
Cuando la naturaleza te deja mudo
La gata y la víbora
Son las ocho y media de la tarde de un día de finales del mes de septiembre de este año. De camino a casa, ya entrando al pueblo, en La Soledad, Aragoncillo, escucho unos sonidos, algo así como “crac, crac”; camino unos pasos hacia delante y veo perfectamente como una gata atigrada ya veterana está intentando cazar una víbora hocicuda no muy grande. A juzgar por su tamaño parece de las nacidas el pasado verano.
Ese “crac” era el sonido que producían las uñas de la gata al fallar el objetivo y dar en el asfalto. Por supuesto, me quedé quieto y callado, que la distancia era suficiente para seguir contemplando una de las escenas más auténticas de la naturaleza que se producen todos los días.
La víbora se defendía- a esta edad ya tienen veneno para hacer daño al felino- y este daba saltos hacía atrás esquivándola con una agilidad asombrosa, casi parecida a la de una mangosta.
Insistía en sus zarpazos hasta que en uno vi como la pequeña víbora se retorcía. En ese instante se lanzó con las dos garras, la sujetó de la cabeza y la mordió. Un minuto más tarde, más o menos, se la llevó entre sus fauces y comenzó a comérsela unos metros más allá.
A todo esto, una de sus gatas nacidas en agosto del año pasado estuvo observando el lance a unos cuatros metros, inmóvil como yo, parecía estar aprendiendo.
Las víboras son unos reptiles muy curiosos, pues son ovovivíparas. Es decir, que mantienen los huevos dentro de su cuerpo hasta que los viboreznos los rompen y la madre los expulsa al exterior. De esta manera se asegura la descendencia.
En cambio, las culebras y otros reptiles son ovíparos al depositar los huevos en lugares estratégicos hasta que nacen los pequeños. Pero nunca se sabe si algún bicho los encuentra y se los zampa.
Orgía pajaril
Aquella mañana del mes de mayo de finales de los ochenta del siglo pasado, saliendo el sol, llegamos en coche mi hermano pequeño y yo a una pradera del Salto del Campillo, precioso paraje del Alto Tajo, escoltado por todo tipo de zarzas y árboles diversos.
Nada más abrir las puertas del coche nos quedamos los dos mudos. No articulamos ni una palabra mientras preparábamos los aparejos de pesca. Era tal el jolgorio, algarabía, desmadre, estrépito, fragor, estallido…-me faltan palabras para explicar aquella explosión de la naturaleza- que nos dejó mudos.
Hasta que no nos separamos de aquella pradera unos 500 metros río Tajo abajo caminando por un estrecho sendero, hasta llegar a la zona donde comenzábamos siempre a pescar truchas, no abrimos la boca. Y los dos coincidimos. “te has dado cuenta de…”.
Ya casi no importaba pescar alguna trucha. Quizás este sea uno de los momentos más mágicos que me haya regalado la naturaleza.
Aquella ribera del Tajo estaba conquistada por zarceros políglotas, esos que usurpan los sonidos de cualquier pájaro y los sueltan al aire sin ninguna vergüenza, pues lo hacen muy bien; acompañados de mitos, herrerillos, ruiseñores, mirlos, carboneros… En fin, toda una tribu de cantores llena de tenores, sopranos, mezzosopranos…
Al volver al coche, casi a las 12 del mediodía, ya con el calor, excepto el sonido de algún mirlo al espantarse y los carboneros, apenas mostraba sus voces ningún pajarillo.
He ido varias veces más al mismo sitio, pero aquel deleite nunca se repitió. Y eso que es una zona tranquila y poco transitada por el turismo veraniego que, con su vocerío, la música a tope y las camisas de color papagayo, espantan a los pájaros y consiguen que se larguen de otros lugares casi igual de mágicos.
Águila culebrera
Caminaba por una solana de piedra caliza, melojos, enebros, sabinas, aliagas, espliego, tomillo… con un señor jubilado para ver cómo era su corral hundido, pues necesitaba piedras para hacerme una casa.
Aquella zona, al ser solana, está llena de corrales que es donde en su día los pastores cerraban las ovejas en estas zonas tan frías.
Este hombre se había ofrecido, pero al hablar de precios se fue por las nubes y no llegamos a un acuerdo. Y es precisamente de las nubes, a unos 80 metros, como vimos que caía en picado un águila culebrera.
Como es un paisaje más dado a las víboras que a las culebras supuse que la presa era la primera.
Con mucho sigilo- tardé unos 10 minutos- me fui acercando al punto donde más o menos intuía que estaba la culebrera peleando con su trofeo. Vi poco, pues las garras del águila la tenían sujeta del cuello y ya le había destrozado la cabeza con el pico. Me descubrió, la apresó entre sus afiladas garras y salió volando no muy alta en dirección al nido.
El tiempo hasta que llegué cerca del águila se me hizo interminable, y aunque no puede observar todo el lance ya fue bastante extraordinario como para apreciar la extraordinaria vista de la culebrera para localizar con extrema precisión una víbora al sol entre piedras grises.
La helada
A finales de los sesenta del siglo pasado cayó un aguacero en vísperas de navidad en la localidad de Peñalén. Todavía no era había anochecido cuando el volante del coche de mi padre apenas respondía a las indicaciones, debido a que el suelo de la carretera se había helado completamente y eso que todavía no estaba asfaltada.
Llegamos como pudimos hasta la casa del médico, la primera del pueblo al lado de la carretera, y a mi madre no se le ocurrió otra cosa que darme un estuche de cartón lleno de huevos. Se suponía que al ser el más joven no resbalaría. Craso error. Como calzaba unos zapatos de fina suela, a los pocos metros culetazo y parte de los huevos hechos añicos.
Hasta llegar a casa agarrándonos en las paredes de domicilios de otros vecinos, no se escuchaba ni una mosca, y lo nunca visto: los gatos se caían de los tejados confiados en sus uñas. Era tal la helada que resbalaban como si estuvieran patinando. Créanme que jamás he visto algo así. Por lo menos escuche cuatro o cinco golpes contra el suelo de los ágiles mininos.
Aquella noche los pastores se agarraron brazo con brazo hasta llegar al pueblo. Era imposible caminar solo.
La mañana siguiente fue de traca. Unos vecinos tenían programada la matanza y debían conducir el cerdo desde la cuadra hasta el lugar de sacrificio, sin contar con que las calles del pueblo estaban impracticables para andar. De manera que la persona que llamaba al cerdo con la lata llena de pienso, al suelo y parte del grano también; el gorrino daba unos pasos y al suelo. Así que tuvieron que esperar en la calle a que atemperara hasta poder celebrar la matanza.
Foto destacada: Parque Natural del Alto Tajo. Autor: Diego Juste Conesa
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