Campo de cereal, cerca de Talavera de la Reina. Autor: Joaquín Terán.


A mediados de los años 1950, en plena guerra de Corea, Gerardo, aún niño, solía acompañar a su abuelo Eladio al casino del pueblo. Una tarde, mientras se entretenía leyendo unos tebeos, escuchó una frase que le llamó la atención por su sonoridad. Uno de los amigos del abuelo, agricultor como él, dijo con tono jocoso: “Lluvia, sol y guerra en Sebastopol”, y los demás asintieron con chanza. Gerardo no entendió nada de lo que decían, pues no había oído nunca la palabra Sebastopol y no sabía si era un animal mitológico, un país o una ciudad. Sólo le sonaba bien la frase que había oído y que recordaría el resto de su vida. Ya comenzado el siglo XXI, cuando se mencionaba el “efecto mariposa” y se había puesto de moda hablar de globalización, le volvía esa frase con frecuencia a su memoria. Y en 2014, en plena anexión de la península de Crimea por la Rusia de Putin, se interesó Gerardo por los avatares de ese territorio y la historia de Ucrania. Descubrió que, a mediados del siglo XIX, hubo la llamada “guerra de Crimea” y que la ciudad de Sebastapol, importante puerto del Mar Negro bajo control del imperio zarista, había sido sitiada durante casi un año por los ejércitos aliados de Francia, Inglaterra y Turquía. Supo también que, durante ese tiempo, las inmensas llanuras cerealistas de Ucrania dejaron de producir debido a la guerra. Los precios mundiales del trigo subieron por esa causa de forma extraordinaria, beneficiando a muchos agricultores de otros países, entre ellos españoles y andaluces. Fue entonces cuando Gerardo comprendió el verdadero significado de la frase que oyó de niño en el casino del pueblo y que se refería a acontecimientos ocurridos más de ciento cincuenta años antes. Era el modo que tenían los lugareños de referirse a la globalización cuando aún ni siquiera se había inventado ese término.

Foto: Campo de cereal, cerca de Talavera de la Reina. Autor: Joaquín Terán.

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