sí lo hacen. Pero lo hacen lejos, demasiado lejos de la tierra que los sostiene, alimentando hogares con informes impresos en papel, que en el mejor de los casos no será reciclado; guardados en un cajón que con suerte será de madera, enredados con investigaciones, innovaciones que dejarán de serlo, porque no se implantarán, alrededor de cuya mesa, encontramos auditores, técnicos, docentes, investigadores, funcionarios…

Todos ellos buscando la fórmula de mejorar la resiliencia de los bosques, perdiéndose sus frescos amaneceres, su brisa que arropa el alma, sus atardeceres embriagadores sin filtro, sin percibir su latido, ni su historia, ni sus profundos vínculos, ni las olas del bosque…; permaneciendo ciegos a las cunetas desbordadas de agua que arranca los caminos descarnándolos hasta hacerlos intransitables, los matorrales inaccesibles, los pastos huérfanos de ganado, la acumulación inviable de vegetación, que tanto se venera desde las ciudades y que tan peligrosa resulta.

Fuimos invisibles a esos ojos y poco importaba nuestro éxodo; no se nos preguntó, sencillamente porque no se nos vio.

Acostumbrados y conformados

Ahora, los que quedamos, casi, casi nos conformamos. Ahora ya nos molesta la brisa fresca, el agua templada que vaya enfriando este caldero, que traiga nuevos aires y nuevas propuestas… nos acostumbramos a las calles vacías, a la falta de risas infantiles, a no tener sorpresas, a la misma gente, a que no nos despierten los gallos, a que no huela a animales, a que nuestras tierras sean un lugar de tránsito y nuestros bosques jardines, cuanto más espesos mejor.

Me atrevería a decir que casi nos molesta que nos saquen de nuestra zona de confort, casi nos sentimos a gusto en este caldero de agua hirviendo, calentado a fuego lento, con leyes que nos estrangularon, políticas que nos empujaron fuera castrando oportunidades, que se generaron lejos de nuestros pueblos, que nos dejaron sin jóvenes, que dejaron los paisajes que se quería proteger, al albur de medidas de protección que no evitaron su cambio, porque dependían de esas mismas personas y esa cultura que corría hacia las ciudades en busca de las oportunidades que, les dijeron, su tierra no les daba. Y no se exigió alternativa. En realidad, no se exigió nada.

¿Qué tal si apagamos este fuego lento y silencioso?

Nos acostumbramos a ser viejos, aunque no lo seamos aún y a esperar una muerte digna, que intuimos certera.

Con la mirada puesta ya en mis amadas montañas, que se acercan a la velocidad que mi viejo Volvo me permite, no puedo evitar pensar que no son los incendios imparables los que nos van a terminar matando, es ese fuego lento, inexorable y preciso, que prendió hace décadas y cuyo caldero, entre unos y otros, no terminamos de conseguir refrescar.

Sabiendo ahora el punto en el que estamos ¿qué tal si apagamos este fuego lento y silencioso, al que todos alimentamos y del que nadie nos sentimos responsables?

Si después de este alegato aún te preguntas cómo hacerlo, quizá, sólo quizá, el tiempo no sea nuestro mejor aliado.

Marzo de 2026

Fotos: Montes del Alto Tajo (Guadalajara) Autor: Diego Juste Conesa

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