Olga y los perros

Cuando comienza la alborada, ya está Olga con los perros en la playa. No son siempre los mismos, pero nunca falta Gatsby, ese perro sato de tres patas que le salvó la vida.
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Aún recuerda con horror a aquellos jóvenes que la asaltaron cual manada con intención de violarla en grupo. Gatsby los atacó entonces con furia al precio de ser golpeado con una barra de hierro y quedar malherido, perdiendo una de sus patas traseras.

Era el primer destino de Olga como profesora en un pequeño pueblo del interior y salió muy marcada de aquella experiencia, hasta el punto de abandonar su apenas iniciada carrera docente. Un miedo aterrador le recorre el cuerpo cada vez que piensa en ellos. Sus rostros henchidos de lascivia y sus miradas ardientes de deseo los tiene todavía grabados a fuego en su memoria.

Pueblos de litoral

Han pasado cinco años y aún no lo ha superado. El pequeño pueblo de costa donde ahora vive le recuerda mucho aquel pueblo rural. Los pequeños pueblos del litoral son más parecidos a los rurales de lo que creemos, piensa Olga, sólo hay que cambiar la agricultura por la pesca, y sustituir el paisaje agreste por el marítimo. Todo lo demás se asemeja.

A primeras horas de la mañana, pasa por las viviendas de algunas personas ya mayores que, por sus delicadas condiciones físicas, no pueden sacar a sus perros a pasear. Suelen vivir solas y, para ellas, son su única compañía. Ya no pueden salir con sus perros a la calle, y necesitan que alguien los saque a darles un paseo.

Para eso está Olga, siempre tan servicial y diligente. No les cobra nada, pues lo hace por puro altruismo, pero suele aceptar lo que ellos quieran darle para no resultar despreciativa ni orgullosa. A veces, le regalan un bizcocho, otras veces una empanada casera o una caja de bombones, e incluso una pulsera hecha a mano con hilos de colores. Uno, que hace papiroflexia, le regaló una preciosa palomita que mueve las alas cuando se le tira de la cola. Olga los recibe agradecida y hasta se emociona.

Ella es bilingüe, de padre inglés y madre española, y nació aquí, en este pueblo costero, donde su padre vivió varios años de patrón de barcos hasta el fatídico accidente que le costó la vida. Cuando ella era una joven ya adulta, su madre se volvió a casar, se marchó a una ciudad del interior y sus vidas se separaron. Se ven alguna vez al año, pero no con demasiada frecuencia.

El arte de la traducción

Olga se tituló en literatura inglesa y, tras el trauma de su experiencia en el pueblo aquél, trabaja ahora de traductora. Es un trabajo que le apasiona y que le da mucha independencia, pues lo puede hacer desde su casa. Olga lo considera un arte y lo compara con la orfebrería en eso de indagar en la esencia oculta de las frases hasta dar con las palabras adecuadas.

Ahora está traduciendo al inglés los relatos de un escritor novel, nada joven, de vocación tardía, y poco conocido. Una pequeña editorial se ha interesado por su obra y le ha encargado a ella que la traduzca. Hay en los textos de este escritor muchos términos ya en desuso y giros poéticos que le complican la traducción.

Es difícil dar con las palabras adecuadas. Olga le da vueltas y más vueltas a cada frase buscando el significado que quiso darle su autor para así poder encontrar el modo de hacerla comprensible a un lector de hoy, de otro idioma y otra cultura.

Lleva días obsesionada con encontrar el título adecuado al relato “La palma dorada”, publicado hace un tiempo en El Diario Rural y en el que se resumen cien años de la vida de un latifundio del sur, la hacienda San Mateo, a través de la memoria de un nieto de sus antiguos propietarios. La palma no es sólo la rama de una palmera, sino que tiene un sentido más profundo para el autor. Se refiere a la procesión de las palmas del Domingo de Ramos cuando se conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

El título apropiado

Es verdad que puede dirigirse al autor y preguntarle, pero se resiste a ello, y es lo último que haría, pues sería reconocer su fracaso y, peor aún, perder la libertad creativa que tiene la traducción. Tiene que seguir indagando hasta encontrar un título apropiado. A veces se acuesta pensando en una frase y puede quedarse horas y horas buscando el mejor encaje. Ése es el desafío de la traducción, y Olga lo asume con verdadera pasión. Le consume mucha energía el trabajo de traducir, y por eso, antes de comenzar, necesita cada día un tiempo de relajación.

Ese es el motivo por el que sale temprano a pasear con los perros. Los lleva a la zona del espigón, y allí los deja sueltos, sin el dogal, para que puedan correr persiguiendo a las gaviotas y palomas que picotean sin desmayo entre las algas. Desde que sufrió el asalto aquel, Olga vive con miedo, y desconfía de cualquier hombre que se le acerca. Siente asco y repugnancia, siendo ésa la marca indeleble que le han dejado aquellos tres jóvenes en el alma como una cicatriz que nunca sutura.

Por eso prefiere la compañía de los perros, unos compañeros siempre fieles que no piden nada a cambio. Ella los entiende bien, sabe cómo tratarlos. No hablan, pero saben escuchar, y la miran como si le adivinaran su estado de ánimo.

Gatsby guarda silencio cuando ella está enfrascada en su trabajo de traducción, pues sabe que en ese momento necesita que nadie la interrumpa. En otras ocasiones se le acurruca en sus faldas cuando percibe que Olga está triste y apenada por algo. Entonces la mira con ojos compasivos como queriendo compartir con ella esos momentos.

Salta contento con sus tres patas cuando lo saca a pasear por la mañana. Encontrarse con los demás perros e ir al espigón es el mejor momento del día para Gatsby. Entonces se olvida de que le falta una pata y se comporta como cualquier otro perro. Luego, en casa, se recoge en un rincón lamiéndose el muñón de su pata trasera.

Gatsby gime y siente un escalofrío al recordar el terrible golpe que le dieron con la barra de hierro. Ese es el secreto y el dolor que comparte con Olga. Es entonces ella la que lo consuela, acariciándole como si fuera el hijo que sabe no puede tener.

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