Camino entre viñedos en La Rioja.

Prejuicio, futuro o arritmia

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Martes 26 de enero. Ayer estuvo todo el día lloviendo en La Ribera. Hoy un día estupendo. He podado un par de melocotoneros de Javi. He comido pronto y he salido a pasear. En poco más de siete kilómetros que hay desde mi casa hasta la cogotera de Valdegato, término de Ausejo, si uno se deja llevar por la cabeza, al mismo tiempo que anda los caminos, pasea en el tiempo. Me explico.

Subiendo por el Camino de Calahorra voy viendo parcelas de viña, todavía pocas, de cereal, alguna con almendros, barranqueras, laderas y llecos, muchos llecos. Lleco no quiere decir improductivo, y si no que diga Arturo dónde coge las setas, que se va a llevar el secreto a la tumba y nos va a dejar a dos velas.

Cuando dejo atrás el callejón de la matanza y el monte de la botella, en el paisaje domina el viñedo, con la enorme cicatriz de la autopista. Las viñas en parcelas mayormente pequeñas, pocas tienen más de una hectárea, aunque poco a poco los agricultores las van juntando y haciendo manchas más grandes. Unas son jóvenes y otras viejas. También las hay mozas. Unas podadas en vaso y otras en espaldera con sus postes y sus alambres. Diversidad. Unos almendros aquí. Unos olivos allí. Y algunas parcelas sembradas de cebada. Lo único verde ahora. Un paisaje propio de la agricultura más tradicional. Moderna, eso sí. Pero con agricultores.

Bajo hacia el paso de la autopista, la cruzo y subo por el Camino del Hornillo. El mismo paisaje. Llegando al Corral del Hornillo subo por el Camino del Erío hasta la cogotera. Y allí todo cambia. No hay barrancos, ni carrascas, ni almendros, ni olivos, ni cereal, ni llecos. No hay nada, pienso. Pero sí hay. Hay cepas, alambres, tomas de agua y gomas de goteo. Camino por lo alto unos dos kilómetros y mire donde mire eso es lo que veo. Hago unas fotos. Una plantación moderna. Caminos amplios, como la autopista que crucé hace un rato. Silencio. No hay nadie. Supongo que aquí también se comerán los brotes los conejos y los corzos y que escarbarán los jabalíes. Pero no sé cuándo. Ahora mismo tanta soledad empieza a preocuparme.

Plantación moderna de viñedo en La Rioja.

Sigo caminando por el monocultivo. Llego a una balsa que me parece grande. Hago fotos. Atrás dejé la balsa de mi amigo Ricardo, con su molino de viento para sacar el agua que escurre desde la Fuente del Hornillo. Esa balsita en la que, este verano sin piscina, se bañaban los chavales sin peligro, porque a poca sed que tuvieran, y algo de resaca, entre media docena se bebían el agua y la vaciaban. Es un decir.

La balsa que hay aquí arriba es un balsón. Con agua para regar ¿Cuántas hectáreas hay aquí? ¿Doscientas? O más. Estas parcelas grandes, separadas por caminos para facilitar el trabajo, donde las potentes máquinas han hecho su labor previa a la plantación, quitando estorbos y allanando dificultades, para diseñar este paisaje que parece dejado caer desde una nave sobre la cogotera de Valdegato, ya supondrán que no son de agricultores. Esto es de una sociedad. Una mercantil. Una bodega. Llámenla como quieran.

Sigo caminando hacia la muga con Pradejón. Veo al fondo Lodosa y Sartaguda. Ese triángulo maravilloso de La Ribera, donde hace unos años, “se estaba gestando la revolución”, que cantaba mi amigo Txitxarro con Piperrak. Y allí en lo alto, miro hacia las laderas de la Casa del Rey, por ver si encuentro el pedazo que en su día fue una viña de mis padres. No la veo. La han borrado del paisaje. Por más que miro solo veo cepas jóvenes alineadas, alambres, postes, gomas…

Camino entre viñedos en La Rioja.

Me empieza a entrar como un sofoco que me lleva a dar la vuelta a toda hostia. ¡Qué agobio me entró! Pensé que me iba a dar una de esas taquicardias propias de mi arritmia. Me asusté. Desanduve lo andado y no paré hasta llegar a la Fuente del Hornillo. Me senté un rato. A ver si pasaba el mal trago.

Piedra corazón

De vuelta al camino fotografié una piedra corazón (me gustan mucho y hay muchas) y recuperado bajé haciendo paradas para fotografiar ahora una viña de Cesar en La Sanjuana y luego la balsa de Ricardo. Volví a cruzar la autopista y mientras subía mirando hacia Los Justales ahora y luego hacia La Cabaña de Los Cuernos jugaba a buscar la viña de Ernesto, la de Fernando, la de Rafa, la de Roberto… Fotografié un lleco con unas matas de tamariz. Y unos olivos. Y unas laderas abandonadas con almendros.

Desde el callejón de la matanza se veían ya las luces que alumbraban Mendavia. La tarde y el paseo ya iban para adelante. Hice la última foto y pensé en lo que cambia el paisaje, y el tiempo, en apenas siete kilómetros. ¿Por qué me agobié allí en la cogotera? No lo sé. Puede que sea porque tengo muchos prejuicios que afloran cuando veo esas grandes propiedades. Consecuencia de esos desvíos juveniles que te llevan a colaborar con onegés y tiendas de la solidaridad. Ya saben. O puede que sea porque lo que vi allí, en la misma cogotera de Valdegato, es el futuro. O puede que solo sea que soy arrítmico y no puedo dar paseos tan largos. Se lo preguntaré al cardiólogo. Usted piense lo que quiera. Adiós.

Emilio Barco,
en Alcanadre, esperando al futuro

2 comments

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    Eduardo Moyano Estrada 30 enero, 2021 at 07:12 Responder

    Buen paseo por los territorios de la memoria, Emilio. Pasado y presente que adelanta lo que será el futuro. ¿Nostalgia? ¿Vértigo? ¿Lamento por el paisaje perdido? De todo un poco. Enhorabuena. Un abrazo.

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