Yo quiero que mi hijo sea agricultor

Carta en la que una madre confiesa lo que siente al saber que su hijo quiere ser agricultor, como sus padres.
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Xosé, un joven de Mormentelos (Ourense) subido en su tractor. Foto: Joaquín Terán.

Ayer, mi hijo me dijo que quería ser agricultor, como su padre y como yo. No pude evitar sentir miedo. Una simple palabra, una expresión, pueden trasladarnos la mayor alegría o sumarnos en la más absoluta de las tristezas. No tanto por la palabra en sí, sino por las ideas y las realidades que encierra. Esa frase de mi hijo, que aún está en la adolescencia, no me llenó de alegría, sino de ansiedad e inseguridad.

¡Maldita sea! ¿Por qué no puedo yo sentir orgullo porque mi hijo, lo que yo más quiero, quiera seguir la profesión que ha aprendido de sus padres? Lo siento, claro que lo siento. Pero sé que esa idea, esa decisión que ya parece haber tomado, le traerá muchos disgustos y muchos sinsabores.

A mí me encanta ser agricultora. Llegué a esta profesión por casualidad, como muchas de las cosas importantes que ocurren en la vida. Pero desde el principio le cogí el gusto y fui amando cada vez más todo lo que conlleva este trabajo. Cuando veo a todas esas personas que se pasan el día delante de una pantalla, sin ver el sol y sin moverse en todo el día, la verdad, me dan un poco de pena.

Tal vez, y puede que sin querer, haya transmitido a mi hijo todos estos sentimientos desde que era pequeño. Y que nadie dude que lo que vemos y sentimos cuando somos niños es lo que marca toda nuestra vida. Nuestra forma de actuar, de sentir y de ver el mundo. Y ahora mi hijo quiere ver el mundo subido en un tractor. ¿Qué hay de malo en ello?

Es verdad que la vida, y la economía, cambian. Que todo cambia sin parar. A lo largo de los siglos han desaparecido profesiones y han aparecido otras nuevas, a causa, la mayoría de las veces, de avances tecnológicos que han ido mejorando la vida de la sociedad. Yo creo en el progreso. Creo en un futuro mejor para mí y para mis hijos. ¿Pues entonces por qué siento ansiedad ante la decisión de mi hijo?

El fin último de un agricultor es alimentar al mundo. Producir alimentos para venderlos, obteniendo un precio justo para poder seguir adelante, haciendo frente a la letra del tractor, a los créditos que devolver y a las facturas que pagar. Nosotros ponemos el conocimiento, la tierra y el trabajo. La naturaleza pone el sol y el agua. ¿Qué falla entonces?

Lo que falla es que alguien, no sé quién (aunque todos nos lo podemos imaginar) ha decidido que nuestros productos tienen que tener un precio de miseria. Algunos desalmados han considerado que los alimentos tienen que valer lo que a ellos les apetece poner en la portada de su folleto semanal, con carteles bien grandes de “3×2”, “súper oferta”, “súper ahorro”… Son ellos, los directivos de cuatro empresas, los que deciden que esto vale esto. Y punto.

Pero las cosas no son así. No pueden serlo. El precio de los alimentos tiene que fijarse de abajo arriba, y no de arriba hacia abajo. Los agricultores no podemos entregar nuestros productos sin saber lo que vamos a cobrar por ello. Y trabajar una campaña detrás de otra sin ni siquiera cubrir nuestros gastos. Así no podemos seguir adelante.

Ahora llevamos muchos días saliendo a las calles y alzando nuestra voz. Hemos conseguido abrir todos los telediarios y que nos escuchen quienes nos suelen ignorar. No soy idiota, no espero que las empresas y los ejecutivos que nos han traído hasta aquí nos saquen sin más. Pues habrá que obligarles a ello. Y solo con la Ley lograremos hacerlo. Seguiremos luchando, que nadie lo dude.

Yo no quiero sentir miedo nunca más. Yo quiero animar a mi hijo a seguir los pasos de su padre y de su madre. Porque la de agricultor es la mejor profesión del mundo. La que más satisfacción da a quienes la practican. Porque somos más necesarios que nunca y porque por mucha tecnología que inventen siempre seremos imprescindibles. Yo creo en ello. Mi hijo cree en ello. Y yo me siento enormemente orgullosa.

María. Agricultora.

Foto: Xosé, un joven de Mormentelos (Ourense) subido en su tractor. Autor: Joaquín Terán.

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