Un gran olivar, en Córdoba.

Regreso al sur | Microrrelato

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Una mañana de octubre, mientras preparaba Fernando sus clases de la Universidad de Córdoba sonó el smartphone. Era su antiguo profesor Andreu Gener, un economista catalán ya jubilado, al que apreciaba por sus trabajos sobre latifundismo. Habían pasado cincuenta años desde la publicación de su célebre libro sobre este tema y le dijo que deseaba visitar los lugares en los que entonces se basó para su estudio.

El profesor Gener sabía de la condición de andaluz de Fernando y de su buen conocimiento de las comarcas donde se asentaban las grandes haciendas agrícolas. Le pidió que le acompañara, pues era probable que muchos de sus viejos contactos ya no vivieran o resultara difícil localizarlos. Desde aquellos lejanos años setenta, Andreu se había dedicado a estudiar otros temas, distintos de los relacionados con la gran propiedad agraria, y estaba algo desconectado de este sector.

Con gusto aceptó Fernando, y una semana después ya estaba el profesor Gener en Córdoba, presto a recorrer de nuevo los campos andaluces. Durante el viaje, le hizo a Fernando numerosas preguntas, curioso por saber qué quedaba de lo que estudió cuando era medio siglo más joven. El último día fueron a la hacienda San Rafael, un antiguo latifundio en plena campiña cordobesa, donde habían trabajado de braceros el padre y los abuelos de Fernando.

Algunas tierras estaban en sementera, regadas con grandes pivotes a la espera de la siembra del cereal. Otras eran plantaciones intensivas de olivar en seto, con riego por goteo. No hay nada del secano de entonces, pensó extrañado el profesor Gener. “¿Y ese coche todo terreno?”, preguntó. “Es del ingeniero que le lleva las tierras a los propietarios”, contestó Fernando. “Hasta finales de los años cincuenta, todo esto era una sola hacienda de tres mil fanegas que se extendían más allá del río y que rodeaban el castillo árabe cuyas ruinas se ven allí en lontananza”, comentó. “Luego, hubo las lógicas particiones entre los herederos”, añadió, “y ahora son varias las propiedades, algunas de ellas en forma de comunidad de bienes”.

El profesor Gener observó que apenas había gente y que todo estaba desierto, en contraste con lo bien cuidados que estaban los campos. Era un paisaje rural vacío y despoblado, pero no abandonado, pensó. Se interesó por la situación de los braceros que suponía trabajaban en la finca, a lo que le respondió Fernando sonriéndole: “¡Ay profesor Gener!, ¡qué poco sabe usted ya de esto! Aquí, cada vez trabajan menos braceros. Eso era en la época de mis abuelos, pero ya no. Muchas labores están ya mecanizadas y las organiza una empresa de servicios, que es la que además contrata en origen al escaso personal eventual que se necesita, sobre todo inmigrantes rumanos y magrebíes”. Añadió que la maquinaria la guardan en unas naves que hay junto a los antiguos establos: “sembradoras de precisión, grandes tractores, cosechadoras de última generación, y hasta drones”.

Visitaron el remozado caserío, que albergaba ahora un gran salón para celebraciones, adornado con aperos de labranza. Ante la extrañeza de Andreu, le comentó Fernando: “estas instalaciones se alquilan para organizar eventos de todo tipo, congresos y jornadas de carácter profesional o académico”. “Antes”, añadió, “se alojaban en este mismo edificio más de un centenar de jornaleros que, en su gran mayoría, emigraron en los años sesenta a Cataluña, como hicieron mis padres, y también a Alemania. Usted lo explica muy bien en su libro”.

“Entonces, ¿a qué se dedica el ingeniero al que antes aludías?”, se interesó Andreu. “Pues a planificar los cultivos y supervisar el trabajo de la empresa de servicios”, le respondió Fernando, “pero sobre todo a llevar el papeleo de las ayudas europeas, de la PAC”. “Pero ¿reciben ayudas? Yo creía que eran sólo para los pequeños y medianos agricultores”, preguntó Andreu. “Buena pregunta”, le respondió Fernando, “esto es por lo de los derechos históricos, una antigualla que espero desaparezca con la nueva PAC”.

Entraron en la antigua ermita, que estaba limpia y aseada, luciendo una palma dorada en el campanario, justo debajo de un llamativo reloj de sol. “¿Aún se utiliza la ermita?”, preguntó de nuevo el profesor Gener. “Sí, claro, y mucho, con ocasión de bodas y reuniones familiares”, le contestó Fernando. “Se celebran ahí en esa explanada que hay delante, donde antes los propietarios organizaban los cumplimientos de iglesia por Pascua florida, rodeados de los braceros y sus familias. Yo los recuerdo cuando era un niño y asistía acompañado de mis padres; hay fotos que lo corroboran. En uno de esos actos hice con mi hermana la primera comunión en la ermita de San Rafael”, comentó Fernando.

Pues sí que ha habido cambios en este latifundio, pensó el profesor Gener. Esperaba, se dijo, encontrarme con la tradicional hacienda terrateniente y lo que encuentro es una moderna empresa de tipo capitalista, grande sí, pero muy distinta de las que yo recordaba.

Al día siguiente, muy temprano, Fernando lo acompañó a la estación, donde cogió el primer tren de regreso a Barcelona. Ya en su asiento del AVE, el profesor Andreu Gener abrió su iPad con intención de ordenar lo que había visto. “Del latifundio a la gran empresa”, comenzó escribiendo a modo de título, pensando que, si esto mismo está ocurriendo en otras haciendas agrícolas, tendrá que revisar su tesis sobre la estabilidad del latifundismo, si es que le queda tiempo y ganas.

En el andén de la estación, mientras esperaba el tren de cercanías para ir al campus de Rabanales, Fernando contempló el cielo del amanecer, viendo a Venus brillante y luminosa. Despierta gañanes, recordaba que su abuelo llamaba a este lucero del alba cuando los braceros dormían a la intemperie en los campos de cultivo.

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