Vecinos desayunan en un pueblo de la Comunidad de Madrid.

Y la España vaciada comienza a llenarse (en verano)

Muchos pueblos recobran vida, pero nada parecida a la de antaño. Ahora en las conversaciones impera el tema de la salud y lo bien que le va siempre a nuestros hijos y nietos. Mientras tanto, los jóvenes van por libre en sus horarios. Se acuestan a las 6 ó 7 de la mañana y se levantan por la tarde ¡Viva la fiesta!
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Un corro de vecinos de más de 75 años “pega la hebra” por la tarde sentado a la sombra en un largo poyo. Que si el sintrón, que si el reuma, que si la artrosis, que si los ictus, que si la tensión. Parece más una reunión en un centro de salud que al fresco de la tarde.

Ya no se charla de campo; de que hay menos pájaros que hace tiempo; de que fulanito es un hacha jugando al guiñote y que además tiene suerte. Y como no existe el ganado ni extensivo ni intensivo, pues nada de nada. Eso sí, en la creencia de que alimentando con las sobras a los gatos pequeños están haciendo algo bueno, aparecen varios cacharros por el pueblo con restos de comida. Pues mala idea, porque los atiborran durante un mes o dos y luego se van, de manera que los que nos quedamos tenemos que sufrirlos y a los que no es porque se echan al monte por el hambre, haciendo bastante daño a la fauna autóctona, según estudios y opinión de numerosos científicos. Así que, lo mejor es dejarlos a su aire. No somos capaces de reflexionar en que el paisaje urbano ha cambiado de forma radical, pues antaño todo vecino tenía en casa su gato y lo alimentaba él.

Hinchados de ver la televisión, en las conversaciones no falta la dichosa política. Sin embargo, asuntos como el cambio climático y la sequía, por ejemplo no cuentan a pesar de las noticias de la tele. Muchos pueblerinos, antes de meter el coche al garaje nada más venir de viaje, lo lavan a la puerta de casa ¿Acaso hacen eso en la ciudad donde viven? Pues no. Y si por un casual llega a faltar agua corriente en el pueblo, la culpa es del ayuntamiento que no ha sido previsor. Y a poco de llegar a casa, lavadoras y lavadoras a tope porque somos muy limpios.

Como cada vez dependemos menos del campo de forma directa porque la mayoría de los vecinos no lo cultivan en estas duras tierras de montaña, apenas valoramos los regalos que nos ha traído el invierno y la primavera. Este año, por ejemplo, al ser menos lluviosa, la perdiz ha criado mucho peor que el año pasado, siendo más mermadas sus polladas; liebres y conejos abundan también bastante menos. Y así con otros animales. De la mejor o peor cosecha, ni hablar.

Y si no se habla de la naturaleza es porque ya no se patea el campo. La mayoría de los jóvenes de hasta 35 años apenas conocen los parajes del pueblo y del cercano Parque Natural del Alto Tajo. Sus padres cuando eran pequeños prefirieron dejarlos al amparo del pueblo, mientras ellos jugaban a las cartas. En general, nunca se preocuparon por mostrarles sus tierras, huertos, chozas y otras posesiones. Así como lugares de gran belleza. Por tanto, es muy difícil que lleguen a amar y mucho menos a conocer e interpretar la naturaleza.

De hecho, son solo las personas mayores las que “cosechan” en el campo poleo, manzanilla, orégano, tomillo, té de piedra, endrinas, escarabajos, entre otras hierbas y bayas del campo.

Los paseos

Al pueblo ahora se viene a la fiesta, a saludar a los vecinos y a pasear por la carretera y algo menos por las pistas no asfaltadas. En el recorrido por la carretera, este municipio, que yo recuerde, nunca tuvo una pobeda para paliar los calores veraniegos. De manera que un buen sombrero, visera y frescor de la tarde.

Alguna que otra comida en grupo en una parrilla del horno o en pueblos cercanos -esta zona nunca tuvo una buena restauración-, el clásico baño en el Tajo, en el Puente de San Pedro y poco más.

Eso sí, mientras unos nos echamos la culpa a otros, o todos se la echan a los jóvenes, el pueblo se queda a finales de agosto como un estercolero lleno de envases de plástico, botes de refrescos, bolsas y demás porquería. Y es que claro, solo hay papeleras en dos parquecillos y es cansado ir a depositarlos a los cubos de basura.

Estoy convencido de que el pueblo al igual que la playa nos convierte en algo más salvajes y despreocupados.

Y es que parece que la gente que vive en el pueblo no cuenta. Decía hace poco la alcaldesa de Orea, Marta Corella que “cambiar en el imaginario colectivo que vivir en un pueblo es un fracaso es algo que llevará mucho tiempo”. No puedo por menos estar más de acuerdo con esta emprendedora edil.

El horario cambiado de los jóvenes

Si uno llega a cruzarse con un chaval a eso de la 5 ó las 6 de la tarde, basta con mirarle a la cara para ver que se encuentra catatónico y con unos ojos de sueño de aquí te espero. Su vida transcurre de fiesta en fiesta por los pueblos (cuando no hay pandemia) y dormir y comer en casa de los padres.

A eso de la una de la noche marchan en autobús a las fiestas de los pueblos cercanos hasta las tantas de la madrugada. De forma que llegan a casa de día hechos unos zorros, buscando la cama como un lirón. Pero no son todos. Otros se acercan a eso de mediodía por el club social para el vermut a la sombra de los plátanos detrás del frontón.

Por otra parte, algunos algo más maduros y deportistas se mueven en bicicletas camperas y hacen sus correrías diarias, a pesar del mayor esfuerzo que requiere la montaña.

¿Quién dice que todo en el pueblo es tranquilidad?… en verano.

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