“Las ocho montañas” es una excelente novela del escritor italiano Paolo Cognetti, que recibió en 2018 el prestigioso premio Strega y Médici. Llevada al cine en 2022 por los directores belgas Félix van Groening y Charlotte Vandermeersch y premiada en el Festival de Cannes, es un canto a la amistad entre dos jóvenes: Bruno y Pietro, al tiempo que una reflexión sobre la complejidad de las relaciones paterno-filiales. Es también el testimonio de la generación “X”, la de los hijos de los baby boomers formada por los nacidos en la década de 1970.

El interés de la novela radica en que trata la experiencia de dos jóvenes de extracción social muy diferente: Pietro, de clase media alta y educado en el ambiente urbano de Milán, y Bruno, de clase trabajadora y ambiente rural de las montañas alpinas. En ese trasfondo de interacción urbana y rural, ambos jóvenes construyen su amistad durante los primeros años de adolescencia en los periodos de verano en los que la familia de Pietro pasa las vacaciones en Grana, un pequeño pueblo rural de los Alpes, donde vive Bruno con su familia.

Allí, Bruno trabaja en la granja familiar, ayudando en el ordeño de las vacas y llevándolas a pastar a los prados cercanos. Es un joven bien integrado en el mundo de la montaña y buen conocedor del paisaje, al que describe con palabras directas y cargadas de simbolismo que fascinan a Pietro, haciéndole descubrir un mundo hasta entonces desconocido para él.

Pietro se siente atraído por los saberes naturales de Bruno y pronto encontrará en ellos la fuente de inspiración para el inicio de su afición literaria, escribiendo en un incipiente diario las sensaciones que le provoca el descubrimiento del mundo que le ofrece su amigo en las semanas que pasa con él durante las vacaciones veraniegas. La amistad es interrumpida, que no rota, con el final de la adolescencia, cuando ambos emprenden sus propios caminos en el mundo de los adultos.

Aunque de origen rural, el padre de Pietro es ingeniero en una fábrica milanesa, y un ferviente y apasionado montañero. Allí, en la montaña, se reencuentra con sus raíces rurales, y cada verano aprovecha el modo de escaparse del mundo urbano que le agobia y de gozar del paisaje alpino.

Quiere que su hijo Pietro participe de su pasión por el monte, pero la sensibilidad más bien frágil de éste le impide vivir el mundo alpino con el mismo entusiasmo e intensidad que su padre, prefiriendo el más sereno de su madre, más amante de los bosques y los valles que de las montañas. Eso llevará a unas complejas relaciones entre padre e hijo, que conducirán a la ruptura definitiva cuando, ya adulto, Pietro decida no seguir el camino profesional de ingeniero que su padre le tenía reservado, optando por el mundo de las artes audiovisuales.

Tras varios años de distanciamiento y de búsqueda, durante los cuales sólo la madre será el nexo de unión de Pietro con su familia, la muerte repentina de su padre le llevará a replantearse su vida e intentará recomponerla acudiendo a las raíces de la infancia, a los años gozosos que pasó con su amigo Bruno en la casa rural de Grana.

Allí, Pietro redescubrirá la figura de su padre ya muerto, quedando sorprendido al saber que éste había mantenido durante todo ese tiempo de distanciamiento, y hasta su muerte, una relación paterno-filial con Bruno al que ayudó en todo lo que pudo, ocupando en su corazón el lugar que le hubiera correspondido a su hijo.

El reencuentro

No obstante, el retorno al mundo de las montañas alpinas, y su participación, con Bruno, en la restauración de una casa en ruinas (la barma) que Pietro hereda de su padre, permitirá el reencuentro de los dos amigos. Pero también los hará convencerse de que, frisando ya los cuarenta, no es posible reconstruir el pasado, y de que lo mejor es dejarlo como está, en los pliegues de la memoria.

“En algunas vidas, hay montañas a las que no se puede volver”, dice Pietro en un pasaje de la novela evocando una frase que solía decir su padre. Y añade que “no se puede regresar a la montaña que está en el centro de tu propia historia”, sino sólo deambular por las ocho montañas restantes, tal como le escuchó a un viejo pajarero nepalí observando las cumbres del Himalaya.

El reencuentro de los dos amigos los convence de que cada uno debe seguir su propio camino, y de que la verdadera amistad no es posesión, sino lealtad, dejar en libertad al otro para que vuele por el mundo que realmente desee.

Bruno elige permanecer en el mundo de las montañas alpinas, donde se siente libre y seguro porque conoce sus secretos y porque sabe interpretar las señales de los que allí habitan (árboles, rocas, arroyos, glaciares, animales…) “Uno debe hacer lo que la vida le ha enseñado”, dice Bruno resignado, pero al mismo tiempo con la certeza de saber cuáles son sus limitaciones.

A Pietro le atrae también el mundo de la montaña, pero no con tanta intensidad como a Bruno. Para él, la montaña no es su mundo, sino un paisaje a contemplar en el que vuelca su vocación artística y literaria. A diferencia de Bruno, Pietro puede ir de unas montañas a otras porque a ninguna de ellas la ha asumido como suya.

Sucesivos viajes entre Nepal y los Alpes dolomitas harán que sus relaciones de amistad con Bruno se mantengan vivas, aunque cada uno en la búsqueda de su propia paz interior.

Foto destacada: Reloj de sol en la fachada de una casa en los Alpes. Febrero de 2026. Autor: Diego Juste

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