
El estremecedor silencio del bosque
Las sierras de Guadalajara, Ávila, Madrid, Zaragoza, Almería, Castellón… y tantas otras… se quedaron mudas tras los terribles incendios de este verano. Llaman la atención los animales más grandes, los corzos y jabalíes quemados, los ganados de ovejas y cabras asediados por las llamas, los caballos, las reses de vacuno…
Pero ¿Y las aves? Los días siguientes a que se petimetra cada incendio, los árboles cercanos a zonas urbanas que no se habían quemado estaban ocupados por muchos pajarillos que normalmente no acuden.
Herrerillos, carboneros, mitos, escribanos, pinzones volaban de rama en rama medio aturdidos, como despistados. Se habían salvado de la quema, pero habían perdido su hábitat, su casa y seguro que en muchos casos su familia, pues normalmente hacen dos nidadas, cuya última fue pillada por las llamas.
También durante los primeros días aparecen más zorras por los pueblos en busca de comida. Quizás los pequeños se salvaron al meterse en el cubil, pero necesitaban comer y los adultos al quedarse el bosque arrasado no les quedaba más remedio que acercarse al pueblo a merodear por las basuras.
Los que quizás no lo hayan contando son los gatos monteses, ya casi emancipados pero incapaces de “volar” por si solos.
Los sonidos de la noche
Pero si en mi pueblo, tras el incendio, eché de menos a alguien, ese ha sido el búho real. Formidable depredador nocturno, se alimenta de numerosas piezas, conejos, liebres y hasta pequeños zorrillos.
Pues bien, sabía perfectamente donde habitaba una pareja. Sus inconfundibles cantos “buhu,hu,hu,hu”, en noche cerrada siempre me relajaron, al igual que el autillo con su característico y penetrante “tiu “ en espacios cortos de tiempo.
Ya he comentado otras veces en estas páginas que los sonidos de la noche son algo especial, pues excepto el ruiseñor, que canta cuando le apetece, e incluso el mirlo, mamíferos y aves nocturnas es cuando mejor se expresan.
Me comentaba hace poco un amigo que había escuchado por la noche como si alguien golpeara una tablilla con otra. Fino oído, pues es la forma de comunicarse de los chotacabras.
Mucho me temo que esos primeros días de febrero cuando entra el celo esta enorme ave rapaz nocturna no la escucharemos delimitar su terreno con sus potentes avisos para que otro macho ni se le ocurra acercarse.
El fuego acaba con la vida
Los pavorosos incendios nos dejan sin vida, sin esos cinco sentidos que aplicar cuando uno sale al campo. Descontando el gusto; la vista y el oído parecen ya no servir para nada.
Qué hacer si nos ves nada de vida y menos aún si no se escuchan las excelsas melodías de cientos de pajarillos, esos que te animaban a seguir por el monte ansioso por sumergirte en sus cánticos.
En ocasiones, me parecía el recital más bonito jamás escuchado. En otras, era como un jolgorio que te envolvía y a la vez te invitaba a recostarte sobre la hierba e intentar contar las diferentes especies por el tono de su canto.
Y sobre el tacto, habéis probado alguna vez la sensación que se percibe al acariciar la frescura del musgo o bien lo que se siente al abrazar un árbol.
Y no digamos la tremenda pérdida de la profusión de cientos de olores que se mezclan en un bosque sano. Espliego, tomillo, cantueso, manzanilla, endrinos, majuelos, pinos, encinas… En estos días de verano, después de caer cuatro gotas el monte suda y te envía sus mejores aromas.
El suelo del bosque
Después de un incendio, el suelo pierde grandes nutrientes -sobre todo nitrógeno-, desaparece la materia orgánica de las capas superficiales, lo que provoca que el suelo sea menos fértil durante bastantes años. Mueren numerosos microorganismos, así como la fauna, claro. Por otra parte, la resiliencia del bosque ante algunos incendios es muy limitada.
Nuestros bosques se suelen recuperar de dos maneras, mediante la dispersión de semillas y los rebrotes cuando llega la estación de lluvias. Para esto también son muy importantes aves como las cornejas, los arrendajos, los cuervos, las urracas…, capaces de dispersar las semillas miles de metros, y así sembrar de forma natural.
Sin ser ningún experto, siempre he estado en contra de las replantaciones y sí dejar que el bosque se vaya regenerando poco a poco de forma natural.
Al respecto de la repoblación, he visto auténticas barbaridades como unas repoblaciones de pinos en Almonacid del Marquesado (Cuenca) en unas laderas de aliagas, tomillos y monte bajo. Además de los peligros en caso de incendio, pues es un término cerealista, aquellas repoblaciones al principio de los 90 del siglo pasado se han convertido en un terreno propicio para las alimañas, diezmando la excelente población de perdiz auténtica, salvaje, de la que siempre presumió esta localidad de la Mancha Alta.
Lo que hace la repoblación es disminuir la diversidad del monte y cambiar completamente el ecosistema.
En Aragoncillo también se repoblaron unas zonas con pinos más o menos por estas fechas que aportaron muy poco antes de quedar achicharradas por el último incendio.
Estas siembras en pequeñas terrazas con el paso del tiempo se convirtieron en lugares inaccesibles al ser humano y zona de refugio de animales como el destructivo jabalí.
Cazadores con traje de faena
Al menos los cazadores de los pueblos más arrasados por el incendio se han puesto de acuerdo y están dando de comer a los animales en lugares querenciosos y al lado de las charcas donde acuden a todas horas a beber agua.
En Guadalajara, la Diputación y la Asociación de Titulares de Cotos de Caza han echado una mano con subvenciones.
Por cierto, y sin querer entrar en ninguna polémica, me gustaría saber qué están haciendo las asociaciones ecologistas para salvar el mayor número posible de animales. Puesto que cuando se riega un campo de maíz, por ejemplo, no solo lo comen las especies cinegéticas.
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