La perra Roma, paseando por el campo.

Perros de pueblo… y de ciudad

Hoy ya quedan pocos perros sueltos por los pueblos porque apenas hay gente, pero todavía se ve alguno cuyo comportamiento nada tiene que ver con los que traen a veranear los que vienen de la ciudad.
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Jugando a mano con una pelota con un grupo de amigos contra la pared de un instituto, veo que viene hacia nosotros un perro grandote de color blanco y negro. El can anda perfectamente y al cruzar delante de nosotros observo que se hace el cojo; me agacho como para coger una piedra y en ese momento corre que se las pela.

¿Es tan inteligente este perro? Creo que no. Lo que sucede es que seguro que se acordaba de que cuando estuvo cojo alguna vez los chicos por compasión no le tiraban piedras. Es decir que guardaba una memoria excelente y por eso ponía en práctica esa estrategia de autodefensa.

El perro era de un maderero de Molina de Aragón y cuando le conté lo sucedido, hace ya más de 50 años, me comentó que era muy listo y, sobre todo, independiente y golfo pues durante el día siempre se daba varios garbeos por el pueblo y solo acudía a la fábrica a comer o por la noche.

La diferencia fundamental entre un perro de ciudad y uno de pueblo es que el primero si coges una piedra se pone a dar saltos a tu lado para que la tires y la cobre tan contento, mientras que el segundo sale corriendo a toda velocidad por si acaso lo apedreas.

Una perra paseando por un paisaje rural
La perra Roma paseando por un paisaje rural

Pero no es ésta ni mucho menos la única diferencia: el chucho de la capital cuando su dueño lo suelta por el pueblo ladra cuando pasa un niño en bicicleta o bien al ver rodar un balón o al llegar el del pan en su furgoneta dando pitidos. Y no deja de incordiar ni tan siquiera a esos chavales que están jugando al frontón porque quiere coger la pelota. Y si todavía hay algún vecino que tiene gallinas sueltas ya puede estar listo porque seguro que se tira a por ellas, aunque solo sea por jugar. En general, no entiende de reglas porque no se las han enseñado.

Sin embargo, el perro de pueblo en su recorrido tranquilo y seguro por la calle pasa por los cubos de basura o por la puerta de alguna casa porque sabe que le va a caer algún bocado; ignora a las gallinas a sabiendas de que puede cobrar si se lanza a por alguna y evita a los chiquillos porque tanta algarabía le tiene algo desconcertado. Prefiere solazarse o tumbarse a la sombra cerca de la puerta de su dueño. Y, desde luego, no ladra por cosas absurdas.

Además, he comprobado en varias ocasiones que sabe distinguir entre una culebra y una víbora. Ante la primera ladra e intenta cazarla; ante la segunda también ladra pero se mantiene a distancia por si acaso le muerde y le inocula veneno. Es decir, que sabe diferenciar la que es peligrosa para él de la que no. Creo que capta el peligro tanto por el olfato como por el tamaño y color.

El perro de ciudad al estar tanto tiempo dentro de casa, además de que suele estar más gordo de lo normal, ha perdido mucho de los instintos de su raza. Y es que en general sus dueños cuando lo sacan de paseo o siempre lo llevan atado o lo sueltan con otro grupo de perros mientras ellos “pegan la hebra” y los canes juegan a su aire entre ellos. En ocasiones les he oído hablar de sus perros y las gracias que hacen, de la misma manera que los abuelos hablan de los nietos. Puedo decir sin equivocarme que no hay gente tan pesada como los dueños de los perros hablando de éstos, así como los abuelos babeando de sus nietos. También los hay que sueltan a sus mascotas en las afueras de las ciudades para que correteen y, de paso, también se ponen en forma ellos. Son los menos.

Sobre la gordura me alarma de forma especial ver en la ciudad esos galgos orondos y con las uñas largas. Seguro que sus dueños los han recuperado de alguna perrera tras haber sido abandonados. Una acción estupenda pero se completaría con la de sacarlos al campo para que retocen y recobren en parte sus instintos. Con la gordura se acorta su esperanza de vida y en verano sufren con el calor.

Roma, perra de raza bretona, paseando por el campo.

Comportamiento de los perros de pueblo y de ciudad

Acerca del comportamiento de los perros de ciudad y sus dueños daría para escribir un extenso tratado. No es el caso, como tampoco de los chuchos de pueblo. No obstante creo que la mejor forma de disfrutar de tu mascota y que ella empatice contigo es tenerla en un pueblo dentro de tu casa y sacarla al campo todos los días con largos paseos.

Mi larga experiencia con perros nobles, siempre de razas de caza así me lo confirma. La última, fallecida en marzo a los 15 años este año, era una bretona que en casa se comportaba con suavidad y ternura tanto con los adultos como con los niños, pero cuando salía al campo se transformaba y no dejaba de correr sin parar de un lado para otro sin alejarse más de 50 metros. De vez en cuando pasaba a tu lado quizás para que aprobaras que lo estaba haciendo bien.

En casa tenía su sitio, un viejo sillón. Jamás se tumbó en el sofá ni mucho menos a las camas. Solo subía a la habitación cuando notaba que su dueña tenía fiebre. En resumen, ella sabía perfectamente cuál era su sitio dentro del hogar y seguro que tenía claro que nosotros nunca íbamos a cambiar su cariño por el de una persona cercana. Pero si antes he hablado de empatía solo voy a contar dos ejemplos sorprendentes de lo que es capaz de hacer un perro que tienes en casa y que te conoce perfectamente.

Hace cinco o seis años me fracturé un huesecillo del pie y cuando me quitaron la férula me seguía doliendo. Ese mismo día por la noche y mientras me sacaba el calcetín oigo subir por las escaleras a la perra a la habitación y comienza a chuparme el pie exactamente donde tenía la lesión. Jamás había hecho esto, porque no soy de esas personas a las que les gusta que el perro le lama. Pues bien, como notaba que no terminaba de curarse la lesión fui de nuevo al traumatólogo y le conté lo que había hecho mi perra. Se mostró incrédulo; me realizó un TAC y comprobó que todavía no tenía cerrada del todo la rotura. Mi perra tenía razón y su fino olfato le decía que allí todavía había herida.

Otra pequeña historia cuatro años más tarde

Unos conocidos del pueblo que venían muy poco y que nos habían visitado no más de cuatro o cinco veces pasaron por casa para despedirse. El comportamiento habitual de la perra era acercarse, saludarles y sentarse de nuevo en su sillón. Esta vez, sin embargo, comenzó a chupar el pantalón de la mujer y cuando le regañé por su gesto ella nos dijo a mi mujer y a mi: no, dejarla, es que tengo un herpes justo a la altura donde me ha lamido. Una vez más el olfato no la había traicionado. 

Conocido es que se utilizan perros para detectar el cáncer en personas y otras enfermedades, así como para encontrar drogas, billetes y personas. Suelen ser animales adiestrados que no tienen precio, lo mismo que tu perro que no deja de satisfacerte por su fidelidad y cariño sin pedirte nada a cambio. Pero no deja de ser un animal, a pesar de que su muerte te deja hecho polvo durante un tiempo.

Lo peor es que todavía existen en los pueblos dueños de perros que los tienen en unas condiciones lamentables, incluso sin vacunar y desparasitar. En este sentido, el control veterinario oficial deja mucho que desear. Menos mal que poco a poco nos estamos mentalizando de que la mascota ni es un juguete ni algo que si no es útil para cazar o defender la casa o cuidar un rebaño no sirve para nada.

Cualquier dueño de perro que conviva con uno tiene que saber que siempre te está controlando y que siempre te la juega con cosas de niño. Roma, que así se llamaba mi bretona, nunca se levantaba de su sillón cuando comíamos nosotros porque sabía que no iba a lograr nada. En cambio, cuando venían los nietos se colocaba debajo de la mesa y les daba con el morro en las rodillas para obtener su regalito. Y lo obtenía mientras yo miraba para otro lado.

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