¿Qué hacemos con los pueblos? Todos somos responsables

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¿Por qué hay que vivir en un pueblo? ¿Qué puede ofrecer un pueblo para mantener su población, además de los servicios básicos? ¿Por qué no se incentiva la inversión privada en los pueblos? ¿En qué trabajar? ¿Cómo hacerlo? ¿Por qué las ayudas de la PAC, más de 6.000 millones de euros al año en España, no se vinculan a la vida en los pueblos? ¿Qué deberíamos hacer conjuntamente instituciones, colectivos y personas? A estas y otras inquietudes trata de aproximarse, y hasta donde es posible aventurar respuestas, esta reflexión en forma de artículo.

Cuando enseñaba historia social y económica pretendía que las clases nunca fuesen un infierno y por eso alumbraba los porqués. En la primera clase hablábamos de la domesticación de plantas y de animales, el origen de la agricultura, y del abandono del nomadismo, el origen de los pueblos en tanto que asentamiento de personas en un lugar.

En la cultura mediterránea esto ocurrió hace unos diez mil años; en la cultura china hace doce mil; seis mil en la andina; cinco mil en la de las cuencas de los ríos Misisipi y Misuri… la revolución del Neolítico que no tuvo ni un único centro difusor, ni un único momento, ni unas únicas plantas, ni unos únicos animales que domesticar… pero que, aquí y allí, tuvo la misma consecuencia: con la agricultura y el sedentarismo aparece algo hasta entonces desconocido, la propiedad privada y con ella la posibilidad de acumular, lo que trae la estratificación social.

¿Por qué cuento esto? Para dejar claro, antes de entrar en el objetivo de este texto, que no disculpo del abandono de los pueblos al sistema y aquí sistema no es una palabra huera, sistema es, en cada momento de la Historia, la forma en la que se organiza la producción y el consumo: en la antigüedad el esclavismo, luego el feudalismo, ahora el capitalismo. Siempre, el sistema dominante ha animado la desaparición de la cultura campesina y la concentración urbana, ¿cómo? privatizando los recursos (la venta de los comunales es un claro ejemplo), e imponiendo “su mirada productiva” sobre el territorio y de manera acelerada desde la primera revolución industrial en el siglo XIX (puede leer El Estado pesebre, de Carlos Arenas Posadas).

Cada cual mira de manera particular el lugar que habita. Sobre una misma parcela hay diversas miradas: hay quien ve en ella el paisaje que quiere pintar; quien la imagina sembrada de remolacha; quien la quiere con un bloque de apartamentos…

Donde yo vivo, Alcanadre, estamos 643 personas: las que nunca se marcharon, las que se fueron y volvieron, las que van y vienen, inmigrantes, veraneantes… hay rumanos, marroquís, búlgaros, franceses, italianos, cubanos, colombianos… hay quienes tienen mucho y hay quien poco tiene. Miradas diversas, privadas, entre las que echo en falta una mirada colectiva y no productivista.

Quienes prefieren lo privado a lo público, lo individual a lo colectivo, lo mío a lo nuestro, y tienen una mirada productivista se lo deben de pasar muy bien cuando debatimos sobre si hay que decir España vacía o vaciada y nos entretenemos buscando responsables de que parte del territorio tenga poca población, esté envejecida y disponga de escasos servicios.

Otras formas de mirar el territorio

Perdemos el tiempo en debates estériles en vez de mostrar que hay otras formas de mirar el territorio y que lo ven no vacío sino lleno de: flora, fauna, paisaje humanizado, arquitectura tradicional, tranquilidad, silencio, tradiciones… y personas con proyectos, iniciativas, ilusiones… un territorio muy apetecible para seguir apropiándoselo.

En Alcanadre la población mengua aunque disfrutamos de atención sanitaria con cita al día para médico y enfermera; hay una farmacia; una guardería municipal a la que van menos de media docena de niños; escuela pública hasta los doce años; instituto en el pueblo de al lado a cuatro kilómetros; cuatro bares; un estanco y una tienda de ultramarinos; mercadillo los viernes y pescadería ambulante los jueves; cuatro aeropuertos a una hora en coche y a media hora, hospitales, cines, teatro, comercios, polígonos industriales… y aun así hay quien prefiere irse a vivir a la capital. Cuando pregunto por qué me suelen decir: porque hay más ambiente. Hoy es este concepto tan subjetivo, el ambiente, lo que anima el desplazamiento hacía la ciudad, la fuerza de atracción en el siglo XXI.

Para hacer la primera revolución industrial en el siglo XIX se necesitaba mano de obra que salió de los pueblos expulsada por las leyes de cercamientos, la llegada de la química y de las máquinas al campo, la privatización de los comunales… el trabajo que ofrecían las ciudades fue la fuerza de atracción.

La segunda revolución industrial (la del transporte y las comunicaciones) democratizó el consumo y aceleró la concentración urbana, todo sirvió: el hambre en los años cuarenta, la obligación de destinar el sesenta por ciento de los depósitos de las Cajas de Ahorro a financiar el desarrollo industrial (Decreto de 9 de marzo de 1951), la Guardia Civil dejando que los jornaleros llegaran a las ciudades sin obligarlos a volver a sus pueblos y se publicitó la ciudad (no es para mí, que decía Paco Martínez Soria) como libertad, aunque la vida en Madrid, Barcelona, Sevilla… fuera más dura que en el pueblo para quienes nada tenían, pero tenían que hacer lo que necesitaban quienes tenían el poder de “hacer que hagan” (otra lectura, Autonomía y subsistencia, de Aurélien Berlan).

Ahora, a caballo entre la tercera y la cuarta revolución industrial (la de lo virtual) al sistema (capitalista) le sobra gente (regula y reprime muy eficazmente la inmigración para cubrir sus necesidades) y no necesita animar las migraciones internas hacia las ciudades por razones de trabajo, pero necesita tierra.

Frente a la mirada privada, egoísta, individual y agresiva (que tiende a imponerse y que siempre necesita algo de los pueblos, ayer gente y hoy tierra, hay que trabajar para mostrar lo que vemos en ese territorio que muchas personas ven vacío, ya que si no lo hacemos lo llenarán de mierdas y nuestras nietas hablarán de una España además de vacía, fea y poco agradable para la vida. Tenemos que crear ambiente, ¿pero qué ambiente? ¿Qué se nos propone desde las instituciones?

Después del espejismo de la Covid 2019 en el que parecía que se iba a dar el retorno desde la ciudad a los pueblos, hubo varias iniciativas gubernamentales para animar el desarrollo rural: Una nueva ruralidad, España 2050, el Plan de Recuperación de 2021 y sus 130 medidas para el Reto demográfico ¿En qué se basaban?: No contraponer urbano y rural; actividad agraria, con atención especial a las mujeres, productos de proximidad, biodiversidad y economía circular; crear empleo rural, vivienda, integración… y proteger el patrimonio y la cultura rural.

Es imposible no estar de acuerdo con esto, pero… He conocido muchos planes, programas, estrategias… pero desde que nací hasta hoy, Alcanadre ha perdido 2 de cada 3 habitantes. Soy crítico con las propuestas institucionales y sus posibles resultados, porque nunca plantean cambios importantes en el modo de producción y de consumo, responsable de la situación actual.

Las personas de mi edad somos la última generación rural. Nuestros nietos no tendrán ni idea de cómo es la vida en un pueblo y la cultura campesina. Yo lo acepto, pero me entristece, porque, a pesar de todo, he sido, soy y quiero seguir siendo, feliz en mi pueblo. Por esto sigo trabajando. ¿En qué trabajar? ¿Cómo hacerlo?

Comunidades íntimas

En un pueblo no se puede fingir, eres lo que haces y, además, llevas encima la carga de tu herencia. Esta característica de los pueblos, junto a unos intereses comunes porque la gran mayoría de quienes los habitaban dependían de los recursos del entorno, constituía la argamasa con la que construir lo que Yuval Noha llama “comunidades íntimas”, aquellas que “satisfacían las necesidades emocionales de sus miembros y eran esenciales para la supervivencia y el bienestar de todos. En los dos últimos siglos las comunidades íntimas se han desvanecido, dejando que las comunidades imaginadas ocupen el vacío emocional” (más lectura, Sapiens, página 398).

A mí me interesa mucho más este vacío que el de esa España que ahora están empeñados algunos en llenar con personas ¿a cualquier precio? En verano, el pueblo se llena de gente, se cocina en los pueblos el chorizo más largo del mundo, se abren las puertas de las bodegas y se llenan de ansias. Se bebe y se come y se come y se bebe en un bucle casi infinito que apenas deja hueco para otra cosa, (se hace de las tradiciones folklore). En verano se veranea en los pueblos, se consumen los pueblos y puede ser que alguien hasta los disfruten, yo no.

Cuando menos me gusta vivir en Alcanadre es en verano. Porque me cansan mucho quienes llegan, nos recitan las soluciones, y se van, me recuerdan a la comunidad imaginada de la cita que encabeza este texto. Imaginan un pueblo que no existe. Lo construyen en su imaginario juntando recuerdos de su infancia y de su adolescencia cuando las vivieron en él; festejando el día de la patrona y de la romería; participando en la comida popular o en el tiro de azadón o mirando lánguidamente el agua sucia del río Ebro que corta en dos La Ribera.

Ahora son tantas y tan diferentes las miradas que conviven en un pueblo que es difícil encontrar los materiales con los que hacer la argamasa para levantar las viejas comunidades íntimas que lo hacían funcionar emocional y físicamente.

Quienes vivimos en los pueblos podemos trabajar para encontrar estos materiales, en la cultura, en la solidaridad, en otras formas de producción y de consumo… con los que construirlas, porque siguen siendo esenciales para la supervivencia del pueblo y el bienestar de todos, o convertirnos en veraneantes y vivir en una comunidad imaginada. Desde que se acabó el confinamiento tengo la sensación de que vamos hacía comunidades imaginadas, mayormente.

En la última década ha aumentado el interés literario por el mundo rural y en menor medida por la cultura campesina, se han celebrado miles de mesas redondas, debates, coloquios… y se han publicado muchos libros sobre ello, como si se anhelara que los literatos aportaran soluciones al declive de ambas cosas, la agraria y la rural. No es nuevo este interés literario por estos asuntos, sospecho la fugacidad del actual movimiento literario ruralista como todo fruto del marketing editorial y estoy convencido de su total incapacidad para enderezar el declive rural y campesino.

Complicidad campo-ciudad

Confío más que en los literatos subidos al carro moderno del ruralismo, en algunos proyectos de carácter local coordinados en redes reales de personas; confió más en los movimientos con base local que en las iniciativas institucionales de Gobiernos y grandes organizaciones; confío más en las complicidades entre el campo y la ciudad que en absurdos enfrentamientos y confío más en las facilidades que en las subvenciones, porque está demostrado que la situación actual no es un problema de recursos (puede ver el enorme gasto de la política agraria y en desarrollo rural en la Unión Europea) sino de ideas y de confianza.

Si quienes vivimos en los pueblos preferimos colocar nuestros ahorros en el banco o comprar piso o lonja en la capital antes que invertir en el pueblo; si preferimos reservar plaza en una residencia de mayores en la ciudad antes que trabajar para tener asistencia domiciliaria en nuestra casa en el pueblo; si no peleamos para que no reduzcan el número de horas que tenemos sanitaros y para que no cierren unidades escolares; si gastamos el presupuesto municipal en charanga y pandereta y no hacemos actividades deportivas, sociales y culturales; si preferimos comprar en los centros comerciales antes que en las tiendas de Tere y de Maite… ¿de qué nos quejamos?

No me doy por vencido, aunque después de varios años sin participar en esos proyectos colectivos y gastronómicos y tampoco en las fiestas locales, cada vez me veo más aislado e impotente para cambiar la deriva de mi mundo rural (¡ojalá en el suyo todo sea diferente y le vaya bonito!). Porque no me doy por vencido a pesar de mi desencanto, vuelvo a repetir (¡otra vez!) lo que escribí hace cinco años, y hace diez, hace veinte… lo que llevo toda mi vida diciendo y viviendo.

Si la mayor parte de las necesidades de quienes viven en un pueblo se cubren desde las ciudades, si el modelo agrario dominante no genera empleo y las industrias prefieren instalarse en los polígonos industriales urbanos ¿Qué puede ofrecer un pueblo para mantener su población, además de los servicios básicos?

Hay que trabajar para conseguir que el pueblo en el que vivimos sea más culto, educado, justo, solidario, público… acogedor, en definitiva, desde mi idea de calidad de vida y de pueblo. El nuevo concepto de ruralidad debería aceptar que cuando se puede elegir (lo que es mucho decir) cada uno elige vivir donde quiere, esto es, hay que tener en cuenta los gustos individuales porque son determinantes a la hora de decidir dónde vivir.

¿Por qué hay que vivir en un pueblo? Es evidente que el “gusto individual” introduce restricciones muy complejas: lo que para unos es coste, para otros es beneficio. No se puede idealizar la vida rural. A veces es muy dura.  Si se quiere frenar el despoblamiento hay que minimizar los costes de vivir en un pueblo y maximizar los beneficios. Hay que crear ambiente, ahora bien ¿Cualquier ambiente?

Para ello, es necesaria la implicación de quienes vivimos en los pueblos y la intervención de las instituciones que deberían actuar en tres ámbitos: el de la regulación, el de la inversión y el de los incentivos. Pondré un ejemplo de regulación: ¿por qué las ayudas de la PAC, 6.000 millones de euros al año en España, no se vinculan a la vida en los pueblos? De inversión: por qué se gasta más presupuesto municipal en tres días de fiestas en verano que en actividades culturales todo el año. ¿Por qué no se incentiva la inversión privada en el pueblo?

La intervención pública, siendo necesaria, no es suficiente, deben participar los colectivos sociales y las personas (rurales y urbanas). Si los habitantes de los pueblos no están por la labor huelga hacer nada. Quienes pasamos parte de nuestra vida en un pueblo podemos implicarnos o desentendernos de su situación y de su futuro.  Yo no puedo desentenderme porque confió más en las personas que en las instituciones.

¿Qué deberíamos hacer?

Cuando ando entre olivares, viñedos y huertas pienso en ello. También cuando trabajo en la huerta. En la huerta produzco: frutas, hortalizas, conocimiento… Allí pienso que las políticas que se adopten para frenar el despoblamiento deberían animar la creatividad frente al beneficio monetario, la cooperación frente al individualismo y la acogida frente al rechazo; deberíamos ir hacia producción inteligente, producir aquello en lo que tenemos ventaja comparativa: alimentos sanos, nutritivos y sabrosos, paisaje saludable, energía renovable, salud, bienestar… felicidad, en definitiva;

Mi huerta además de manzanas, peras, melocotones, tomates, pepinos, pimientos, flores… produce también estas ocurrencias. Cada cosa en su tiempo. Sin prisa. La huerta es un espacio en el que aprendo el concepto del tiempo de los campesinos, que es circular y no lineal (sembrar hoy como sembré ayer para comer mañana) y es un tiempo de acontecimientos y no de reloj.

En la huerta se reflejan muy bien las características del nuevo concepto de ruralidad que nos propone el Gobierno y también las de otras formas de producir y de consumir porque en la huerta:

  • Hay diversidad.
  • Todo es pequeño y lo pequeño es hermoso
  • Conviven urbanos y rurales y cada día hay más urbanos con huerta.
  • Cada año hay más mujeres que hacen una huerta.
  • Produce para la despensa y mercados cercanos.
  • Es la actividad más sostenible en la agricultura.
  • Genera empleo y atrae forasteros (extranjeros o nacionales).
  • Es un patrimonio cultural
  • Se vive el tiempo circular y de los acontecimientos.
  • En la huerta todos los años es lo mismo y ningún año es igual.
  • Los hortelanos reutilizan todo (economía circular).
  • Los hortelanos viven pobres, pero son elegantes.

Mientras hago la huerta pienso en lo que tengo que hacer para tener en Alcanadre el ambiente en el que quiero vivir hasta que me muera. El tiempo que me queda, cada vez menos, lo quiero dedicar a lo que me gusta: cuidar de la familia, cultivar la tierra, pasear, leer, escribir, pensar, estar con los amigos, aburrirme…y trabajar para ver si es posible formar un grupo de personas con las que compartir un proyecto de ayuda y asistencia a domicilio de forma que cada uno pueda vivir en su casa con todas las necesidades cubiertas hasta morir en ella. Lo que no es poco, lo que es todo.

Y, además, al trabajar en la huerta conservo el saber de los campesinos y sus semillas; produzco parte de mis alimentos; veo pacer a los caracoles; y tengo tiempo para pensar en aquella conversación de nunca tuve con usted o para recordar este texto de Sepúlveda:

“Hace algunos años y mientras estábamos en el jardín de nuestra casa, mi nieto Daniel observaba atentamente un caracol. De pronto, dirigió su mirada hacia mí y me hizo una pregunta muy difícil de responder ¿por qué es tan lento el caracol?”

Y Luis Sepúlveda le escribió a su nieto un cuento: Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud. Como yo. Y por eso, a mis nietas, cuando las tenga, les hago una huerta en la que tengo un par de sillas en las que me siento cuando me canso y espero, porque, como dice el maestro, todavía cabe esperar.

Todas las fotos están realizadas en Alcanadre (La Rioja). Autor: Emilio Barco

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